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Críticas Drama

Crítica de Sin olvido

Que se tenga que hablar del Holocausto ahora y siempre, no es algo que deba ponerse en duda. Para no repetir errores del pasado, deben ser recordados una y otra vez. Lo que nadie dice es que tenga que hablarse de ello siempre de la misma manera. Sin olvido es de aquellas propuestas que ofrecen un acercamiento diferente: en la actualidad, un hombre (ya en el ocaso de su vida) acude a casa de otro. Su objetivo es dar con el responsable de la muerte de su padre (un alto cargo de las SS que se ventiló a cientos de personas), pero en vez de eso da con el hijo, quien le propone un viaje. Por lo que de repente, esto se convierte en una suerte de road movie por Europa del Este con dos personajes a quienes las páginas más oscuras de la historia de la humanidad han marcado claramente… pero de manera indirecta. Curioso.

La principal baza de Sin olvido reside, es de cajón, en su tándem protagónico, sin duda lo mejor de la propuesta del director y co-guionista Martin Sulík. Tanto Peter Simonischek como Jiří Menzel empiezan a crecer desde los primeros compases, mediante una alternancia de roles (tutor-aprendiz, líder-súbdito, fuerte-débil) que se desarrolla de manera natural y amena. En este drama, que no conviene olvidar la etiqueta en la que navegamos (porque Sulík no tiene intención de ello, ojo), hay espacio incluso para alguna que otra tímida sonrisa, gracias a ellos. La relación entre ambos se torna empática y, vaya, sienta divinamente asistir a su evolución.

Sin embargo, la película no se hace memorable en ningún momento. Y es que pese a lo infinitamente entrañable que resulta su dúo de actores, el resto se ve adolecido por la excesiva solemnidad que su responsable. Toda la calidez de Sin olvido se la llevan sus dos personajes, cómo están escritos e interpretados. Todo lo demás es gélido. Aun cuando parece que quiere desmelenarse (cuando se incorporan dos personajes a la ruta, por ejemplo, y se decanta por un cierto retrato social), parece autoimponerse palos en las ruedas para no alejarse nunca de ese plano de gravedad que en no pocas ocasiones se confunde con somnolencia.

Así las cosas, queda una propuesta que merece ser aplaudida, por plantear un enfoque distinto a una temática de presencia constante en carteleras y plataformas. Con un par de personajes buenos, y en líneas generales interesante. Pero en una dimensión distinta a la que habitan emociones humanas. Prueba de ello, un tercio final con sorpresas que no vienen al cuento, pero tanto da, porque tampoco son capaces de despertar las sensaciones que deberían.

Trailer de Sin olvido

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Críticas Drama

Crítica de Pinocchio

Vale, creo que se puede decir que esta también ha salido mal. No tan, TAN mal como cuando lo intentó Benigni, que hundió su carrera justo después de haber alcanzado la gloria (tras La vida es bella, el italiano se puso en la piel de Pinocho en la película italiana más cara hasta la fecha… pegándose un batacazo histórico). Pero no sé si este Pinocchio le ha quedado, a Matteo Garrone, tal y como él esperaba. Aunque sí puede que se le acerque bastante, que ya es. Y es que además de la citada versión de 2002 perpetrada por Roberto Benigni, la marioneta de madera que quiere ser un niño de verdad ha visto una versión de terror, una animada y futurista, una con Martin Landau… y todas ellas han sido un desastre. Ni dos maestros de la talla de Kubrick y Spielberg pudieron darle al tronco viviente el empaque que tenían pensado, por mucho que lo convirtieran en un robot con la cara de Haley Joel Osment.

Por si fuera poco, además el director de Gomorra arriesga y de qué manera, con una nueva intentona de público incierto en todos los sentidos. Este nuevo Pinocchio es un retrato costumbrista italiano, y además (ni que sea para recuperar lo invertido) una película con vocación internacional. Es un cuento infantil, pero dirigido a un público adulto, cuando en verdad es un coming of age para adolescentes (que probablemente ignoren la película porque los adolescentes no van al cine). Más que una adaptación, es una revisión que no quiere atarse a los pasajes más icónicos del cuento original, pero debe pasar por ellos de un modo u otro, así que lo hace sin demasiado ahínco, para sorpresa del respetable (y enfado del purista). Desde luego, el conflicto de la película es mayor del de cualquiera de los personajes que pululan por ella.

El resultado de todo este imposible batiburrillo es, sorpresa, una película extrañísima. Este Pinocchio está sumamente bien hecho: efectos especiales sorprendentes, maquillaje aún mejor, y una fotografía preciosa de naturaleza y parajes italianos campestres semi abandonados. Garrone dirige un espectáculo cinematográficamente perfecto, al combinar tales elementos con un planteamiento elegante, sin florituras de autor ni nada remotamente cercano. Y sin embargo, la suya es una propuesta voluntariamente feísta: ciertos personajes son horripilantes, otros más creepy incluso que Benigni (sí, presente en este Pinocchio, en calidad de Geppetto esta vez) y su malrollera veneración a su muñeco. Y todo es sucio, pobre. Claro, la voluntad es clara: Garrone está retratando, en verdad, lo más bajo de la sociedad: mentirosos, ladrones, ladrones de niños… asesinos de niños incluso. Y alguna escena, de verdad, resulta turbadora como poco. El féretro cargado por cuatro seres, el ahorcamiento o el momento burros, quizá los que se llevan la palma.

A su vez, se trata de una película de alma rabiosamente italiana, por así decirlo (y ya tocaba, teniendo en cuenta que el cuento original es del toscano Carlo Collodi). Por mucho que se trate de animales y trozos de madera parlanchines, acaban dibujando una sociedad italiana en la que pesan la religión, la vida en el campo, las formas (nadie sale de plano sin haberse despedido previamente)… Al final, resulta que por muy alejada que esté en teoría, a la postre esta nueva propuesta de Garrone no se aleja demasiado de su filmografía, tan centrada en la sociedad italiana.

De todo este caldo de cultivo no puede sino salir una peli de culto con todas sus letras. Pero lo dicho: en realidad, no ha salido del todo bien. Porque el ritmo va y viene, se estanca demasiado en más de una ocasión; ese modo acordeón que se acerca y se aleja de la obra original descoloca más que otra cosa, y plantea preguntas que no deberían venir al caso; sus pasajes de humor infantil parecen metidos con calzador en una trama más cercana a la pesadilla que a otra cosa; y algunos personajes no acaban de dar con la tecla: Pinocho está bien, Geppetto en realidad también (ojo a los pasajes iniciales en los que parecería hacerse mofa del estado actual de la carrera de Benigni, con gente pidiéndole que deje de dar la brasa si quiere ganarse el pan)… pero secundarios como el gato y el zorro, o el mismísimo Pepito Grillo, chirrían y claman por un buen tijeretazo.

Así que no sé si atreverme a recomendarla, y por lo que leo por las redes, hay tanta disparidad de opiniones que no soy el único al que le da cierto reparo. Ahora bien, por lo que a mí respecta, debe ser aplaudido todo el que arriesga en un universo, el séptimo arte, tan saturado de producciones homogéneas y faltas de alma. Y este Pinocchio puede que no enamore, que no divierta lo que debería ni emocione. Pero respira, todo él, atrevimiento. Y de alguna manera, una personalidad inconfundible. Y a lo tonto, son estas las películas que perduran. Si os va el riesgo, no lo dudéis, uníos al culto.

Trailer de Pinocchio

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Críticas Terror

Crítica de Relic

Pues nada, que nos perdonen Aster y Peele, pero para dar con cine de terror con chicha, nosotros lo iremos a buscar a Australia. Porque de ahí han salido ya varias propuestas de aquellas que, además de hacer pasar un mal rato al respetable, nos han puesto algo de sustancia en el plato, para llevarnos a hacer la digestión a casa. Por ejemplo, The Babadook, debut en la dirección de largos de Jennifer Kent, donde el terror se usaba como vehículo para una temática mucho más sesuda. Por ejemplo, Relic, debut de Natalie Erika James y nueva muestra de lo que el género puede dar de sí, si se usa con inteligencia.

La cosa va de una señora mayor (malrollera Robyn Nevin) que vive sola en una casa enorme, pero a ver quién la mueve de ahí. Un día desaparece sin dejar rastro, por lo que su hija y su nieta (Emily Mortimer y Bella Heathcote) acuden en su búsqueda. Y empiezan a pasar cosas. Canónico donde los haya, sí, pero como toda nueva propuesta de género. Y es que lo importante de Relic no está en la trama, si no en su fondo (vale, y en sus formas, luego hablamos de eso también). En un doble sentido que la directora y guionista propone, siguiendo abiertamente la estela de la mentada The Babadook: aquí se viene a ver una película de miedo sobrenatural, sí, pero que esconde un drama cien por cien humano por el que habrá pasado, o pasará, la práctica totalidad de su público. En definitiva, un juego psicológico que sobreviene de manera inesperada, obligando a reflexionar y a sufrir, por algo más que por fantasmas.

Tampoco es que la mecha sea infinita. Cabe reconocer que la alegoría es bastante sencilla, al alcance del espectador más despistado (casi que mejor para los objetivos de Natalie Erika James). No hay aquí demasiados quiebros de cabeza, porque la idea es, más bien, sumir al público en un estado emocional perfectamente definido. Y para llegar a él, lo que decía antes: Relic cuenta con una muy potente doble lectura, sí, pero que se acompaña de un planteamiento formal prácticamente perfecto. La propuesta no tiene prisa alguna por dar vía libre a los sustos. Apuesta por una atmósfera fría, húmeda, y aguarda a que el espectador esté totalmente calado para empezar a lanzar escalofríos por su espina dorsal. El protagonismo se lo llevan las tonalidades opacas, los planos pausados que se aguantan más de lo deseado, la banda sonora que acompaña casi de manera subconsciente. Y es que es imprescindible agarrar a la platea por el cuello, para enfrascarla de lleno en un tercio final más arriesgado, tanto en lo argumental como, sobre todo, en lo técnico. El objetivo aquí es que lleguemos a perder noción de lo que damos por sentado, en perfecta sincronía con la alegoría que la directora nos quiere narrar. Y que compremos con los ojos cerrados una conclusión tan aprensiva como potente y, a su manera, preciosa.

No quiero hacer spoilers (así perdón si la cosa está quedando algo vaga), pero insisto, no es que Relic descubra la pólvora. Es que la usa muy bien. Una película de terror capaz de generar genuinos momentos de mal rollo sin abusar de recursos fáciles. Que antepone prácticamente siempre la tensión al susto. Que usa el terror como medio para hablar de algo totalmente diferente… aunque igualmente terrorífico. Los que quedaron encantados con The Babadook probablemente encuentren en Relic su heredera natural. No es moco de pavo.

Trailer de Relic

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Críticas Drama

Crítica de The Father (2019)

Kristina Grozeva y Petar Valchanov llevan diez años escribiendo y dirigiendo a cuatro manos. Y parecen obsesionados con expandir las fronteras del drama, etiqueta con la que se puede catalogar toda su filmografía, hasta el punto de tornarlas irreconocibles. Y The Father riza el rizo: arranca de sopetón con un entierro, filmado sin grandes planos ni banda sonora, incluyendo al espectador entre los asistentes. Sin embargo, tarda poco en filtrar fogonazos de corte cómico (lejos de la carcajada, no se me malinterprete), pillando al espectador desprevenido. Y luego va a más: resulta que la fallecida tenía marido e hijo, y que mientras el segundo trata de seguir con su vida lo antes posible, el primero cree que la difunta trata de contactar con él, con métodos absurdos como poco.

Es así como se desarrolla una película que trata de la aceptación de una pérdida y las edades avanzadas; de la velocidad a la que va el mundo y las responsabilidades que nos convierten en esclavos de un puto aparatito que tenemos todo el día en la mano. Un drama, vaya… pero tintado de sátira, de comedia absurda y bastante negra. Eso sí, sin decantarse nunca por este lado tampoco. Vamos, que The Father es quizá la mejor definición hasta la fecha de dramedia, al situarse en un plano de total equidistancia entre ambos géneros. Curioso.

Para que el invento tenga sentido, Grozeva y Valchanov apuestan por un estilo familiar: cámara en mano y siempre próxima a sus protagonistas, ningún embellecimiento extra (ni siquiera hay banda sonora), y devenir lo más natural posible. Y costumbrismo por bandera. Acorde con todo ello, un guion en absoluto preocupado por anteponer ritmos cinematográficos a su firme propuesta: si quiere llegar a la mezcla perfecta entre sentimientos tan opuestos, debe mantener un tono constante y contenido. Aunque por el camino deba sacrificar decibelios de emoción aquí, de interés por allá. Y es cierto que, por momentos, The Father mantiene al espectador en vilo más por saber hasta dónde va a llegar, que por empatía o disfrute canónico. Vaya, que a veces, un poco peñazo se hace, avisados quedáis.

Insisto, creo que sus responsables ya cuentan con ello de entrada. Y tanto les da, porque lo que quieren es llevar a cabo una pequeña revolución cinematográfica, un estudio sobre géneros. De interpretaciones y puesta en escena notables, ojo. Por encima de todo, The Father es una película. Pero además, resulta que es una rara avis de aquellas que cuesta encontrar en cartelera. Una propuesta que quizá requiera de cierto esfuerzo por parte del espectador, pero porque se le obliga a salir de su círculo de confianza: uno sabe que si va a ver una comedia tiene que reírse, y si va a ver un drama tiene que llorar, pero aquí se pasa de un estado a otro como quien pasa páginas de una revista del corazón. Ahí reside el poder de una película pequeñita, que difícilmente pasará a la historia y que probablemente hubiera agradecido algo más de consistencia a lo largo de todo su metraje (de menos de hora y media, por otra parte). Vamos, una película no apta para todos los públicos pero que, a su manera, ha conseguido refrescar el cine. Y de qué manera.

Trailer de The Father

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Críticas Series

Crítica de I May Destroy You (HBO)

En la era Me Too las voces femeninas poco a poco van ganando el hueco y la resonancia que merecían. Testimonios nuevos, perspectivas con diferentes sensibilidades y relecturas de dogmas interiorizados. En esta nueva normalidad destaca el feroz trabajo de Michaela Coel en su segunda serie como creadora, I may destroy you. Se trata de un elocuente relato sobre el poder, el abuso del mismo, la supervivencia al trauma y la necesidad de pertenencia.

La serie pivota entre los pilares que construyen a Arabella (interpretada por la misma Coel) en la sociedad. Es una creadora de contenido, una mujer negra y víctima de una violación. Esta instalación mantiene la complicada supervivencia de una alma millenial atrapada entre el empoderamiento, el trauma compartido y el sentido de justicia reparador. El crimen rompe una cápsula protectora que obliga a la protagonista a redefinirse en un mundo que cambia sin marcha atrás. Es aquí donde la serie se descubre como un completísimo relato identitario. Arabella se revela como el nido de diferentes mujeres que se enfrentan a la situación desde diversos prismas. La complicada posición de ser un altavoz del activismo, el intento de huida a lugares seguros o la ensoñación de distintos caminos van componiendo los diferentes episodios. Remarcable también es la fisicalidad de Coel. Cada facción de su personalidad va acompañada de un poderoso cambio estético que sirve de marcador para el espectador. Un portento.

Tan importante como el viaje de la protagonista es el cariño y el cuidado con el que se construye a sus amigos. Terry (Weruche Opia) y Kwame (Paapa Essiedu) batallan sus propias guerras en la difícil situación. Mientras que Terry se convierte en el apoyo inamovible condicionado por la culpa, Kwame sufre su confrontación con el abuso sexual. De la mano de este trio nos replanteamos nuestro propio criterio sobre las líneas rojas que hemos podido difuminar. El abuso se desvela como un círculo vicioso de muchos otros componentes que la serie sabe gestionar de forma sugerente y que incitan a la reflexión.

Consciente del peso y la gravedad de la temática, Michaela Coel consigue el más difícil todavía con una agilidad tonal que sorprende a la hora de llevarnos de la mano. I may destroy you está muy lejos de ser un panfleto aleccionador y su manejo de los ritmos hacen que se pueda disfrutar de este reparador viaje. La trama respira y la distribución de los episodios y su entidad en solitario dejan una serie cercana a la perfección. Pocas consiguen contar tanto, desde puntos tan diferentes y sin caer en la etiqueta woke de hilo de twitter. Las conversaciones sobre la serie podrían ser eternas pero en esta ocasión creo que es mejor escuchar, recapacitar y colaborar en una de los testimonios más valientes y articulados de la televisión reciente. Deconstruirse o morir.

Trailer de I May Destroy You

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Críticas Drama

Crítica de Temblores

De los infiernos por los que puede pasar una persona homosexual en el momento de salir del armario, el cine ha hablado en numerosas ocasiones. Pero normalmente, nos llegan puntos de vista de latitudes conocidas. Mientras que con Temblores, Jayro Bustamante nos cuenta cómo se puede vivir desde el punto de vista de la sociedad guatemalteca. Un país que se nos presenta netamente dividido entre clases alta y medio-baja. La primera, casoplones, formalidades y mucha, mucha religión; la segunda, más sencilla claro, y más abierta de miras. Y en medio de ambas se acaba situando Pablo, hombre de familia muy de bien, que se declara gay poniendo en riesgo todo en pos de Francisco, un hombre menos pudiente pero con menos problemas. En verdad, no hay nada nuevo bajo el sol. Pero es que no creo que la innovación fuera el interés de Bustamante precisamente.

Lo que sí hay en Temblores es la descripción de una situación que ya no debería ser tabú para nadie y que, sin embargo, en Guatemala aún puede poner en jaque la estabilidad de esa sociedad aferrada a los más estrictos credos religiosos. Anteponiendo sentimientos lógicos (el amor de una madre a su hijo, por poner un ejemplo) a lo que la Biblia reza. Y justamente a sabiendas de su función informativa, la película apuesta en todo momento por un tono hiperrealista y muy cercano, de tonalidades parduzcas y donde ni siquiera suena banda sonora. Por estas aguas navega un guion muy contenido, que no recurre a grandes giros dramáticos sino que va cociendo a fuego lento la progresiva dificultad en que la vida de Pablo se va convirtiendo, desde que se oficializa la situación.

Y como tal no impacta de frente, sino de manera indirecta. No hay ninguna destrucción masiva, más bien… eso: temblores. La vida de Pablo empieza a recibir una sacudida tras otra (los terremotos nunca vienen solos), las grietas van haciéndose más y más evidentes y a nosotros, desde la comodidad de nuestras butacas, se nos hace ver el abismo al que el protagonista es condenado. Y cala, vaya si lo hace. Resulta imposible no sentir asco, incomprensión, no plantearse dudas sobre una realidad que en teoría ya no es la nuestra. Em teoría.

En toda esta carrera de fondo, donde lo sutil prevalece y lo melodramático brilla por su ausencia, hay algunos pasajes de interés desigual. Cada vez que la cámara se aleja de Pablo para seguir a su mujer o a su amante, Temblores se resiente: se nos desconecta emocionalmente. Y quizá como consecuencia de esos apagones, el tramo final impacte un poco por debajo de lo esperado. A lo mejor, no haber perdido de vista ni un minuto al protagonista hubiera acabado tornándose en una auténtica pesadilla para el espectador, con independencia de que realmente, no ocurra nada especialmente disruptivo en pantalla. Un espectador que hubiera entrado en el último tercio totalmente a los pies de Bustamante.

Sea como sea, males menores para una película interesante y arriesgada a partes iguales. Temblores tiene muy claros sus objetivos y va a por ellos con todo lo que tiene, y eso se traduce en un estimulante drama 100% humano, 100% creíble, por mucho que a estas alturas, debería ser fruto de la ficción más desfasada. Vaya mundo, este en el que vivimos…

Trailer de Temblores

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Críticas Drama

Crítica de Las niñas

Flamante ganadora de la Biznaga del festival de Málaga 2020, Las niñas se presenta como la película española del año. Y muy probablemente lo sea, pero es necesario poner un poco en situación, no vaya a ser que al público menos preparado se le acabe rápido la paciencia. Porque la propuesta escrita y dirigida por Pilar Palomero no debería asociarse a ningún comentario de semejante grosor de brocha, siendo como es una película basada en los detalles. Las niñas celebra la sutileza de una cámara colocada de una determinada manera, de un plano con una mirada cargada de intención, de una escena de sentido más lírico que narrativo. Y antepone todo ello a resoluciones peliculeras, giros lacrimógenos o trucos baratos de banda sonora (del mismo modo que, pese a ambientarse en los años 90 y presentarse en 4:3, huye de burdos homenajes técnicos con los que tan empachados nos tienen títulos más comerciales). Nada es obvio, nada es burdo, así que no, Las niñas ni siquiera se merece una simplificación tan rupestre como la de película española del año. Por mucho que lo sea. Es una joya que está por encima de tales etiquetas.

Retrato generacional, viaje contemplativo al pasado, drama personal (probablemente no exento de pasajes autobiográficos), o puesta de puntos sobre las íes. Pilar Palomero ofrece un inabarcable abanico de lecturas partiendo de una premisa mínima: Celia va a un colegio de monjas y, coincidiendo con los inicios de los 90, entra en la edad de plantearse cosas. Quizá condicionada por su entorno, sus compañeras del cole, lo que sea; pero que algo no cuaja se demuestra ya desde la potente escena inicial, donde el desarrollo natural de una situación (sencilla también) se ve truncado por una forzada imposición que no se acaba de entender. Supongo que Las niñas encontrará un buen puñado de espectadores que se identifiquen con lo que a partir de entonces va sucediendo porque, de nuevo, la película huye de todo lo que no sea contar una historia que podría ser sumamente real, y desde una aproximación sumamente realista. Y cercana a los ojos de la niña, pues la cámara se aleja de su hombro en contadas ocasiones (cargadas de significado).

Y a partir de aquí entramos en los detalles de la cinta, que son infinitos, y la hacen única. Como el duo de escenas en las que Celia está en el baño, como atrapada en un plano aún más estrecho de lo que los 4:3 confinan, iluminada en el primero y en sombras en el segundo, cuando su terremoto interior ha empezado. O que a la madre (Natalia de Molina) cueste encuadrarla, como si pese a compartir apartamento con la hija, estuviera en una dimensión totalmente alejada e incomunicada. O las miradas, todas y cada una de ellas. Por vía de esta clase de piezas es por donde la trama (pequeñita, íntima) va tomando forma, sin despegarse ni un ápice de lo que cualquiera podría interpretar como sus propios recuerdos, y sintiéndose con intensidad cada vez mayor. Y por el camino, va entrelazándose con habilidad con una disertación sutil, casi invisible al principio pero implacable a la postre, sobre la herencia de esa desfasada educación, esas imposiciones sociales absurdas, en quienes ahora están llamados a llevar la batuta. Quienes, en definitiva, vivieron ese mismo periodo de encallamiento religioso enfrentado a una cierta apertura de miras, que aún está a medio hacer. Y que acabaron encontrando su voz de un modo u otro.

Porque en el fondo, de eso va Las niñas por encima de todo: de encontrarse a uno (una) mismo, cuando toca, por difícil que parezca. Esa edad en la que no sabes muy bien a qué has venido y hacia dónde vas, pero te empiezas a plantear por qué tenemos que tomar por buenas las directrices de un libro escrito hace tropecientos años, que habla de hombres que crean a mujeres partiendo de costillas de otros hombres, para que éstas les hagan compañía. Sí, en teoría hemos evolucionado… pero, ¿suficiente? En fin, tómese como reflexión y retrato social, como coming-of-age, o como excusa para regresar al pasado y ver Los fruitis mientras se escucha una cassette de los Héroes del silencio. O como lección de cine. En cada una de esas facetas, Las niñas triunfa, y de qué manera. Si es que al final, sí bastaba con decir que era la película española del año…

Trailer de Las niñas

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Críticas Thriller

Crítica de A Land Imagined

Si David Lynch y Wong Kar-Wai tuviesen descendencia (sic), probablemente acabaría viendo antes o después cine comprometido, del de Ken Loach, que todos hemos pasado por ahí en algún momento. Bien, pues el resultado de todo ello no distaría mucho de Yeo Siew Hua, o al menos de su A Land Imagined, que escribe y dirige metiendo denuncia social, muchos colores en sus planos, y una investigación policial raruzna. En concreto, la que resulta de la inexplicable desaparición de un inmigrante chino en Singapur, con papeles en dudosa regla y trabajo de mala muerte en la zona industrial del país. La conduce un investigador que comparte más con él de lo que podría parecer a primera vista, hasta el punto de resultar cada vez más complicado diferenciar una vida de la otra…

Aclamada en algún que otro festival (triunfó en Locarno), A Land Imagined es, desde luego, una propuesta estimulante: ya de buenas a primeras, Hua revela la principal baza de la misma: una embriagadora fotografía (premiada en Valladolid) deudora del de Deseando amar, y personaje casi más activo que alguno de los que completan el reparto de carne y hueso. Desde luego, más expresivo. Y es que en sus bondades artísticas radica lo mejor de una película capaz de entrelazar distintos planos temporales sin que nos demos cuenta.

Por su parte, el argumento navega en un mar revuelto: A Land Imagiend muestra la otra realidad de Singapur, la que no se ve desde la tele cuando se retransmite la Fórmula 1. Un país que corre que se las pela en crecimiento, a costa de trabajos precarios y clases cada vez más distanciadas entre sí. De los estratos más bajos de la sociedad es de donde desaparece alguien y en este caso se abre una investigación, pero tantos otros hay de los que, el resto de mortales, parece que no nos demos ni cuenta. Y claro, aquí la presencia del detective sirve para que Hua juegue con ese, digamos, acercamiento de personalidades, de vidas cada vez más similares entre sí (la parte más Lynch de todo ello).

Ahora bien, no todo son rosas: A Land Imagined se plantea dos grandes cometidos, y sobresale únicamente en uno de ellos, el artístico. El narrativo se queda algo tibio. Y es que Hua no acaba de dar con los pesos justos: la balanza se decanta del lado audiovisual, quedando el argumental algo confuso pero, sobre todo, apático. No hay nada de especialmente revelador, ni siquiera cuando la trama empieza a incluir tintes surrealistas con cuestiones de insomnios y cibercafés. Hay demasiada tela que cortar, y encima con carga social de por medio, a la que la película también quiere dotar de (justo) protagonismo. Y el dinamismo del conjunto se resiente. Sólo de manera puntual consigue poner pelos de punta, y es cuando se entra en materia de denuncia pura.

Queda pues, una película fascinante a nivel formal, interesante por el retrato de una economía que hace aguas, por lo menos a nivel humano; pero de ritmo desigual y atención menguante por unos aires lynchianos que no le hacen demasiado bien. Quizá haber optado por un desarrollo algo más vulgar le hubiera sentado mejor a una A Land Imagined que, eso sí, en todo caso sigue siendo una alternativa estimulante para quienes acudan a una sala de cine en busca algo más que las habituales parafernalias hollywoodienses. Allá cada cual.

Trailer de A Land Imagined

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Críticas Drama

Crítica de The Souvenir

The Souvenir, la nueva propuesta de la directora Joanna Hogg, era uno de los platos fuertes del Atlàntida Film Fest, festival de cine online de Filmin, de la edición de 2020. Había pasado por diversos festivales, ganó el premio del jurado en Sundance, ya se estaba viendo en algunos cines europeos… en definitiva, venía con pedigrí.

Y tanto ruido está más que justificado: partiendo de sus propias experiencias, la cineasta escribe y dirige una película que sigue a una estudiante de cine en los años 80, que intenta tirar para delante pese a todo. Y ese todo vendría a ser su situación económica, y un novio, cuanto menos peculiar. Procediendo de familia que navega en el bienestar, se ha independizado para estar más cerca de la escuela de cine, y ha conocido a un dandy que la arrastra casi sin que se dé cuenta a una senda lejos de la soñada.

Elementos para gustar, a porrones: cine autobiográfico, exquisitez formal, discurso social… Especialmente encomiable se antoja la manera en que es tratada esta relación, tóxica y vampírica, sin que haya ningún acontecimiento, en realidad, que delimite bien y mal. Pero sobre todo, como la propia película se encarga de remarcar en los compases iniciales, Hogg logra trazar una línea entre realidad y ficción que se diluye más y más, a todos los niveles; sin ir más lejos, la madre en ficción de la protagonista es Tilda Swinton, madre en la vida real de la actriz, Honor Swinton Byrne. Efectivamente, The Souvenir es un lujo de película.

Sin embargo, que todos sus personajes estén prácticamente siempre incapacitados para generar la menor empatía, ya desde su punto de partida, no ayuda. Y es que esas altivas conversaciones sobre el cine y el arte en general, esa constante mirada por encima del hombro, desenganchan emocionalmente al espectador que esté llevando una vida más mundanal. Por lo que pese a que el drama que cuenta Hogg acaba pareciéndose a un cuento de puro terror cotidiano, aunque su denuncia social aplique a la más rabiosa de las actualidades… no logra calar. Y eso pesa más que cualquier bondad artística (que ya digo, en este caso es de aúpa).

The Souvenir es, al final, justamente lo que menciona su título, un regalo vistoso y agradecido (afortunadamente, con gusto), pero a la postre, de vida francamente corta. No le hubiera venido mal bajar un poco a pie de tierra.

Trailer de The Souvenir