Crítica de El cadáver de Anna Fritz

El cadáver de Anna Fritz es la demostración definitiva de que últimamente, por aquí, se están haciendo las cosas bien. El nivel del cine español va creciendo y lo hace a base de sinergias: los pelotazos golpean más fuerte, se van engordando las categorías más allá del drama social y la comedia romántica con apuestas cada vez más afiladas, y vienen pisando fuerte cineastas noveles que arriesgan y apuestan por la calidad, al margen de las facilidades económicas (que aquí, por cierto, parecen entre nulas y directamente negativas). El caso de El cadáver de Anna Fritz es también una arenga, una llamada al apasionado para que se agarre los machos y con la mano que le quede libre coja una cámara, un boli, lo que sea. Que el momento dulce se contagia y el riesgo, las ganas, la demostración de facultades se valora tanto como para poder acabar en una pantalla de cine. Quién lo iba a decir.

El cadáver de Anna Fritz

Todo es increíblemente sencillo a priori: cuatro actores encerrados en la morgue de un hospital. Hay camillas y algo de atrezzo, algún exterior y un par de extras, pero en general, ahí acaba todo. Una obra de teatro, una película mínima que además sucede casi en tiempo real. Y sin embargo, se trata de un film que para su éxito debe jugar con puntillosa exactitud con las cartas de que dispone. Es en el guion, en el pulso de Hèctor Hernández Vicens tras la cámara, en las interpretaciones, donde se encuentran sus patatas calientes. Y la primera se antoja sencillamente perfecta. Un libreto que plantea un macabro ‘¿y tú qué harías?’ al espectador, y luego lo explota hasta el final: a la morgue de un hospital va a parar el cadáver de la actriz joven del momento, el celador se lo muestra a sus colegas, algo pesos porque es viernes noche y toca ir de fiesta. El morbo desmesurado de la sociedad traducido en tres enfoques en función de la personalidad de cada actor, y coqueteos con las varias posibilidades del espectador de Telecinco actual: el que incita a ver Sálvame, el que mira de refilón, y el adicto que incluso toma cartas en el asunto. Y luego, más allá, exprimiendo (hasta consecuencias que caen en lo fantástico) todas las posibilidades que este planteamiento prevé. Poco importa que alguno de sus pasajes pueda antojarse previsible: Hernández es de los que te atrapa por el cuello y no te suelta hasta el final.

Importante, pues, que el segundo as de El cadáver de Anna Fritz tenga forma de un director que saca un jugo de lo más sustancioso de lo que tiene a su alrededor. Es capaz de sumir al espectador en un estado de ánimo gélido, le hace partícipe de lo que ve en pantalla, sin que en ningún momento pueda sentirse a gusto con ello: la imagen es gris, opaca; la cámara aguanta el plano más de lo deseado; la huida le es denegada. Hernández no se arruga y cuando su película debe ponerse chunga, se olvida de embellecimientos (atención también, en este sentido, a los efectos de sonido: en el primer gran punto de giro se regodea). Y el resultado es el de un thriller oscuro y turbio, cuando no directamente pesadillesco. Tamaño ataque directo a los valores del público genera por su parte un acertado juego de roles: a priori no hay duda sobre quiénes son los buenos y quiénes los malos, pero conforme progresa, El cadáver de Anna Fritz va difuminando fronteras: que no les pase nada, a estos cabrones.

La tercera patata caliente tal vez sea la que más arda: por mucho que se note y se agradezca la entrega, por mucho que se intuyan situaciones de tensión elevada entre sus integrantes a lo largo del rodaje, no pueden dejar de apreciarse desigualdades entre los componentes del reparto. Por suerte es justamente una Alba Ribas simplemente perfecta quien más sobresale, siendo además el suyo, un rol francamente difícil. Pero la, quizá, falta de experiencia del conjunto, y alguna línea de sus alter ego demasiado trillada (y ya no sólo en el guion, sino incluso en las pintas de cada uno) hacen bajar unos ápices del ritmo de un film que por lo demás, va a toda vela hacia la categoría de sorpresa del año. Tampoco pasa nada: la verdad es que esto parece casi un trabajo amateur, y sin embargo, de lo que no cabe ninguna duda es que nos encontramos ante uno de los títulos importantes de la industria española reciente. Ahí es nada.

7/10

Por Carlos Giacomelli
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