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Crítica de A propósito de nada, de Woody Allen (Alianza editorial)

Es difícil, y más en estos tiempos, separar obra de artista. Y seguramente Woody Allen sea el nombre que más difícil lo ponga a propios y extraños. La última prueba de fuego (¿la estocada definitiva para su carrera?) llegó hace un par de años, cuando la sociedad volvió a ponerle en su punto de mira por las de sobra conocidas acusaciones de maltrato a su hija cuando tenía siete años, culminando en que Greta Gerwig dijera públicamente que lamentaba haber trabajado con él. Unas fichas de dominó después y el director pierde su contrato con Amazon, ve cómo Un día de lluvia en Nueva York no se estrena en los Estados Unidos, y a duras penas consigue llevar a cabo Rifkin’s Festival (para mayor inri, de una mediocridad alarmante.)

Ah, pero mientras tanto, el neoyorquino publica su autobiografía: A propósito de nada. Y ni corto ni perezoso, no sólo relata su versión de los hechos, dejando a Mia Farrow a la altura del betún; sino que la convierte en su mejor guión, su mejor historia si se prefiere, en mucho tiempo.

De vuelta de todo y sin limitaciones de metraje, presupuestos o presiones de productoras, Woody Allen realiza en A propósito de nada un extenso repaso por su carrera pero también, y sobre todo, por su vida personal: desde sus años mozos, sus sueños frustrados o su personalidad caprichosa, a la gestación del genio del cine (descripción que él mismo rechaza rotundamente). Y por supuesto, inundando el libro de detalles sobre las relaciones con sus mujeres, incluyendo el también famoso episodio de las fotografías eróticas (que desencadenaron todo lo que vino después). Detalles bastante reveladores que tocará al lector creerse o no, se plasman con total naturalidad y desparpajo, con un estilo a caballo entre la comedia y el drama, que recupera la personalidad del artista detrás de Hannah y sus hermanas, Manhattan, Annie Hall o Midnight in Paris. Vamos, el Woody Allen de las grandes ocasiones. El contador de historias mundanas, de líos y embrollos de todo tipo motivados por historias de amor inesperadas o giros de fortuna igualmente sorprendentes. La diferencia es que esta vez, en lugar de miedos e inseguridades, lo que parece mover al neoyorquino, principalmente, es el rencor. La ironía, la comicidad o los twists tienen, por tanto, un extra de amargura, que el escritor se esfuerza por entender, explicar y justificar a ojos de quien lee. Y eso, teniendo en cuenta que estamos ante un compendio de batallitas de un señor de 80 y muchos años, significa que en no pocas ocasiones divaga, se va por los cerros de Úbeda, genera notas al margen que acaban tornándose en capítulos enteros. Parte del encanto, en mi opinión. Potencial motivo para la exasperación, podrán pensar otros.

Y ojo, que la dispersión no es el único resultado del estado vital del autor: importante también tener presente que, tratándose de un octogenario sin filtros, escribe y describe como le viene en gana. No creo que se cuente entre sus intenciones faltar el respeto a ninguna de las mujeres de las que habla en el libro (excepto a una, claro); pero sí las describe ajeno a los delicados terrenos de la corrección política por los que él mismo deambula, resaltando bondades físicas además de muchas otras. Que si para Woody Allen Scarlett Johansson o Emma Stone son inteligentes, divertidas, un haz de luz en el estudio, y además derrochan belleza y las encuentra despampanantes, lo dice sin pelos en la lengua. Y si aun reconociendo que fue justamente acusado, considera a Polanski como un amigo suyo, o a Louis C.K. como a un genio en la creación cinematográfica, con el que le hubiera gustado trabajar, también. Y en todas y cada una de estas ocasiones, arqueamos la ceja cuanto menos. Ahora bien, ¿motivo suficiente como para rechazar el libro? Allá cada cuál con sus ideales. Pero si Diane Keaton o Selena Gómez no tienen motivo de queja…

En fin, siendo conscientes de que quien escribe (y a qué edad lo hace) es un hombre que siempre se ha mostrado enamorado del sexo femenino, y que siempre se ha considerado (muy) por debajo de las mujeres con las que ha estado o con las que ha trabajado; teniendo en cuenta que bien podría ser que todo lo expuesto es fruto de su imaginación (al margen de que jamás se haya encontrado prueba alguna de su culpabilidad)… En definitiva, alejándose un poco de las convenciones morales actuales, hay motivos de sobra para la alegría con una obra fresca, dinámica y loca, a la vez entrañable, sincera e inspiradora. Aunque, desde luego, no ayuda es a separar obra de artista: si se lee hasta el final, echa tanta leña al fuego que cuesta no decantar la balanza del lado Allen, pobre mártir, en detrimento de Farrow, demonio en persona.

Pero es que si se lee hasta el final, amén de victimizarse, Allen cuenta su mejor historia en años, resulte creíble o no: 400 fascinantes páginas entre el drama y la comedia, el thriller y la ciudad de Nueva York. Y una arenga para todo el que albergue alguna inquietud creativa en su interior, ya sea cine, música u otra expresión: A propósito de nada se descubre, a la postre, como la historia de un hombre totalmente vulgar y corriente que ha acabado consagrándose como uno de los mejores genios en lo que hace. Tú, lectora o lector, podrías ser la/el siguiente, ¿por qué no? Lo dicho, inspiradora.

Crítica de A propósito de nada, de Woody Allen (Alianza editorial)
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué leer A propósito de nada, de Woody Allen

Autobiografía de Woody Allen en el ocaso de su vida con todo lo que ello conlleva: no se corta, se torna entrañable e inspirador por partes iguales, y no se deja nada en el tintero. Con todo lo que ello implica para Mia Farrow. Leerlo es una gozada.

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