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Crítica de Alguien tiene que morir (Netflix)

Hay una pista clave para saber por dónde van a ir realmente los tiros de Alguien tiene que morir, la nueva serie de Manolo Cano para Netflix después de la exitosa La casa de las flores. Y no está en la engañosa publicidad que está recibiendo, que la pinta de una suerte de Puñales por la espalda a la española. Sino en las etiquetas con que se presenta en la plataforma de la N roja: telenovela, entre ellas. Que tiene sentido, si se tiene en cuenta la serie recién citada de su creador. Pero es en todo caso fundamental para ajustar expectativas. De lo contrario, pese a su escueta duración de tres episodios de 50 minutos, la miniserie puede atragantarse a más de uno. Y sería una pena, dicho sea de paso.

A ver, tampoco es que quien desista corra el riesgo de perderse la serie española definitiva. Pese a sus reducidas dimensiones, la propuesta no consigue encontrar un ritmo constante, al aglutinar demasiadas subtramas de interés francamente desigual. De hecho, alguna de ellas parecería añadida con calzador para subrayar una crítica social necesaria y validísima, sí, pero que hay que saber lanzar. Cano, en no pocas ocasiones, se olvida de la sutileza y cae en lo esperpéntico. Y así, claro, pierde punch un discurso que, más contenido, hubiera podido generar un mayor impacto entre sus consumidores. Porque lo que hace Alguien tiene que morir es hablar de la España de posguerra, a la que llegan dos chicos procedentes de México. Uno bailarín, el otro sin ningún interés de contraer matrimonio forzoso para favorecer los negocios de su familia, santa católico y apostólica… y bastante bienestante. Y claro, son tachados de maricones y despreciados a diestro y siniestro. ¿Queda lejos? Pues tristemente, no tanto. El verdadero valor de la serie de Cano reside en constatar que no hemos cambiado demasiado, que seguimos arrastrando podredumbre fachistoide y homófoba… pero esos exabruptos a brochazo grueso desvían la atención.

Por otra parte, antes incluso de enfrentarse a esta telenovela camuflada de thriller histórico españolito (casi nada), hay que superar el escollo de sus interpretaciones: sin ir más lejos, la escena inicial es tan bonita a nivel audiovisual, como de difícil digestión ante la recitación de sus dos intérpretes (Ester Expósito y Carlos Cuevas). Un reparto desigual que parece estar recitantd una obra de teatro, no consigue hacerse creíble en ningún momento (lo de Ernesto Alterio no tiene nombre) a excepción, claro, de una Carmen Maura metida en un papel que se sabe de memoria.

En fin, decía: sorteando sus baches, no menos cierto es que Alguien tiene que morir queda resultona. El esfuerzo se nota y se agradece, la serie rebosa academicismo (como no podía ser de otra manera), pero incluso se marca algunas escenas de presentación de personajes que rompen puntualmente con la homogeneidad reinante. Y a nivel de entramado, las desigualdades a las que me refería al principio se derivan de su faceta más telenovelizada; el thriller, construido a base de secretos, de miradas, de diálogos que esconden más de lo que dicen… funciona. Una pena que poco a poco, la primera vaya comiendo terreno a la segunda, pero por suerte nunca llega a predominar 100%.

En fin, con sus más y sus menos, Netflix encuentra en la miniserie de Manolo Cano un aliado más que necesario para confirmar que, además de tener una vocación puramente comercial, todavía queda espacio para los productos que, además, mantengan unos mínimos. Alguien tiene que morir no es la repanocha, no reinventa la rueda y no anda falta de problemas. Pero se descubre como una propuesta española digna, fresca… y de la que se quiere saber cómo concluye. No sé vosotrxs, pero yo andaba muy necesitado de algo así en Netflix.

Trailer de Alguien tiene que morir (Netflix)

Reseña de la serie Alguien tiene que morir (Netflix)
  • Carlos Giacomelli
3.5

En pocas palabras

Inesperada alegría en forma de telenovela sobre la España de posguerra, con un toque de thriller y otro de crítica social. No es que sobresalga en ninguno de sus objetivos, pero el conjunto se consume alegremente constituyendo un foco de luz para la producción española de Netflix. Ya tocaba.

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