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Revisión de El Abominable Doctor Phibes

Corría el año 1971 cuando el incombustible Vincent Price estrenaba su película número 100 (según el propio cartel de la misma). A las órdenes del (hasta el momento) televisivo Robert Fuest (la serie «Los Vengadores»), el mítico actor protagonizaba «El Abominable Doctor Phibes», aclamada comedia de terror en la que el mencionado doctor llevaba a cabo una serie de rebuscados asesinatos siguiendo las pautas de las plagas egipcias recogidas en el Antiguo Testamento.
Tanto esta como su secuela, estrenada tan sólo un año después bajo el título de «El Retorno del Dr. Phibes» (a cargo del mismo equipo), pasaron a convertirse en un clásico instantáneo del género, un díptico de culto que con el paso del tiempo ha ido revalorizándose y se ha convertido, incluso, en implícita fuente de inspiración para muchos («Seven» o la saga de «Saw», por poner algún ejemplo) pese a que ésta, a su vez, no esconda sus similitudes con otros («El Fantasma de la Ópera»).Esto último no hace sino confirmar que «El Abominable Doctor Phibes» es una película imperecedera, encontrando su principal virtud en el gran número de detalles a todos los niveles que aun a día hoy resultan sorprendentes (de la mano por supuesto de otros algo más sobrepasados por el tiempo, aunque no por ello menos entrañables).

Desde un colorista y sumamente kitsch laboratorio, poblado por robots de lo más inquietantes, a un personaje que hasta el último momento (y ni siquiera entonces) no sabemos si está vivo, muerto, o ninguna de las dos; desde la vocación de éste de serial-killer tan implacable como original y refinado, a sus extravagantes rutinas vitales y hobbies; pero sore todo la propia dualidad del film a medio camino entre la comedia burda y el terror total. Todo ello brinda a «El Abominable Doctor Phibes» un aura de distinción que sin duda adquiere su máxima expresión en los diversos asesinatos que se van sucediendo. Y es que cada una de las muertes se hace inolvidable por las rocambolescas artimañas empleadas para poder vincularlas a las plagas de Egipto. Precisamente, estas son las que demuestran esa virtud de la cinta como musa de tantas otras posteriores, pues, por ejemplo, nada tiene que envidiar la máscara que mediante un diminuto juego de anclajes se va cerrando al rededor de la cabeza de una de las víctimas, a cualquiera de los juguetitos del Asesino del Puzzle de «Saw».

Como citábamos antes, otro aspecto a destacar es la fusión de géneros propuesta por James Whiton y William Goldstein, ambos guionistas completamente desconocidos tanto antes como después de la película. Manteniendo inalteradas las virtudes de uno y otro, «El Abominable Doctor Phibes» juega con la comedia y el terror por partes iguales, mediante una estructura en la que a cada terrible asesinato corresponde una investigación de lo más hilarante, con desenrosques (literalmente) de víctimas para liberarlas de la pared en la que han sido incrustadas mediante el cuerno de la cabeza de una estatua de pegaso, entre otras.

Con tanto a su favor, uno se olvida de los pequeños tropiezos rítmicos presentes de manera evidente en algún que otro pasaje de la película, de las limitadas dotes para la interpretación de alguno de sus actores, o de sus diversas incongruencias tanto argumentales como lógicas, fruto de la inocencia de la época. Al final, sólo queda la sensación de haber visto una particular obra de arte del gusto de unos pocos, una pequeña joya preciosa por su singularidad e inamovible en la memoria, que de hecho es la que se encarga de valorarla cada vez más con cada evocadora reaparición.
Y no es sino la perdurabilidad la que, en el fondo, la que realmente debería distinguir una Buena Película de cualquier otro producto, ¿o me diréis ahora que dentro de unos meses aún se recordará algo de «Crash» o «Slumdog Millionaire»?

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