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Crítica de Aquaman

Algún día, al binomio Warner-DC le pasará un poco como cuando al fin, a la quinta convocatoria o así, acababas aprobando un examen tras haber ido acercándote a la nota de corte en las intentonas previas. Esas en las que te aparecía un 3 sobre 10 en lugar de un 2, y tú te lo tomabas con una motivación en lugar de replantearte tu vida, y preguntarte si no iría siendo hora de cambiar de carrera. Por lo visto, por las latitudes del DC Universe están de este plan. No les bastó con el fracaso de estrépito de La Liga de la Justicia para asumir que esto del cine y las macrosagas no les va. Al contrario, que sigan llegando, ahora en forma de película en solitario de Aquaman. Nueva convocatoria pues, para la que si no han estudiado aún lo suficiente, como mínimo han sabido a quién copiar para tratar de aprobar.

De entrada, un acierto: cambio radical en la dirección, ahora con un James Wan que es lo más opuesto a Zack Snyder que uno pueda imaginar. Se acabaron los ralentíes (sólo quedan algunos por el bien de la espectacularidad de alguna pirotecnia) y se acabó ese filtro de polvorienta oscuridad que hacía que toda la saga pareciera tan digerible como un polvorón en medio del desierto. Aquaman es colorista, cae directamente en lo kitsch sin arrugarse lo más mínimo, y las escenas de oscuridad se deben a que, bueno, ocurren en lo más profundo del mar. Pero sobre todo, gana lo mismo que se obtuvo cuando el responsable de Expediente Warren se puso a los mandos de la quinta entrega de Fast and Furious: un producto que todos dan por muerto recibe una vida extra en forma de un director comprometido con su trabajo y siempre dispuesto a colocar la cámara en un sitio inesperado, en alargar los planos secuencia más de lo confortable; en salir, en definitiva, de una posición de piloto automático que es la que adopta prácticamente todo quisqui. Y por fin, DC tiene su película de superhéroes con personalidad (y la de Wan está en, sin ir más lejos, la presencia de Patrick Wilson entre los principales roles del film), con alma. Con chicha.

Otra cosa que han sabido hacer: ya no copian a Nolan. Por fin se han desprendido de esa oscuridad anímica que tanto se les había enquistado, y menos mal: hablamos de un superhéroe de menor relevancia en la historia viñetera, famoso por ir vestido de naranja y leotardos verdes, y por hablar con los peces. Hay mucha, muchísima autoparodia, mucha escena de vergüenza ajena voluntariamente buscada, y mucho humor idiota, ridículo incluso. El único entrecejo fruncido aquí es el de Jason Momoa, pero porque alguno de sus descomunales músculos estará ejerciendo presión en su rostro, porque el tío demuestra ser tan salao como, no sé, Chris Hemsworth.

Vale, no, la comparativa no ha sido casual: en este Aquaman tenemos a dos hermanos que luchan por el reinado de un mundo totalmente alejado de lo que conocemos, sumamente colorista y plagado de armaduras dignas de Power Rangers. Uno, maquiavélico, perfectito, con problemas emocionales; el otro, brutote, bonachón, y así como con greñas cuidadosamente descuidadas y tendencia al desnudo de cintura para arriba. Hay una herramienta indestructible y con poderes mágicos que hay que ir a buscar al lugar más recóndito, y pasar diversas pruebas contra aliens, monstruos digitales, pum, pam, un malo secundario de armadura aún más ridícula que todo lo visto con anterioridad… vamos, que si no acaba siendo esto un plagio de Thor, es porque en su segundo acto durante un rato se disfraza de Indiana Jones con igual desfachatez (una de las pruebas que debe superar el héroe implica una visita al Sahara y a Sicilia, y resolver puzzles diversos).

La impecable factura de esta película no basta para aliviar la sensación de estar ante un mero, descarado refrito de ideas y situaciones muy cercanas en el tiempo, y demasiado evidentes. Ante la absoluta falta de sorpresas, la emoción que busca James Wan a la desesperada no llega a palparse nunca. Aquaman es divertida y bonita de ver, ya es más que todo lo que puede decirse de todo lo visto en DC hasta ahora. Pero sigue siendo apática y totalmente irrelevante. ¿Mal menor? Pues no, la verdad, porque algo que sigue sin entenderse en esta clase de productos es que no deben ser excesivos en su duración. Tírame todos los efectos digitales que quieras, repite patrones pero sobrecárgalos de peces y bichos, de flashes y haces de luz… haz lo que quieras, pero no te vayas hasta las dos horas y cuarto de duración si no tienes absolutamente nada nuevo que contar. Porque entonces, la broma deja de tener gracia y pasa a hacerse pesada. Mucho. Demasiado.

Este Aquaman progresa adecuadamente, encuentra el camino a seguir, y su protagonista hace piña con la Gal Gadot de Wonder Woman como reverso con personalidad, frente a los sosainas Batman y Superman de Affleck y Cavill. Se ríe de sí misma y de todo el universo DC, parecería incluso un mea culpa entonado por Warner. Cuenta con un director que parece pasárselo teta enfrascado en un pirado mundo de homenajes y referencias en el que pulpos gigantes tocan tambores para calentar ánimos de una pelea de gladiadores (¿alguien dijo Ragnarok?), entre set piece y set piece.

Pero se dispara en un pie con un exceso de manidas subtramas que nada aportan más que una invitación al letargo, del que inevitablemente se contagia una película que lo tenía todo para triunfar aun en su condición de plagio.

Así que bueno, no sé, felicidades, DC: ya tenéis vuestro Thor. Llegáis con ocho años de retraso, pero algo es algo. Ahora, por favor, no nos torturéis más debiendo consumir cafeína compulsivamente para combatir la siesta en la que se siguen convirtiendo vuestras películas. Tenéis la forma, falta el fondo. Falta el riesgo real, el que hace que de una película de Marvel nunca se sepa al 100% cómo va a acabar el superhéroe. Mientras el espectador siga teniendo la total seguridad de que nada malo va a pasarle al protagonista, no habrá aprobado que valga.

 

Un montón de curiosidades sobre Aquaman (spoilers)

 

 

Valoración de La Casa
  • Capi Spaulding
  • Mario Parra
3

En pocas palabras

Uy, casi. Tras infinidad de intentonas, DC se acerca al aprobado con una película colorista, divertida y con punch. Pero se alarga hasta el infinito sin una sola idea nueva que contar.

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