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Cinco apuestas cinematográficas

No, no es que nos las demos de futurólogos de chicha y de nabo, ni que nos hayamos puesto en plan ojeadores para tomar la temperatura al panorama cinematográfico y decidir qué de todo lo que se nos viene encima vale más la pena. Por lo menos no en esta ocasión.

No, todo esto es más sencillo y más literal. Puesto que se nos echa encima un periodo de tranquilidad y calma chicha conocido por el vulgo y el grueso de trabajadores (o no) de este país como Semana Santa, hemos decidido irnos un poquito por los cerros de Úbeda en esta nuestra cinefilia galopante. Así que hemos decidido hacer una de nuestras pequeñas listas matarratos. En esta ocasión, repasamos nuestras cinco apuestas cinematográficas preferidas. En otras palabras, las cinco películas que más nos gustan relacionadas con una apuesta, aquellas cuyo conflicto principal se genera cuando alguien suelta una bravata y otro alguien se la contradice con un puñado de dólares.


Estas son las más clásicas, estas son nuestras preferidas. Pero hay más, claro, y podéis dar cuenta de ellas, si os apetece, en los comentarios. ¿Vamos allá?

Ellos y ellas (Joseph L. Mankiewicz, 1955)

También conocida como Guys and Dolls, era esta la fehaciente prueba de que el gran Joseph Leo también era capaz de dirigir musicales y salir de ello con notables altos. Con un considerable espíritu lúdico, y elevado el factor cómico al máximo gracias a unos acertadísimos Marlon Brando y Frank Sinatra, esta historia de apuesta amorosa se convertía en todo un epítome al respecto: Ellos y ellas certificó para el cine cómico (y musical) el eterno recurso argumental del Don Juan que pone su dinero y prestigio al servicio de una conquista romántica. En este caso, de una puritana joven interpretada por la tercera pata del taburete: una espléndida Jean Simmons.

Siempre hace buen tiempo (Stanley Donen y Gene Kelly, 1955)

La amistad puesta a prueba en otro musical. Menos mal que Gene Kelly lo puede todo. La capacidad de ensoñación que transmitía el musical clásico puede ser el remedio perfecto contra la melancolía y el paso del tiempo. Y esta tenía ambas cosas: alegría de vivir en clave musical y Gene Kelly, fuera bailando sobre tapas de cubo de basura o en patines. En otra de sus celebradas colaboraciones, Kelly y Donen trazaban un relato a ratos exultante a ratos amargo sobre tres amigos muy amigos que apuestan a que diez años de separación no va a hacer mella en ellos. Pero el paso del tiempo es implacable, y el reencuentro, al final, no resultaba exactamente como se esperaban.

La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956)

La celebérrima obra de Julio Verne conoció decenas de adaptaciones (no exageramos), algunas mejores, otras peores, y en todos los formatos imaginables. Pero desde luego, si alguna pasó a la posteridad del cine de aventuras esa fue la que dirigía Michael Anderson en los años 50 y que situaba a David Niven y Cantinflas como centro del relato, en una de las parejas más asombrosamente estrambóticas y efectivas del audiovisual. El resto, es historia. 80 días. Vuelta al mundo. Globos, trenes, barcos y elefantes, todo en un technicolor del de retinas derretidas, pero con gusto. Muy entrañable.

My Fair Lady (George Cukor, 1964)

Un pijales con ínfulas de Pigmalión decidía jugar a ser Dios para convertir a una callejuna cenicienta en la nueva it girl de la sociedad londinense de principios de siglo. A partir de esa excusa, George Cukor adaptaba la obra de George Bernard Shaw y dejaba para el recuerdo no sólo una maravillosa pareja compuesta por un fabuloso Rex Harrison y la siempre encantadora Audrey Hepburn, sino también una de las comedias más enfocadas de los años sesenta. En consecuencia, ganó un porrón de Oscars, y lo que es más importante, se convirtió en uno de los musicales más queridos de la historia del cine. No era para menos. La lluvia en Sevilla sigue siendo una maravilla.

Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976)

Si bien no se trata rigurosamente de una apuesta, la propuesta lanzada por un excéntrico magnate en la muy acadabrante Un cadáver a los postres contenía tanto de reto como de juego perverso en formato cluedo: reunir en una misma mansión a los mejores detectives del mundo (en una delirante transposición de los más significativos investigadores del cine y la literatura) para resolver un asesinato aún sin cometer. Repartazo de lujo (de Guiness a Sellers, de Falk a Niven, de Maggie Smith a Truman -sí, él- Capote) para una película casi fundacional en el género comedias policíacas que contenía un acentuado halo teatral y algunos de los momentos más deliciosamente descacharrantes del cine de los setenta. La vemos una y otra vez y no se nos quita el oh de los labios.

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