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Crítica de Aladdin (2019)

Esto que tanto nos gusta, ver a Disney apostando por directores curiosos para la dirección de nuevas entregas del universo Marvel, lo lleva haciendo, en verdad, desde siempre. Siempre que empezó a remakear todos sus clásicos animados, esto es. Tim Burton es su chico de los recados, Kenneth Branagh dirigió La cenicienta, John Favreau El libro de la selva, y ahora es Guy Ritchie quien se encarga de convertir a Will Smith en el nuevo genio de Aladdin. Sí, el de Lock and Stock, el de Snatch, el de RocknRolla… Y el que se la pegó de cara con su última intentiona comercial, El rey Arturo. Sorpresa relativa, pues, tanto por parte del contratante como de un contratado que tendría que llegar a final de mes, se intuye. Pero sea como sea, director con currículum al canto, para hacerse con una de las últimas joyas del estudio. Adaptación no exenta de riesgo ni de polémica: actores principales desconocidos (aunque a ella, Naomi Scott, no sería de extrañar verla más a menudo), y primeras imágenes de Will Smith que ponían en serias dudas su capacidad para hacer olvidar al eterno Robin Williams poniendo voz al genio de dibujos. ¿Y qué tal? Pues ni tan mal, gracias.

Quizá fuera que nos esperábamos lo peor. Siempre ayuda estrenar con el hype bajo cero, porque de ahí sólo se puede subir. Es cierto que pensando en frío, la nueva versión de Aladín tiene incuestionables problemas. De entrada, es demasiado larga. Y lo es (o se hace) porque cantan demasiado, lo cual no deja de resultar irónico: siendo como es el director más videoclipero que se le puede venir a uno a la cabeza, va y resulta que el primer musical de Guy Ritchie es la muesca más apaciguada de su filmografía. De su virtuosismo tras las cámaras y los frenéticos montajes de sus trabajos, queda poquito, y todo suena a batiburrillo improbable de Prince of Persia con Slumdog Millionaire. Y hay más cosas: la ausencia de actores de peso convierte en poco trascendentes a la mayoría de ellos, pero muy especialmente a Jafar, un enemigo sin entereza alguna que cuando debe hacerse cargo del peso de la película, esta sufre lo indecible por realzar el vuelo. Lo bueno, es que hasta ese momento sí volaba. Y a altura moderada.

Y es que el acierto de Aladdin es, desde sus primeros compases, saber perfectamente a lo que juega: ni puede superar a la original, ni debe tomarse mínimamente en serio. Desde el principio, suena todo a una gran broma que se esfuerza por buscar la complicidad del espectador por vía de un vistoso empaque formal, leyes de la gravedad tomadas por el pito del sereno, y canciones que reverencian abiertamente y tiran de añoranza sin pudor. El choque es de aúpa: el esoectador ni se ha acabado de colocar lad palomitas entre las piernas, y ya le están avasallando a videojuegos y videoclips bollywoodienses. Y claro, luego… Luego aparece él. El genio de Bel Air.

Robaplanos infinito, hipersobreactuado, pero derrochando socarrona personalidad, Will Smith logra su cometido convirtiéndose en un personaje tan para el recuerdo como lo fue Jack Sparrow. Y recordemos que por ese papel Johnny Depp casi se lleva un Oscar. Con Aladdin no sólo se recupera la versión más agradecida del actor de Men in Black, es que el tío nos hace olvidar por momentos al personaje original… ¡Prácticamente imitándolo! Si el acierto de la película es el no tomarse en serio a sí misma, la clave está en este secundario que entiende y asume a la perfección su rol, y parece pasárselo divinamente con él. Hasta acabar contagiando.

Ya digo, no creo que estemos ante una gran película, ni ante el éxito económico y artístico que justifique la, aún cuestionable, estrategia de Disney por rehacerse a sí misma con un 10% más de imágenes reales (aquí la gran mayoría de planos se construyen a base de CGI). Pero el pitorreo generalizado que capitanean Ritchie y Smith (y otra secundaria acertada, Nasim Pedrad, y todos los bichos digitales que pululan por pantalla) puede traspasar la pantalla siempre y cuando el público no vaya con el cuchillo entre los dientes. Y sí, este Aladdin (Mena Massoud) es absolutamente olvidable, pero quizá la estrategia esté justamente en evitar que nadie haga sombra al genio. Quién sabe si con una decisión de casting distinta se hubiera fastidiado el invento. En definitiva, no entiendo muy bien cómo lo ha hecho, pero lo ha hecho: el remake que menos aporta de los vistos hasta la fecha, el más criticado (antes de haber sido estrenado, esto es) y el más irregular, acaba siendo el divertimento más logrado hasta la fecha. ¿Elección correcta de director? ¿Inesperado acierto de cast? ¿O sabia estrategia? Porque al final, no toca lo que no tiene que tocar, no presume de ser nada del otro mundo, y jamás pretende estar por encima de una predecesora a la que rinde homenaje. No sé, pero si el cine también es evasión y entretenimiento sin más, bienvenida sea. Y larga vida a Will Smith.

Trailer de Aladdin

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
3.5

En pocas palabras

No es ninguna maravilla, pero tampoco el desastre absoluto que se auguraba. Al contrario, esta nueva versión de Aladdin se descubre de lo más entretenida, gracias a quien menos cabía esperar: el genio de Will Smith.

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