Cuando hace algunas semanas hablábamos de La huérfana, decíamos de su director que estaba especializándose en buenas malas películas. De ser cierto, ello sólo podría significar una cosa: el mayor referente de Collet-Serra no puede ser otro que Roland Emmerich, quien tras el parón artístico sufrido con 10.000, retoma su temática favorita en 2012, la destrucción de la humanidad.

Aprovechando cierta premonición adjudicada a la civilización maya, el director de Independence Day escribe y dirige el fin del mundo acaecido mediante una serie de cataclismos naturales que, además de diezmar toda forma de vida, altera de manera irreversible la geografía de la Tierra en general y de los Estados Unidos en particular. En medio del meollo, una ristra de actores, en horas bajas la mayoría de ellos, interpretan a quienes tratan de hacer frente a la adversidad como buenamente pueden.

Como si de un remake bigger, longer & uncut de El día de mañana se tratara, 2012 no puede ser valorada desde un único punto de vista general que englobe en el mismo saco carencias (en este caso muchas y muy graves) y virtudes de la última y megalómana producción del alemán. Hacer una media a pelo de cualidades artísticas y técnicas la dejarían en una indecente posición de inferioridad, condenada a rivalizar con DragonBall Evolution y Transformers 2 para alzarse como la peor película del año. En otras palabras, 2012 es una auténtica aberración, una patada en las partes nobles al cine y un sacacuartos con el que el director, acusado de estar acabando con el séptimo arte junto a Michael Bay, casi parece reírse con saña en la cara del espectador que religiosamente haya acudido a su proyección para convertirla en el éxito comercial que acabará siendo (y que otorga a su vez el estatus de dios cinematográfico con que actualmente cuenta en Hollywood el alemán).

Igual que la anterior serie de catastróficas desdichas protagonizada por Dennis Quaid, la película que nos ocupa cuenta con un guión estúpido hasta la irritabilidad, plagado de personajes cuyo nivel de estereotipo roza la parodia: ninguno de ellos logra resultar mínimamente interesante, no digamos emotivo, bien sea el escritor divorciado reconvertido a héroe a la fuerza, la mujer rusa pija y de plástico con perrito de peluche siempre a cuestas, o el Presidente de los Estados Unidos (interpretado por Danny Glover, para más señas). En vez de ello, lo que provocan son unas ganas inauditas por parte del espectador de ver cuánto tardan en morir, con la consiguiente frustración al comprobar que no a todos les llega su San Martín (¿o es que alguien lo dudaba?).

Mientras se van presentando los componentes del indigesto reparto coral (John Cusack, Amanda Peet, Chiwetel Ejiofor, Oliver Platt… de todos ellos, tan sólo se salva un Woody Harrelson dispuesto a convertirse en el nuevo actor del momento) la película adquiere características de un acordeón, al ir alternando situaciones globales con individuales, o lo que es lo mismo, destrucción a gran escala con desarrollo de los personajes (lo de desarrollo es un decir). La voluntad de recurrir al clásico patrón del cine catastrofista queda por tanto patente en un guión que casi parece haber partido de la ya citada ad nauseam El día de mañana. El problema es que en 2012 todo tiene aún menos sentido que de costumbre, lo cual hace muy difícil la aceptación de las diversas situaciones en que se meten personajes y humanidad, aumentando la sensación de broma pesada conforme progresan sus, atención, 158 minutos. ¿O es que ahora va a resultar que somos capaces de construir lo que construimos en tan sólo tres años, mientras que la calle de delante de mi casa lleva abierta seis meses por una tubería que no acaban de reparar? Claro, por eso después pasa lo que pasa, y el aparato más avanzado de la Tierra es capaz de fallar por un cable mal enrollado… (los que hayan visto la película sabrán de lo que hablo si permanecieron despiertos).

A todo ello cabe darle otro buen tirón de orejas a Emmerich por volver a engañar al respetable con un aluvión de descripciones de 2012 de lo más alejadas de la realidad. Porque es cierto, la cantidad de efectos especiales aumenta con respecto a sus anteriores catástrofes cinamtográficas, pero ello se debe únicamente a que la duración de su nueva propuesta es mucho mayor que aquellas, por lo que la proporción es prácticamente igual. Dicho de otro modo, la sensación de decepción vuelve a hacer acto de presencia en una película que podría haber sido mucho más burra y espectacular de haber contenido más escenas de destrucción masiva y menos diálogos o, directamente, personajes.

Con todo, como decíamos al principio esta es una película que no contempla una sola valoración. Y es que si todo lo expuesto hasta ahora son elementos suficientes para el suicidio masivo por parte del público, bien cierto es que éste acude a ver 2012 solamente para disfrutar de la más avanzada tecnología y las catástrofes más grandes jamás contadas. Y bajo este prisma, la película cumple sobradamente.

Así, cuando Emmerich se olvida de sus onanismos dramáticos y se centra en la vertiente puramente videojuego del film, este se torna absolutamente espectacular, regalando secuencias de acción inolvidables y orquestadas con el atino propio de un genio. Las carreras de vehículos por ciudades que, literalmente, se están hundiendo en lava, los vuelos de avionetas entre edificios en fase de desmoronamiento, las olas de kilómetros de alto… se trata de momentos que bien valen su peso en oro y que, en más de una sala, despertarán de seguro ovaciones cerradas.

El problema reside en tener la paciencia suficiente como para esperar a la siguiente explosión de efectos especiales sin abandonar la sala antes de tiempo, algo que, por muy adecuado que se intente tener el baremo ante semejante tipo de producción, resulta realmente difícil.

Y es que al insultante guión se le deben añadir discursos terribles de un Emmerich perdido en conspiraciones de andar por casa (lo de la muerte en el mismo túnel en que falleció Lady Diana es denunciable), críticas sociales así como a cierto político californiano, dramatismos de telenovela y heroicidades de tercera. Tampoco cabe olvidar su obsesión por disfrazarse de Michael Mann y rodar planos con cámaras digitales, de resultado no sólo sonrojante, sino hasta molesto en determinadas ocasiones.

Y si a semejante mezcolanza se le añade un puñado de actuaciones como mínimo dudosas y, en el caso español, un doblaje a caballo entre película porno y Kung Fu Sión, el resultado final puede ser tan desalentador como, dependiendo del día, incluso ofensivo.

Al menos, si algo puede decirse a favor de todo ello, es que ya nada nos pilla por sorpresa. Y es que Roland Emmerich es el mejor ejemplo de director del que, tristemente, se sabe exactamente lo que esperarse de cada una de sus películas.

2012 es un auténtico desastre pero, de verse, tiene que ser en pantalla grande, por lo que allá cada uno con su nivel de paciencia y su conciencia cinéfila.

Suspenso rotundo. Ah, no, que no podía hacerse una única valoración… bah, yo acabé muy harto de la dichosa película.

Me vais a permitir una crítica tocapelotas, pero es que me lo he pasado tan bien viendo la última megalomanía de Roland Emmerich que me parece totalmente injusto el trato que le ha despachado nuestro querido Capitán, pese a que, sospecho, al final acabaremos opinando de forma muy parecida.

Supongo que no hará falta decir que relativicéis mis palabras, que esto no es arte y ensayo, y que no pongáis en el mismo saco crítico este comentario y, por ejemplo, el del último enigma cinematográfico de Isaki Lacuesta.

Pero ojo, sería caer en el elitismo tratar con condescendencia este 2012 valorándolo a partir de un listón más bajo que el de la media, para que saliera menos perjudicada. No, de entrada lo digo y luego lo explico: juzgada en términos cinematográficos clásicos 2012 es un auténtico desastre, es el momento en el que el cine de catástrofes hace más honor a su nombre. Pero a eso me refiero, intentemos aplicar otro prisma al asunto.

Y ese prisma es, por supuesto, el de la espectacularidad. El de la triple voltereta con tirabuzón, malabarismos con copas y mazas de fakir que termina por los suelos, con todas las copas rotas y el fakir incendiado a lo bonzo. Mientras el público se da un panzón de reír, claro, aliviado de ser él quien no ha acabado en posición tan lamentable y dando gracias por los buenos momentos.

Esto es espectáculo, señores y señoras, y lo demás son tonterías. Esto es amortizar esos dolorosos siete euros en más y más y más momentos de adrenalina pura, de gozoso sinsentido argumental y de bofetón estético de extraño atractivo digital.

A esto es a lo que tendrá que agradecer Michael Bay cuando vaya a ver Transformers 3, porque esto es lo que me ha reconciliado con el blockbuster descacharrante y con el exceso de… bueno, de todo.

Porque además Emmerich ha demostrado ser más listo que Michael Bay en tanto que conoce sus propias limitaciones. Emmerich sabe que no va a ser capaz de dotar de vida a sus personajes, y que la densidad emocional de las escenas que componga no va a tener más alcance que la de un catastrófico de sobremesa. Por eso se contenta con delimitar todos los elementos colindantes a la acción dentro de unos cánones 100% reconocibles y gastados ya… ¿desde cuándo? Exacto, desde el cine de catástrofes de los años 70. ¿O me vais a decir que los personajes de los exploits setenteros de terremotos, incendios y derrumbes que tanto decimos disfrutar tienen mucha más definición que este papá redimido, esta esposa reenamorada, este malvado asesor de la Casa Blanca o este perspicaz científico? Pues eso.

Juraría que hasta lo ha hecho aposta. Puede que incluso los guionistas le ofrecieran situaciones más elaboradas y personajes menos estereotipados y Emmerich les soltara no quiero que me molestéis con vuestras tonterías. Lo que decía: tiene que haber un héroe improbable. Tiene que haber una rubia gritona. Tiene que haber hasta un perrito que se salva. Porque en tanto que el invento ganara puntos por el lado de la sensatez los perdería por el de la insensatez. Y de nuevo: a escala global esto es lo más genialmente insensato que he visto en varios meses.

Pero lo cosa no termina ahí, y es que Emmerich no sólo es más listo que Bay. No, en cuestiones de planificación demuestra que además los tiene más bien puestos, porque Bay siempre acaba enmascarando su tosca realización con un montaje tan exageradamente picado que al final impide al espectador saber qué demonios está pasando, colándole por trepidante lo que en realidad es atropellado. A Emmerich el montaje a ritmo de hardcore se la trae al fresco. Prefiere evidenciar su nula personalidad fílmica si con ello consigue elevar la espectacularidad al cubo, llegando a un extraño clasicismo en su plano, que suele ser mucho más abierto y explicativo que el de Bay, cerrado y confuso. ¿Quién diantre quiere ver el movimiento de quinientas tuercas y tornillos a la vez a medio metro de un supuesto robot gigante cuando puede contemplar, casi a cámara lenta, cómo literalmente se hunde la ciudad de San Francisco en el Pacífico mientras una avioneta sortea vagones de metro en el interior de una descomunal falla?

Y ya que saco a colación esta secuencia concreta, sólo le veo una pega: siendo de largo lo mejor de la función y la burrada más salvaje vista este año, llega demasiado pronto en la película. Con lo cuál nos pasamos la siguiente hora y media esperando una réplica de igual o mayor magnitud que no termina de llegar nunca. Y aunque no llegan al nivel, suerte que ahí están absolutas genialidades como la del [cuidado con los SPOILERS] personaje de Woody Harrelson siendo tragado por el parque de Yellowstone reconvertido en volcán, el presidente Kennedy reocupando por la fuerza la Casa Blanca en forma de portaaviones o ese Arca de Noé versión Battlestar Galactica evitando colisionar contra… ¡el Everest!

Además, qué demonios, ese plano último con África como bastión final y tabla de salvación para la humanidad tiene mucha coña y resulta tan genuinamente naïf en su hipotético espíritu revulsivo antiamericano como el momento de la rueda de prensa del gobernador de California. [FIN SPOILERS]

Dejad los prejuicios en casa, poneos el chip de más es… mucho más y preparaos para disfrutar de 160 minutos de absoluto dislate catastrófico.

Como cine es una mierda, como espectáculo total es justamente eso: total.