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Crítica de Le bal des folles (El baile de las locas)

Pese a que Mélanie Laurent la tenemos más presente como actriz, en alguna que otra ocasión la cineasta se ha puesto detrás de las cámaras, quizá sin un derroche de personalidad irrefrenable, pero sí con un pulso lo suficientemente firme como hacer frente a propuestas por las que más de uno se arrugaría. Caso, justamente, de The Mad Women’s Ball (Le bal des folles), que Prime Video ha decidido presentar en el festival de Toronto 2021 previo a su estreno en la plataforma, y que adapta la exitosa novela de Victoria Mas, El baile de las locas. Casi nada. La película se ubica a finales del siglo XIX, para hablar de un centro de internación de mujeres, ejem, clínica neurológica; al que va a parar una joven porque nadie se traga su poder para hablar con los muertos. Ambicioso punto de partida para una película que, por supuesto, mira con ojo (muy) crítico una sociedad capaz de tildar de enferma a una mujer que sencillamente no se ajusta a los cánones (establecidos por hombres). Pero que también flirtea con ese elemento paranormal del personaje, para tensar al máximo los límites de esos cánones, confirmando en definitiva lo absurdo de su existencia. En el epicentro de todo ello, los dos puntos de vista: el de la recluida (una muy notable Lou de Laâge) y el de una cuidadora cuyo trabajo tarda poco en llevarla a un dilema moral de aúpa (una no menos notable Mélanie Laurent).

Quizá no haya nada de excesivamente original en la trama de esta adaptación cinematográfica de El baile de las locas. Ni en su planteamiento audiovisual. Laurent apuesta por un estilo muy sobrio, contenido, para desarrollar una historia que ya hemos visto antes, aunque quizá con menor carga moral. Pero es que ahí reside el quid del éxito: en permitir que cuaje. Que nos planteemos las mismas cuestiones que la enfermera, incluyendo los posibles poderes de la, ejem, enferma. La película respira con suma naturalidad, mediante un tempo medido y pausado sólo en apariencia: en verdad, hay una tensión soterrada que se va enquistando y que va mucho más allá de sus concesiones más banales y puramente peliculeras: me refiero al personaje más malvado, que de tan encorsetado acaba perdiendo razón de ser. No, tales tropiezos (hay alguno más a lo largo de todo el metraje) son una superficie de enjuague rápido. Sentimientos más profundos son los que se cuidan y dosifican al dedillo, concluyendo en un clímax en el que El baile de las locas decide cortarnos la respiración. Casi sin darnos cuenta, nos encontramos en un cruce de caminos que no permite desviar la atención de la pantalla ni por un momento. Y bendita ironía: como se nos ha conducido tan bien hasta ahí, poco importa que su conclusión sea quizá su mayor concesión al melodrama, dejando poco pie a la confrontación de ideas, abandonando los tonos grises con los que hasta entonces había jugado la película.

Tiene fallos, en definitiva. No creo que se los pueda negar nadie. Pero se compensan con una historia y unos personajes que irradian una fuerza desbordante que, sin embargo, consigue que no se descarrile un planteamiento formal exquisito. Y al final, lo que queda es cine con algo de personalidad, pese a que la innovación no se cuente entre sus principales objetivos. Y más importante aún: con algo que decir, dicho la mar de bien. Paso hacia delante de Mélanie Laurent como directora. Si nos quejamos es porque queremos.

Trailer de Le bal des folles (El baile de las locas)

El baile de las locas: Mélanie Laurent madura como directora
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver El baile de las locas

Drama sobre mujeres que, por no ser comprendidas, son tachadas de locas. Con esta premisa, la adaptación cinematográfica de El baile de las locas reflexiona sobre el rol de la mujer en la sociedad, sacando en evidencia las carencias del siglo XIX… que quizá no se alejen demasiado de las actuales.

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