Calle Cloverfield 10: Crítica (10 Cloverfield Lane)

Calle Cloverfield 10

Cosas a tener en cuenta ante la llegada de Calle Cloverfield 10, desde ya, nueva bombasis taquillera en Estados Unidos y, presupongamos, en todo el mundo. Primero, que ocho años después, la Cloverfield original (Monstruoso, sic) se mantiene como objeto de culto: una monster movie que llegaba de (calculadísimo) tapadillo y de algún modo, Bad Robot mediante, funcionaba como extensión del por entonces tan de moda universo creativo de JJ Abrams. Segundo, que en realidad el creador de Alias y Perdidos “sólo” la avalaba como productor y ejercía de maestro de ceremonias, en ese concepto tan propio de su figura, evolución postmoderna de lo que ya hacía Alfred Hitchcock con sus “presenta”. Ceremonia orquestada por una serie de satélites afines: Matt Reeves dirigiendo, Drew Goddard escribiendo, Bryan Burk produciendo y Michael Giacchino componiendo. Tercero, que el abramsverso siempre ha funcionado un poco de ese modo: obviando explotaciones directas para crear una suerte de Universo Cinemático compartido donde las interrelaciones entre los productos están más sugeridas que explicitadas. Cuarto, que de alguna manera se ha dado voz a posibles talentos futuros que, en mayor o menor medida se adscriban a los postulados creativos del Padre: nostalgia por un cine que se resiste a desaparecer (el cine americano familiar de los ochenta y noventa); querencia por los relatos de género, misterio y ciencia-ficción preferiblemente; claves narrativas muy ancladas en el giro de guión y en la sorpresa constante; y técnicas de marketing perfectamente mesuradas, también basadas en lo que se sugiere más que en lo que se muestra.

Más o menos estas podrían ser las claves para entender la existencia de la película que nos ocupa en un contexto muy determinado, esta casi década que ha transcurrido entre la una y la otra. Recapitulemos: puesto que Monstruoso es de culto más que de éxito fulminante, su continuación -si es que la había- podía hacerse esperar todo el tiempo que la ocasión lo requiriera. Ahora Abrams vuelve a estar detrás del producto, engrosando la idea que tiene él (y especialmente la que tenemos los demás) de ese universo compartido que él y sus compinches pusieron en marcha. Ficha a un posible nuevo talento, el director Dan Trachtenberg, que hasta ahora sólo había tenido relativa visibilidad gracias a un corto basado en el videojuego Portal y que pretende partir de donde partió Reeves (hoy responsable del devenir del reboot de El Planeta de los Simios) para llegar a donde pueda llegar. Y, tras una breve pero muy enigmática campaña comercial, planta en las pantallas de medio mundo una especie de “producto Cloverfield”. Algo que no es una secuela ni una precuela. Que podría o podría no estar relacionado con Monstruoso. Que podría o podría no compartir ese Universo Común. Pero que de algún modo podría ser el producto que todos los fans de esa concepción del cine-espectáculo necesitan.

Calle Cloverfield 10

Y lo es. Pero para ser comprendido desde un punto de vista crítico requiere de un ligero posicionamiento previo: abracemos aquello del cine-nostalgia y olvidémonos de la originalidad. Calle Cloverfield 10 es muy impecable en muchos aspectos, pero no es precisamente lo nunca visto. Al contrario, no deja de ser una mezcla -perfecta, alquímica- de varios puñados de referentes previos. La premisa argumental está tan llena de posibilidades como de potenciales lugares comunes: una joven es rescatada de un accidente automovilístico y se despierta en un búnker, únicamente acompañada de otro chico y de un hombre desconcertante que asegura que, en el exterior, algún tipo de ataque ha diezmado la población. El juego es un huis clos en un escenario filonuclear que nos vela constantemente la verdad. Que nos lanza por un abismo de preguntas dándonos las respuestas con un fino cuentagotas: ¿qué ha ocurrido en realidad? ¿El ataque es de origen humano o de otra naturaleza más… inquietante? ¿Lograrán los protagonistas salir del búnker o alguna fuerza misteriosa seguirá reteniéndolos dentro? Y, sobre todo, ¿el hombre responsable del cautiverio es honesto o está escondiendo algo? ¿Es un buen samaritano con maneras demasiado toscas o es un maldito psicópata? Así que sí, estamos ante unos planteamientos argumentales que nos remiten a cualquier fantasía atómica de los 50, a La dimensión desconocida, a la propia Perdidos (cuesta no acordarse de la escotilla de Desmond en varias ocasiones), a la cultificada El refugio del miedo. Por qué no a Misery, o a Canino, o hasta a El ángel exterminador. Un puzzle que abarca desde la concepción hitchcockiana del suspense hasta la reformulación del mismo que hacía M. Night Shyamalan, especialmente el de El bosque y Señales.

¿Dónde está, pues, el gran valor de Calle Cloverfield 10? Esencialmente en compactar todos esos referentes en una película aparentemente modesta -casi orgullosamente de serie B- que hace del menos es más su razón de ser (lo dicho, poderosos resultados con los mínimos elementos) y que resulta muy bien narrada y expuesta. Un espectáculo bien equilibrado que parte del thriller psicológico para visitar el relato de misterio, la posible parábola de terror apocalíptico/biológico/alienígena, y hasta cierto punto la comedia costumbrista USA bañada de fanservice justificado. Pero que se percibe, por lo menos en sus primeros dos tercios, como un todo orgánico cómodo y ágil. Y no es así necesariamente por el desarrollo argumental. Al contrario, la trama avanza poco de por si -lo que se cuenta podría hacerse en un cortometraje-, pero se esfuerza en concatenar misterios y giros de guión uno tras otro. Giros que, por otro lado, si funcionan es gracias al milimétrico movimiento de las piezas que ejerce Trachtenberg. Él es probablemente uno de los dos grandes valores de la cinta, el tipo que dirige todo esto con pulso firme y logra que la tensión vaya creciendo de manera admirable. Resultado: el espectador que se deje llevar difícilmente podrá despegar los ojos de la pantalla y alejar las uñas de los incisivos, acompañando a los personajes en su periplo desquiciado. Unos personajes encarnados por el otro gran pilar de la función: unos intérpretes excelentes, especialmente una Mary Elizabeth Winstead que se erige en perfecta heroína de giallo moderno y un John Goodman rotundo y visceral en su personaje anegado en claroscuros y contradicciones.

Calle Cloverfield 10

Ellos evitan que la historia se vaya al garete en su tercer acto. Porque no, Calle Cloverfield 10 no es perfecta, o por lo menos no es imborronable: su último gran twist es capaz de disparar las alarmas de los más escépticos, o por lo menos de los menos comprometidos con la juerga de Tratchenberg. Una coda artificiosa que puede funcionar como engañosa traición a su propio espíritu para unos y como climático desmadre para otros. Independientemente de consideraciones personales, lo que sí es evidente es que si la cosa se salda con éxito es porque el realizador cumple con sobrada solvencia y mayor convicción. Consideremos este pequeño salto de lo “micro” a lo “macro” dentro de una misma historia como una especie de simulacro de lo que promete ser una carrera a tener en cuenta: si se despeina igual de poco de su debut a su (previsiblemente más pirotécnico) segundo asalto, lo de Dan Trachtenberg puede ser cosa seria. Y si finalmente todo queda en cambio en pólvora mojada, por lo menos nos quedará esta apañadísima midnight movie para ir revisitando de vez en cuando.

7/10

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3 comentarios
  1. JM Vanjav Dice:

    Es de estas películas que si te pierdes la primera hora, quitando alguna escena suelta, no pierdes mucho. Eso sí el final, desde el pistoletazo de salida, es un puro sprint que merece no perderse de un detalle. Como dije en otro sitio, hubiera sido un episodio perfecto, para: "los límites de la realidad"

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