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Crítica de Con el viento (Le vent tourne)

Con los naturalistas hemos topado. Y de qué manera. Hete aquí que Con el viento, maquillándose de drama romántico tipo pareja maravillosa que se tambalea con la repentina presencia de un tercer personaje, ofrece una de las mejores disertaciones en materia que, al menos a este lado de La casa, se recuerdan. Bettina Oberli, directora y co-guionista, aprovecha la ocasión para lanzar al espectador una miríada de conceptos sobre el tema, que constituyen a su vez un buen puñado de armas para la defensa o el ataque a la vida natural.

Porque no es sólo que la llegada de un hombre traiga consigo la inestabilidad de una pareja, es que llega un urbanita a vivir, por unos días, en una casa de campo perteneciente a quienes no quieren saber nada de lo químico, el capitalismo, las vacunas. Una pareja que está luchando por vivir el sueño del autoabastecimiento, del aire puro, del matrimonio entre hombre y naturaleza; y parece que lo está logrando. De hecho, el hombre en cuestión, tercero en discordia, llega para construir un molino de viento para que puedan usarlo y servirse de su propia energía. Ah, pero ahí la primera sombra: ¿acaso el molino no es en sí tecnología de lo más elevada y por tanto contraria a la naturaleza pura? Vale, vale, es por el bien mayor así que aquí no cabe debate, compro.

Pero ¿y si resulta que una vaca da a luz (así se abre la película) a un ternero muerto? ¿Y si el hombre de la ciudad siembra la semilla de la duda mucho más allá de lo pasional, obligando a un replanteamiento profundo de la vida de, al menos, la mujer? Tarda poco, Con el viento, en convertirse en un tira y afloja con argumentos para ambas partes y, por consiguiente, ninguna posibilidad para el espectador de encontrar atajos, pistas con las que conducir sus ideas. Cuando la propuesta de Oberli parecería una crítica a este modo de vida, va y deja diametralmente claras las bondades de, sin ir más lejos, respirar el aire que respiran. O cuando en los compases finales (no haré spoilers, prometido) parece haberse establecido un discurso cristalino en una dirección u otra, vuelve la duda. No, no es nada fácil, pero sí condenadamente incitante ya que se nos invita a debatir abiertamente y de tú a tú, con la directora de mediadora.

Debate que evoluciona en paralelo al triángulo amoroso, desarrollado también a base de matices, argumentos para las dos opciones (fidelidad o huída) y ritmos sumamente naturales. Todo ello cabe en una película contenida, de cocción lenta sin por ello caer en el tedio o la apatía. Todo lo contrario, en parte también gracias a una protagonista, Mélanie Thierry, entregada y arrebatadora. Con ella como conductor emocional, tanto da que el espectador se sienta o no el menor interés por la temática de la película: los conflictos por los que pasa la protagonista los acaba palpando en sus propias carnes en todo caso.

Súmese a la mezcla una dirección y puesta en escena excelentes, tirando de hiperrealismo pero ofreciendo a su vez poderosas alegorías (la escena de la niebla) o potentes pasajes que caen como bombas para los sentidos. Con todo ello en la batidora, estamos de enhorabuena: a la chita callando, estamos ante una de las películas más estimulantes de la temporada.

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4.5

En pocas palabras

Interesante debate sobre el naturalismo con un triángulo amoroso como excusa. Obliga a la reflexión, mientras regala poderosos momentos capitaneados por una excelente Mélanie Thierry.

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