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Crítica de Canto cósmico. Niño de Elche

Como podía imaginarse a poco que se conozca al artista en que se centra, Canto cósmico. Niño de Elche no es un documental al uso. Leire Apellaniz y Marc Sempere Moya, sus directores y guionistas, se aproximan al artista de la manera en que él mismo ha escrito y cantado sobre su vida, sus cábalas y sus influencias en, por ejemplo, el libro In Memoriam: Posesiones de un exflamenco, o el álbum Memorial del cante en mis bodas de plata con el flamenco. Esto es: de manera poliédrica, más evocativa que narrativa, y constituyendo un documento complejo y alejado de las propuestas habituales. Quizá sea la única manera de tratar de descifrar a quien, sin duda, es uno de los artistas más enigmáticos que la música española haya dado. Amén del más interesante y de los mejores de, al menos, los tiempos que corren.

Quien haya escuchado sus discos o asistido a alguno de sus conciertos, sabrá de la experiencia casi catártica que suponen: escuchar y ver al Niño de Elche es dar un paseo por el costumbrismo español, por el flamenco y la religión. Son recuerdos de infancia, estudios y mezclas de géneros, y temáticas entro lo anecdótico y lo profundo. Son sonidos que a veces tampoco es necesario acabar de entender, pero que se sienten con intensidad. Y hay una escena de Canto cósmico da en la diana, en este sentido: el niño prodigio está realizando una performance ante los habitantes del pueblo, y estos miran con cara de circunstancia y, a la vez, con satisfacción. Porque la cosa va de percepciones. Es por esto que el documental no narra… o sí, pero muy de refilón. Es más bien contemplativo, descriptivo por vía de una concatenación de escenas sobre el pueblo y la familia del Niño de Elche, por un lado; y declaraciones de otros artistas (del historiador especializado en flamenco Pedro G. Romero, a C. Tangana) por el otro.

El resultado de todo ello es un fresco que, con la excusa de escarbar en lo arraigado de la obra de su protagonista, habla de la España profunda, sus credos y sus engranajes (una línea en cierto modo continuista, si se quiere, con la anterior película de Leire Apellaniz, El último verano). Y es también una sucesión de estimulantes cortes en los que se nos invita a reflexionar sobre el arte y las bondades del flamenco y de la música en general, hasta dónde llegan sus capacidades de reinvención, que son justamente las que cuestiona el artista con sus constantes permutaciones y obsesiones. Y claro, todo ello salpicado con dosificadas declaraciones del propio Niño de Elche, que se desnuda un poquito más frente a los focos, si bien su presencia frente a ellos sea menor de lo imaginable. Se mantiene en segundo plano, a la sombra de su familia (ese canto con su padre) y sus orígenes mientras lo van moldeando hasta, a la postre, ser su principal profeta (esa procesión final).

No, Canto cósmico no es un documental al uso, y por ello puede pillar a contrapié si se va a ciegas. Pero se ajusta a la perfección a su protagonista, que lo mismo tira de folk en sus canciones exflamencas, que de cantos gregorianos o colaboraciones con el madrileño de moda. Y sorprendentemente, se convierte en el tercer ángulo de un inesperado triángulo costumbrista, junto a Destello Bravío y Espíritu sagrado. Quizá su mayor pega sea no alcanzar el sobresaliente cum laude constante del Niño de Elche en cada una de sus nuevas propuestas; que, en realidad, no exponga demasiadas novedades sobre su figura central como sí lo hacen sus propias creaciones. Por lo demás, un muy notable documental que avanza desde lo estático; que parece que sea siempre igual cuando, en realidad, no deja de evolucionar y reconvertirse. Que hace pensar y que se siente, si bien no necesariamente se entienda de lo que se está hablando o cantando.

Trailer de Canto cósmico. Niño de Elche

Canto cósmico. Niño de Elche: en los límites del arte
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver Canto cósmico. Niño de Elche

Estimulante documental sobre una de las figuras más brutales y enigmáticas del panorama musical español, que es también un retrato costumbrista de la España de campos, flamenco y religión, y a la vez una reflexión sobre el arte, sus límites y sus permutaciones. Su único pero es que no consiga llegar a ser tan rompedora de moldes como la figura en que se centra… ni que fuera posible.

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