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Crítica de La chica del brazalete

Excelente jugada, la de Stéphane Demoustier, para situar su nombre entre las voces del cine francés a las que seguir de cerca: con La chica del brazalete propone un thriller de abogados, cuando una joven es arrestada por la policía ante los ojos de su familia, y dos años después, siendo ya mayor de edad, debe acudir a juicio. Se la acusa del asesinato de su mejor amiga, igual que a la protagonista de la película argentina en que se inspira, Acusada. A priori un thriller más, pues. Uno de los dos géneros más explotados del cine galo comercial (la comedia familiar del montón, el otro), y por lo tanto muchos números para hacerse con la atención del público mayoritario. Y a partir de aquí a jugar.

Jugar con el espectador, se entiende. Demoustier relata rigurosamente el desarrollo del juicio con largos pasajes en el interior del juzgado. En estas escenas, sin banda sonora y limitadas al careo entre acusada, testigos, abogadas y jueces, está la chicha: y es que el director y guionista va sacando al espectador una y otra vez de su zona de confort, planteándole muchas dudas. Una pregunta de respuesta dudosa, una mirada, un silencio, un personaje en segundo plano, o incluso una metáfora visual donde un semblante aparece dividido. Se hace difícil posicionarse a favor o en contra de la inocencia de la chica. A veces lo es incluso para sus familiares: los momentos en que La chica del brazalete se aleja del juzgado muestran semblantes dubitativos, incredulidad frente al comportamiento de la joven, decisiones complicadas…

Pero es que para el espectador, elegir bando se torna especialmente delicado, y ahí la jugada maestra de Stéphane Demoustier: a la chita callando, va planteando dudas mucho más allá del argumento en sí, y que desembocan en una puesta en duda de nuestros prejuicios; la forma en que, como borregos, llevamos a cabo valoraciones precipitadas basadas en un razonamiento de rebaño. En asumir lo que está bien y lo que no porque así nos lo dicen otros. Para cuando la película, a priori tan sencilla, se desviste de su disfraz para descubrirse semejante arma arrojadiza (preguntas como «¿se considera la acusada una chica fácil?» caen como jarros de agua fría cada vez), el espectador queda noqueado.

Y todo ello, sin perder el oremus: La chica del brazalete en un thriller judicial de principio a fin, y thriller judicial se queda. La miríada de capas que va adquiriendo se deben a la excelencia de su guión y al uso exquisito de su comunicación no verbal (vale, y a las interpretaciones de un reparto perfecto capitaneado por Melissa Guers y Roschdy Zem). Y es que, al menos a juicio (jeh) de quien esto escribe, estamos ante una muy buena película, en el sentido más estricto. Demoustier realiza toda una clase de cine que, sin ir más lejos, obtiene como primer resultado el tornarse súper adictiva sin casi salir de cuatro paredes, ni recurrir a grandes trucos ni grandes metrajes. Y eso es algo que ni el propio Aaron Sorkin puede decir.

Tan estimulante como para devolver la fe en el cine. Y, ay, esa escena final…

Trailer de La chica del brazalete

Crítica de La chica del brazalete
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué recomendamos La chica del brazalete

Potente drama judicial que empieza a añadir capas y dimensiones a su aparente sencillez, convirtiéndose en rapapolvo social que no puede dejar indiferente a un espectador con quien juega a su antojo.

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