el blues de beale street critica

Crítica de El blues de Beale Street

Estandarte de los derechos humanos, activista en defensa de los afroamericanos, novelista y ensayista responsable de un relevante corpus relacionado con el tema de la segregación la figura de James Baldwin tuvo un nuevo espaldarazo hacia el mainstream cuando Raoul Peck partió de su ensayo inconcluso Recuerda esta casa para cimentar el documental I Am Not Your Negro. Ahora el realizador Barry Jenkins se ha acogido a una de sus prestigiosas novelas para mantener en pie el prestigio que le reportó su anterior y premiadísima Moonlight. Ha adaptado él mismo el texto original de 1974 y el resultado es, una vez más, relevante y trascendente.

La historia nos traslada al Harlem de los años 70, donde una pareja de jóvenes afroamericanos, Tish y Fonny, mantienen una intensa relación sentimental. Tish queda embarazada y, cuando se disponen a empezar una vida no necesariamente turbulenta (las respectivas familias parecen, en general, aceptar el nuevo statu quo), Fonny es arrestado con cargos de violación a una joven hispana. Tish y las familias se embarcan en un calvario para demostrar la evidente falsedad de la acusación, que podría haber sido forzada por las presiones de un policía blanco racista. Material argumental, en fin, que en su traslado a pantalla podría haber cristalizado en una tv-movie anémica tanto como en un melodrama histriónico auspiciado por Oprah y dirigido por Lee Daniels. Pero que bajo las manos de Jenkins recibe un peso específico y un poder expresivo que elevan el resultado por encima de todo ello.

Porque El blues de Beale Street juega, ya de primeras, una poderosa carta formal. Lejos de limitarse a ilustrar de manera funcional un argumento grave Jenkins aplica un inusitado mimo a sus imágenes. Mostrándose sutil y sugerente tanto en los encuadres como en los movimientos de cámara y la caligrafía de planos. La fotografía de tonos cálidos, la iluminación y el tratamiento de la imagen nos transportan a unos años setenta ricos y radiantes, un punto idealizados pero siempre expresivos. Buscan el detalle emotivo y tratan de construir escenas honestas y directas, nunca miserables. Casi parece que Jenkins, ayudado también por una delicada banda sonora firmada por Nicholas Britell, quiera recuperar las sensaciones y sentimientos que con tanta claridad transmitía aquella hermosa escena de baile que Charles Burnett mostró en su Killer of Sheep.

Con ello el director logra inyectar intimidad a una película que, no podemos obviar, acusa ocasionalmente de cierta afectación y de una ligera voluntad de revestir cada escena de trascendencia, o de un lirismo que no llega a resultar estomagante pero sí un tanto grandilocuente. En cualquier caso termina imponiéndose la urgencia de un discurso que aún hoy sigue siendo necesario, porque las problemáticas que trata la película siguen enquistadas en la sociedad contemporánea. Las desiguales actuaciones policiales, los prejuicios en la aplicación de las leyes y el dictado de las sentencias o el trato segregador en las instituciones penitenciarias siguen estando a la orden del día.

Jenkins se mete en dichas cuestiones, las utiliza para armar un argumento a partir de un artificio narrativo (el relato de los hechos no es lineal, salta constantemente en el tiempo) y se muestra sutil y comprometido con todo ello, apelando a sentimientos complejos e incluso contradictorios. Momentos, los mejores de la película, en que la descripción de los personajes gana en complejidad, se sobrepone al retrato grueso de algunos de ellos (el policía blanco, la madre y hermanas de Fonny) y plantea al espectador una de las premisas morales básicas que recorren la película: la sociedad y los comportamientos de aquellos que la habitan son mucho más complejos de lo que podría aparentar a simple vista.

Con todo esto presente, ahora sólo podemos confiar en que Jenkins logre que su futura adaptación televisiva de El ferrocarril subterráneo esté a la altura estratosférica de su referente literario. Es muy posible, y eso no es decir poco.

 

Entretevista a Kiki Layne, de El blues de Beale Street

Valoración de La Casa
  • John Blutarsky
  • Capi Spaulding
3.8

En pocas palabras

Barry Jenkins se sobrepone al tremendo éxito de Moonlight y no se deja llevar por la complacencia. Su nueva propuesta resulta seductora en lo formal, pero también sugerente en lo argumental.

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