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Crítica de Adú

A un lado del ring, nada menos que trece nominaciones a los Goya. Al otro: tantas nominaciones sí, pero en el año más raro de la historia del cine, marcado por la cancelación de estrenos y el cierre de cines. Adú, de hecho, pasó sin pena ni gloria por salas en enero de 2020, antes de acabar aterrizando en Netflix. Luego llegó la pandemia. Y un año después, en enero de 2021, se leen las nominaciones a los Oscars españoles, y triunfa tanto que hasta se reestrena en pantalla grande. Mucha bipolaridad alrededor de la nueva colaboración entre Salvador Calvo y Luis Tosar, otra ambiciosa producción que no dista demasiado de la anterior, 1898. Los últimos de Filipinas. No en lo argumental, sino en la envergadura.

Rodada en su mayor parte en parajes africanos, Adú se divide en tres historias que pivotan al rededor de la inmigración ilegal. Adú es, justamente, un niño que intenta escapar de su Camerún natal; Luis Tosar pulula por el mismo lugar pero protegiendo elefantes de la caza furtiva, y en la valla de Melilla un grupo de policías de la guardia civil se ve envuelto en un fregado, cuando al intentar frenar el salto de varios inmigrantes, uno de ellos sufre un accidente mortal que es filtrado rápidamente a la prensa. Todo ello da forma a un tercio inicial francamente trepidante, de excelente factura en todos los sentidos, y más importante aún: consciente de la relevancia de su discurso, pero sin por ello convertirse en un vehículo para la denuncia que anteponga esta última a todo lo demás. Uno asiste a su primer acto y entiende perfectamente tanta nominación. Claro, quedan otros dos.

Dos actos más en los que el globo se va desinflando cada vez más y más rápido. Adú empieza a titubear desde el momento en que se pone a dar forma a la totalmente intrascendente historia de Luis Tosar y Anna Castillo, padre e hija. Al empezar la película, a Tosar se le plantea una cuestión interesante: tan obcecado está por salvar elefantes que no se da cuenta de los problemas de la humanidad que lo rodea. Pero en vez de aprovechar que, en paralelo, hay niños sufriendo lo indecible por vivir un día más, el guion se centra únicamente en la relación de Tosar y Castillo, ella con un problema de adicción a las drogas que nada pinta y nada aporta, él haciendo de padre y ya.

Al mismo tiempo, la odisea del personaje que da título a la película empieza a rizar el rizo, repitiendo el mismo concepto una y otra vez. Queda claro desde el principio y nadie duda de la gravedad del asunto, pero su parte de la trama acaba flirteando con el cine de acción sin más. ¿Y de la Guardia Civil quién se acuerda? Pues casi nadie: esa trama queda en poco más que una anécdota resuelta deprisa y corriendo. Adú, en definitiva, acaba siendo un tres en uno, sí, pero donde cada cual va en paralelo y si se cruzan es de manera meramente anecdótica.

Remata la faena un burdo exceso de subrayado. Toda la sutileza con que Adú trazaba las líneas de su mensaje al principio, desemboca en una alarmante planitud con moraleja de tres al cuarto. Así que arrancan los títulos de crédito, y se resuelve el enigma con el que arrancaba el visionado: en un año de cine normal, Adú no se habría merecido tanto bombo. Un primer acto excelente no compensa el tibio cómputo global que sólo conserva, de su inicio, la factura. Pena.

Trailer de Adú

Reseña de Adú
  • Carlos Giacomelli
2.5

En pocas palabras

Un arranque prometedor y de impecable factura técnica da paso a una película que va diluyéndose a velocidad de crucero, quedando en un drama básico y de moraleja excesivamente subrayada. La única constante, su factura, no evita el descalabro.

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