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Crítica de Cazador contra cazador (Hunter Hunter)

Si es verdad que ya está todo inventado en el cine, toca centrarse en el cómo más que en el qué. Lógico, ¿no? Y nada nuevo bajo el sol, así que valiente perogrullada. Pero es que cobra todo el sentido del mundo cuando hablamos de Cazador contra cazador (o Hunter Hunter). De tan previsible que es sobre el papel, de la nueva película de Shawn Linden da hasta pereza hablar: una familia vive en las montañas y vive de lo que caza, cuando su normalidad se ve afectada por un lobo que ronda la zona. Conforme tratan de poner solución al problema, los integrantes de la familia empiezan a toparse con situaciones bastante extrañas, con imprenta claramente no animal, llevándoles a preguntarse… ¿es el lobo la verdadera amenaza? Correcto, demos la bienvenida a la enésima vuelta de tuerca al «homo homini lupus», el hombre es lobo para el hombre, que habida cuenta del título de la película y de la elección de la especie del predador escogido, queda claro que sutil no va a ser.

Sin embargo, la película sí le logra dar una sacudida a tan manido subgénero. Con suma habilidad, Linden es capaz de ocultar sus cartas, de jugar al despiste en cuanto a la personalidad de una propuesta que adopta las vestes de un western (por ejemplo, cuando un recuperado Devon Sawa está buscando el paradero del lobo), para luego asemejarse a un survival con no-tan-lejanas reminiscencias a Defensa, e incluso echar a la pócima unas gotitas de home invasion por aquí y de gore por allá. Todo, siempre, muy contenido; impera la tensión atmosférica por encima de cualquier otra cosa, una densa calma chicha por la que nos encontramos con cebos (la crudeza con la que se muestra cómo se despelleja una presa; la exposición de cadáveres en medio del bosque) y vamos cayendo en ellos. Cayendo, en fin, en la gran trampa de una película en la que, casi sin darnos cuenta, se ha dado forma a una heroína (Camille Sullivan) capaz de hacer frente a las adversidades más arduas sin apenas tiempo de haberlas digerido. Y no me tiréis de la lengua, que el disfrute de este personaje es mayor cuanto menos se sabe de él (y más nos acercamos al final de la proyección).

De modo que a la postre, sí, Cazador contra cazador se mantiene en sus trece, haciendo del lema dichoso del lobo-hombre su bandera. Y lo hace asilvestrando a sus protagonistas humanos hasta desnudar sus instintos más salvajes: la sed de sangre, la supervivencia, la venganza. En esencia, nada nuevo, pero desarrollado con una inteligencia tal que cuando es perfectamente conocedora de tenernos comiendo de su mano, la película nos asesta una torta de lo más contundente. Tanto como para hacer de ella una de las películas de género del año.

Trailer de Cazador contra cazador

Cazador contra cazador: el hombre, lobo.
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver Cazador contra cazador

Nueva constatación de lo salvaje que puede llegar a ser el ser humano por un motivo u otro, acabando siendo la principal amenaza para sí mismo. ¿Cómo, que ya lo hemos visto mil veces? Sí, pero no siempre con la frescura y contundencia de la película que nos ocupa. Te remueve por dentro.

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