Brawl in Cell Block 99

Crítica de Brawl in Cell Block 99

La película de Sitges 2017 de la que seguramente vaya a hablar todo el mundo es la segunda propuesta de un director que ya dio la campanada, de forma totalmente inesperada, cuando estrenara hace un par de años el potente western Bone Tomahawk. Ahora, S. Craig Zahler ha cambiado de marco y de filtro visual, pero mantiene un par de valores que parece que serán los pilares sobre los que basará de toda su filmografía, presente y futura: una violencia exacerbada y tan explícita como visceral, y un flirteo entre géneros que dificulte la posibilidad de etiquetar sus películas. Y es que no se puede hablar de drama carcelario para describir Brawl in Cell Block 99, pero tampoco de thriller sobre el narcotráfico, por mucho que hable de ambas cosas. Ni se puede decir que sea un drama con bien de crítica social, ni una película apta para todos los estómagos: y es que como ya ocurriera con su ópera prima, el descenso a los infiernos que se nos propone vuelve a elevar las cotas del gore y la truculencia hasta límites que no esperábamos.

Empecemos por la vía fácil, porque hablar de esta película tiene tela: todo arranca como si de un GTA: The Movie se tratara. El delicado estado vital de la economía sureña estadounidense y su complicada vida personal fuerzan a un acojonante Vince Vaughn a delinquir. Él, un patriota americano de pura cepa, haciendo el mal para proteger a su esposa (Jennifer Carpenter); escarbando en su pasado y encima haciéndolo para malhechores que no parecen tener reparo alguno por hacer que las barras y estrellas prevalezcan. Todo parece ir bien, su vida en mundo el tráfico de drogas de nivel bajo parece sonreírle, pero está claro que antes o después estas cosas tienden a torcerse. Y cuando ocurre, empieza otra película, drama carcelario esta vez, aunque más bien podría hablarse de un recorrido por los círculos del infierno de Dante que de un Prison Break cualquiera.

Por motivos que no desvelaré, Vaughn debe tomar decisiones que tampoco se descubrirán en estas líneas, y que lo llevarán por un camino arduo de violencia y deshumanización en la que tan sólo un fin válido será el faro que arroje algo de luz entre tanta oscuridad. El mensaje parece claro: quien la hace la paga. Y el arco del personaje también se describe a la perfección ya desde su primer encuentro con un recuperado (es un decir) Udo Kier. Vale. El problema empieza ahora: ¿cómo se justifican los siguientes pasos del film?

Y es que una vez metido al león en la jaula, queda aún mucho metraje por delante (en total se pasa de las dos horas de duración) en el que el espectador asiste a un más que generoso festival de casquería y violencia explícita. Genial a ojos de un festival como el de Sitges. Disfrutabilísimo por parte de los amantes del gore. Y ojo, rodado con gran atino por un director que sabe dónde debe colocar la cámara para que el dolor traspase la pantalla. Pero… ¿para qué? Y es que Brawl in Cell Block 99 se anula a sí misma dando por zanjado todo argumento, dibujo de personajes, o discursos soterrados. Todo lo ha resuelto Zahler en sus veinte minutos iniciales, por lo que lo que queda es un vehículo para el lucimiento físico e interpretativo de su protagonista, y un sinfín de sonidos de huesos rotos, escenas de destrucciones físicas difíciles de imaginar… y poco más. Francamente, todo esto para una crítica evidente y tan simplona a lo que ocurre al otro lado de los muros, se antoja gratuito como poco.

Es cuando a uno le da por pensar en estas dudas (el vacío argumental lo posibilita sin problemas) cuando el film que nos ocupa empieza a caer en picado, pasando de una alternativa norteamericana digna de The Raid, a una serie B con todas sus letras. Disfrutable como pocas, sí. Pero serie B al fin y al cabo. Por aquí nos seguiremos quedando con las más chichudas Un profeta o Celda 211, por mucho que nos podamos poner Brawl in Cell Block 99 cuando quedemos para hacer unas pizzas y freír una o dos neuronas.

 

 

Valoración de La Casa
  • Capi Spaulding
  • John Blutarsky
3

En pocas palabras

El director de Bone Tomahawk cambia de escenario y se pasa ahora a un drama carcelario que tarda poco en pasarse de frenada para convertirse en un festival gore tan exagerado en lo visceral como hueco y estúpido en lo emocional. Una (entretenida) pena.

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