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Crítica de Coming Home in the Dark

Funny Games se estrenó en el 1997. James Ashcroft tenía, por aquel entonces, 19 años. Curtido, sí; influenciable, también. A sus 43 primaveras debuta en la gran pantalla con un Coming Home in the Dark, que va de una familia que es acosada por dos tipos, cuando pretendía disfrutar de un fin de semana de relax en un paraje precioso de Nueva Zelanda. Cambia el escenario, cambian (un poco) las edades y las pintas de los involucrados, y poco a poco se toman derroteros distintos. Pero durante muchos minutos, cuesta sacarse de la cabeza el chunguísimo clásico de Haneke. Y tiene sentido: las nuevas voces no son sino el reflejo de lo que las han marcado en su proceso de descubrimiento y esculpido, y si me dice el bueno de James que a él también le traumatizó aquella salvajada, quién soy yo para echárselo en cara.

Sea como sea, Coming Home in the Dark nos agarra por el pescuezo de buenas a primeras y, tomándonos totalmente desprevenidos, nos mete de lleno y con toda crudeza en una pesadilla de aúpa. Con un planteamiento formal seco y sin demasiados embellecimientos, que hace que la película se torne gélida en seguida. Sin regodearse en el torture porn que plantea, ni mucho menos… pero sin tampoco cortarse un pelo a la hora de exponer una violencia realista, brutal, inesperada. Sus minutos de presentación son lo suficientemente salvajes, de hecho, como para hacernos quedar totalmente a expensas de lo que la película quiera hacer con nosotros. Pero lejos de limitarse a emular al austríaco, o de acercarse al «slasher rural» de su vecina australiana Wolf Creek (visualmente andamos por latitudes muy similares), la que nos ocupa da una vuelta de tuerca hacia una complejidad que, de nuevo, nos pilla desprevenidos. Poco a poco va aflorando una suerte de justificación… no, esa palabra quizá le vaya demasiado grande. Digamos más bien una serie de tonos grises en medio de ese blanco y negro inicial que no daba pie a dudas: el mismísimo demonio, al lado de los malosos, es un mierdas. Bueno, pues Coming Home in the Dark busca hacernos pensar que, a lo mejor, no todo es tan sencillo. Mejor no revelar más de lo necesario, lo dejaremos en que la propuesta de Ashcroft gana en lecturas y matices. Busca activamente una reflexión en medio de la locura, para lo que se aproxima a los diferentes puntos de vista que tiene a su disposición, dándoles tiempo para que respiren y cuajen en el espectador.

El problema reside en que las revoluciones, inevitablemente, bajan. Su arranque es lo suficientemente brutal como para que la gasolina le dure hasta entrado el segundo tercio, pero luego nos vamos haciendo a la idea de que nada habrá que vuelva a ponerlo todo patas arriba. Ojo, nosotros recogemos el guante y empezamos a plantearnos las dudas con que Coming Home in the Dark nos reta… pero no se nos escapa que poco a poco la cosa va yendo de más a menos, pues una cuestión moralmente compleja no es suficiente para que acabemos de arrancarnos las uñas, como tan alocadamente estábamos haciendo en su primer acto (y parte del segundo). Y este, digamos, conflicto moral que toma el relevo en la segunda mitad del film es tristemente válido, pero tampoco es que redescubra la pólvora, habiendo propuestas (de otros géneros en su mayoría) que, claro, lo tratan con profundidad mucho mayor.

Queda un thriller en cualquier caso más que válido: cuando quiere, dispara la tensión por las nubes; y cuando no, ahonda en cuestiones más profundas de las que habitualmente pululan por los thrillers de esta clase. Además, es impecable a nivel formal. Por lo que no hay, a priori, motivo de queja en Coming Home in the Dark. Pero las pretensiones le juegan una mala pasada, al no ser lo trascendente que le hubiera gustado ser.

Trailer de Coming Home in the Dark

Coming Home in the Dark: Juegos divertidos.
  • Carlos Giacomelli
3

Por qué ver Coming Home in the Dark

Estimulante thriller con arranque a la altura de Funny Games pero que poco a poco va rebajando su intensidad visceral en pos de una más emocional que no acaba de compensar. Con todo, más que válido para pasar el (mal) rato.

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