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Crítica de Belfast

La explotación de la nostalgia se nos está yendo de las manos. Y lo que es peor: está cayendo en las manos equivocadas. Tras haberse pasado de frenada con el blockbuster, Kenneth Branagh se ha pasado al terreno autoral con Belfast. Y claro, ha sido por vía de su película más personal en años (sí, más personal que Thor o Muerte en el Nilo… qué loco, ¿eh?). Y por ende más nostálgica. En Belfast, Branagh ha tirado de recuerdos de infancia, recogiendo una selección de los mismos y colocándolos en cierto orden para dar forma a una trama sobre una familia que adora su ciudad, pero se plantea dejarla habida cuenta de la tensión que se vive en ella. Todo, en concreto, alrededor de un niño que debería ser el propio cineasta en sus años mozos. Vamos, que podría haber copiado la sinopsis de Fue la mano de Dios, casi igual. Sólo que allí donde Sorrentino mezcla recuerdos y ficción con sus habituales caprichos estilísticos, siempre por el bien de un conjunto cinematográfico coherente y de desarrollo e intenciones bien claras, el de Los amigos de Peter se hace la picha un lío.

Este collage de recuerdos que propone Kenneth Branagh sólo ejerce, principalmente, de reiterativa descripción, sin ayudar a una trama que acaba siendo tan simple como para quedar desarrollada, en su totalidad, en el trailer. Pero lo malo es que tales recuerdos tampoco sirven de vehículos para el lucimiento de sus caprichos formales, porque a diferencia de un Sorrentino, quien lleva toda una filmografía obsesionado con el estilo, Branagh carece de ellos. Así que se limita a pasar su película al blanco y negro. De hecho, parecería querer convertirse en la respuesta irlandesa (que nadie necesitaba) a Roma, de Cuarón. Pero tampoco: sin su densidad, su intensidad ni su elegancia. Y es que la diferencia entre los diversos ejemplos citados (vayamos incluyendo desde ya también Amarcord como punto de partida) y la que nos ocupa es que aquí nada fluye con naturalidad, todo suena a impostado, forzado por un director obcecado con que se le considere como autor cuando eso, si alguna vez lo fue, se le extinguió hace ya un par de décadas. Y quizá los momentos más lamentablemente evidentes de ello, sean los puntuales toques de color en medio del blanco y negro, como los que Steven Spielberg empleara… hace treinta años. A la postre, lo que parece es que Belfast intenta disimular por activa y por pasiva su tufo a cine social que haría las delicias de Ken Loach, por vía de cuestionables decisiones de primero de autor que no sólo no convencen, sino que acaban tornándose tan irritantes como el niño protagonista, un Jude Hill que, si su misión era emular la tirria que suele despertar la personalidad del propio Branagh de adulto, desde luego, la clava.

Repelente, es la palabra que mejor describe al niño. Tanto como a la película con sus intentonas de hacer de Ozu, para luego pretender ser Spielberg o Cuarón, y luego guiñar el ojo a Cinema Paradiso (señores del cine: ya estaría) o encabalgar montajes a lo Baz Luhrman. Como pollo sin cabeza, vamos, y a ritmo de un Van Morrison a quien también se le acaba cogiendo algo de manía cuando suena por enésima vez. Claro, Branagh crecería escuchando sus discos, pero de ahí a relegar casi toda su banda sonora al cantante hay un trecho. Sobre todo, porque no acaba de encajar en el tono emocional de un Belfast que no queda claro si quiere hacer reír o llorar (lo que tiene la nostalgia mal llevada), para no conseguir ni una cosa ni la otra: al final, lo que le ocurre es que no interesa lo más mínimo esta simplísima, manidísima historia de familia.

Es de esperar que la idea de Branagh era honesta. Que las intenciones eran noble. Y las buenas intenciones son importantísimas para hacer una película, pero sólo de ellas no se puede vivir.

Trailer de Belfast

Belfast: menudo desastre
  • Carlos Giacomelli
2

Por qué (no) ver Belfast

Kenneth Branagh llega tarde y a destiempo a la cita con el cine de autor, proponiendo una película-desastre de tono y ritmo tan cambiantes como equivocados, de estilo impostado, y de imposible empatía (mucho menos interés) habida cuenta de lo fragmentado de su entramado… y la práctica inexistencia del mismo.

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