Vayamos al grano: en qué demonios pensaban. Cómo se les ocurre a Adam Wingard (director), a Simon Barrett (guionista), a los productores o a los distribuidores nacionales e internacionales, de gran y de pequeña pantalla, tirar para delante este Blair Witch en estas condiciones. Esto es: nada que objetar en cuanto a realizar una tercera entrega de la saga iniciada con El proyecto de la bruja de Blair, y menos aún de la mano de una de las voces más relevantes del terror actual; nada que objetar, siempre y cuando se acompañe de algún motivo que justifique la existencia de la misma, más allá de lo puramente económico. Que es lo que tristemente parece haber sido el único hilo conductor. La gran esperanza del cine de género pasaba por ver qué podía hacer con tan goloso proyecto el responsable de You’re next, las posibilidades eran enormes. Por lo que repito la pregunta: ¿cómo se les ocurre?

En qué cabeza cabe que, a estas alturas, quede algún espectador que pueda ver con buenos ojos un remake/fotocopia de la original, burdamente disfrazada de secuela tardía. Ahora que la saturación del found footage ha sido tal como para que el formato haya desaparecido prácticamente de la faz de la tierra; ahora que ni los defensores de la bruja original pueden justificar su visionado, habida cuenta de lo desfasado y superado que puede verse el mismo (y ojo, me cuento entre los devotos). Ahora que, en definitiva, esta clase de película No Puede Funcionar. Demonios, si hasta el cine español lo entendió en su momento y, por eso, se esforzó por pervertir los cánones y tirar de inteligencia para llevar a cabo hasta cuatro entregas de una saga, Rec, a priori gravitando por el mismo universo. Pues no, Wingard y compañía han creído que la iban a poder colar: que volver a presentar a un grupo de jóvenes aventureros con cámara en mano, volverlos a perder en el bosque y hacerlos correr y gritar como locos de un lado para el otro, podía funcionar. Que los sustos a base de explosiones de sonido y apariciones en primer plano (un recurso del que se abusa hasta la saciedad) iban a seguir surtiendo efecto; que nos iba a acojonar una cámara y/o linterna que empieza a fallar cuando más se la necesita. Peor aún: que podían volver a explicar la misma, idéntica historia, sin un solo giro, un toque de frescura (recordemos los cambios argumentales de todos los Rec o incluso Paranormal Activity)… o un cambio en la estructura siquiera.

La única variación presente en este ¿cierre? de la trilogía originariamente ideada, parte quizá de no haber sabido cuál fue el éxito de la primera en su día: si Daniel Myrick y Eduardo Sánchez consiguieron asustar con tan sólo un par de piedras o un tipo de cara a la pared (ese imborrable final…) fue porque antes habían trabajado a fondo en la atmósfera, cosa que en Blair Witch se pasan alegremente por donde no suena. Sólo hay sobresaltos, repetitivos y manidos, y un griterío ensordecedor que evita que el espectador se pueda meter en la película, sentirse uno más… creerse (por así decirlo) lo que está viendo y acojonarse por ello. Sin esa generación de un poso de terror, la pesadilla que nos ocupa se limita a mero dolor de cabeza, y suerte de un acto final inesperadamente acertado, en el que podemos permitirnos el lujo de salir del estado comatoso en que nos habíamos sumido, que si no, la escabechina hubiese sido de escándalo. En esos últimos diez minutos del film sí puede verse algún resquicio de ese director que hasta ahora llevaba la etiqueta de próximo abanderado del cine de género. Apenas unos destellos de luz que palían, pero en absoluto decantan una balanza muy, muy descompensada. En serio, la pregunta se mantiene: ¿en qué demonios estaban pensando? Hasta la desastrosa segunda entrega tuvo mayor inteligencia, tomó más riesgos y, por tanto, tuvo mayor razón de ser que esta engañifa mediocre, entretenida si se quiere, pero inmediatamente condenada al olvido.

La bruja se hace youtuber

No sorprendo a nadie al decir que El proyecto de la Bruja de Blair significó un profundo cambio en el cine de terror a finales de los años 90, en la forma de publicitar los filmes y en el recurso conocido como found footage, explotado hasta la saciedad, aunque hoy en día haya quedado relegado al mercado de festivales y VOD, alejado de las grandes pantallas. En este contexto llega una tardía secuela, titulada Blair Witch, dirigida por el genial Adam Wingard y escrita por su sospechoso habitual Simon Barret, una dupla que nos ha aportado gratas sorpresas como A horrible way to die, The guest y Tú eres el siguiente.

Aunque la película no es nefasta como nos ha llegado desde el festival de Sitges y otras fuentes, sí que se esfuerza menos por crear una atmósfera y los sustos están limitados al típico y burdo encuentro con un personaje agazapado entre la maleza, así como a los bruscos cambios de volumen (ay esos editores de sonido con parkinson…), aunque cuenta con unos 20 minutos finales de infarto y algunas muertes impactantes.

Nos esperábamos más calidad y sorpresa por parte del director, pero es un filme efectivo para ver en una noche. Sobre todo si estás en el campo. Eso sí, creo que la bruja de Blair ahora sí quedará enterrada durante mucho tiempo.