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Crítica de Super empollonas (Booksmart)

Convertida en un género por derecho propio desde principios de los 80, podría decirse que la comedia teen de institutos es la manera que tiene el cine popular de tomarle el pulso a la juventud contemporánea, adaptándose a sus modos y costumbres, cambiando constantemente, mutando en virtud de lo que se entiende por modernidad a cada momento. Podría decirse, pero sería un poco falso. Al final todas las comedias adolescentes terminan pareciendo más o menos iguales y apelando a temas universales. Y no lo digo como algo malo, pero debe quedarnos más o menos claro: el modelo que propuso hace un par de décadas Judd Apatow, el que han abrazado ciertos indies y el que ahora toma como punto de partida esta Booksmart no deja de ser el mismo que en su momento inauguraron John Hughes y, en menor medida, John Landis.

Cabe ver pues si cada propuesta sabe tomar todos esos préstamos y, ahora sí, contextualizarlos en la concepción contemporánea del hecho adolescente ya sea vía drama de familia desestructurada (The Diary of a Teenage Girl), costumbrismo teen (Al filo de los diecisiete) o nostalgia petarda (PEN15). Si lo que se nos da a cambio de aceptar esos códigos preestablecidos genera el suficiente interés por sí mismo y si logra, en fin, revalidar todos los tropos. Booksmart lo logra. Y lo hace, insisto, sin plantear grandes novedades pero sí entrando a machetazo por la vía humorística y descarnadamente sincera. Esto es un aparato que tiene algo de gamberrada con chicas, de stoner comedy, de aventura de maduración-amistad-sexo-desmadres, de juguete narrativo a lo ¡Jo, qué noche! (o Supersalidos con chavalas) y de reivindicación nerdy de los declasados.

Y aunque la película contiene el morbo de ver si una actriz tránsfuga, Olivia Wilde, se defiende por primera vez tras la cámara, su principal y más obvia baza es el guión, escrito a ocho manos por Emily Haplern, Sarah Haskins, Susanna Fogel y Katie Silberman. La premisa es simple: dos amigas -enormes personajes interpretadas por las no menos brillantes Kaitlyn Dever y Beanie Feldstein- se dan cuenta el día antes de graduarse de que están a punto de desperdiciar su paso riguroso, beato y disciplinado por el instituto. De modo que deciden, en esa última noche, dejar de ser las empollonas de guardia y pegarse la primera farra padre de sus vidas. Planteamiento más o menos de manual donde, en realidad, lo realmente valioso es su despliegue narrativo: comprobar cómo las guionistas logran dar profundidad a cada escena, dotar de vida a cada personaje chiflado, encontrar belleza en cada momento descacharrado y tejer cada diálogo chisporroteante, yendo más allá del cliché para romper las expectativas generadas por cualquier ficción estándar de nerds versus populares. El resultado es una comedia imparable, llena de gags surrealistas, de salidas absurdas y de secundarios freak donde cada momento de intimidad es pulverizado (y magnificado en realidad) por un contrapunto deslenguado. Pero también es una historia que sabe incidir con lucidez y seriedad en los temas que plantea: amistad, amor, sexualidad, futuro, feminismo o imagen pública.

Pero ¿qué tiene que decir Olivia Wilde de todo esto? Porque no olvidemos que en el fondo esta es su carta de presentación, su declaración de intenciones, su golpe sobre la mesa para informar de que está aquí y tiene cosas interesantes que contar. Y como tal le funciona. Su planteamiento de realización no es deslumbrante y está ligado a ciertos modos un poco encorsetados: parece buscar desesperadamente lo cool a fuerza de engarzar escenas en slo motion con hip hop marcando el mood macarra. De hecho inunda su película de temas musicales, que se suceden sin descanso y sin apenas dejar espacio para silencios o para construcciones dramáticas formalmente más sofisticadas, de manera que al final el truco termina evidenciándose y el efecto expresivo se diluye.

Pero no es menos cierto que Wilde muestra carácter, descaro y confianza mientras suelta con facilidad bastantes buenas ideas narrativas y de puesta en escena -la secuencia en stop motion es para enmarcar. Con todo, queda la sensación de que si aún le falta crecer como realizadora es porque debe desligarse de ciertos motivos e imposturas, pero no porque carezca de una visión clara, una fuerza expositiva y una innegable habilidad para el tempo y el ritmo, cómicos y sentimentales. Y, la verdad, con tantos y tan buenos ingredientes como derrocha Booksmart se le puede perdonar esa cierta bisoñez. Todo lo contrario, esto tiene potencial para convertirse en material de referencia.

 

Trailer de Booksmart

 

 

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
4

En pocas palabras

Olivia Wilde debuta con nota como realizadora con una historia divertidísima que si bien no plantea nada revolucionario sí sabe tratar sus temas con inteligencia, mala baba y muchísima frescura.

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