Crítica de Después de nosotros (L’économie du couple)

Si en el amor y en la guerra todo vale, imaginaos lo que sucede cuando el amor ES la guerra. Joachim Lafosse entrega su segunda película en pocos meses y no contento con esgrimir esa incontinencia creativa, resulta aún más acertado e hiriente que en la inmediatamente anterior Los caballeros blancos. Porque si en aquella atacaba la condescendencia del primer mundo entorno a su postura para con los países desfavorecidos, en Después de nosotros aborda un terreno mucho más íntimo. El de la pareja. O la expareja. Un matrimonio separado, en proceso de divorcio, y cuyos continuos enganches se están llevando por delante la estabilidad de una familia que también cuenta con dos niñas pequeñas, puro daño colateral.

La disolución de dicha pareja es un proceso traumático, marcado por una tensión constante que interfiere en todo momento con la sinceridad. Que los conduce hacia el intercambio no de golpes pero sí de gritos, de puyas, de reproches. Una pelea que tira a veces y afloja en otros, en los que la antigua pasión deja entreverse brevemente, hasta que termina sucumbiendo a la pragmática. Y esto es lo más tremendo de una película que se ensaña poco (es totalmente ajena a la inflamación melodramática) porque sabe que duele mucho: la relación entre Marie y Boris se ha reducido a una negociación tensa, a una cuestión de números. Quién se queda qué parte del patrimonio, cuántos días corresponden a cada uno en el reparto del cuidado de las niñas. Pura y fría matemática, cero espacio para la mutua comprensión.

Una visión absolutamente demoledora del (des)amor.

Lafosse complica más el asunto. O lo dota de las capas de dificultad que demanda un conflicto que se ve y se siente real: ella tiene un trabajo estable, aunque se sigue peleando con el dinero, y es propietaria de la casa. Proviene de una familia burguesa y tiene estudios universitarios. Él ni siquiera está empleado, no tiene capital y nunca tuvo un respaldo económico paternal, pero es responsable de la profunda remodelación de la casa. Ambos tiene su pequeña parcela de razón, aunque los dos parecen obcecados en salir de un callejón sin salida, cada uno el suyo propio. El realizador habla de este cul de sac emocional y además físicamente lo coloca entre las cuatro paredes de la casa. Encierra el drama y no sale en (casi) toda la película de las pocas habitaciones en las que se desarrollan los conflictos entre Marie y Boris o con sus dos hijas. Hasta cierta secuencia determinante, absolutamente todo lo que se ve en pantalla ocurre en la cocina, en el salón, en los dormitorios y, como mucho, en el pequeño jardín.

Así, esta es una película rica en su fondo, pero certera en su forma: increíblemente concisa, no da un paso en falso. Va a lo que va y no necesita hacer llamados a lugares comunes ni tampoco apoyarse en una banda sonora -no existe ninguna- para subrayar su dramatismo. Es seca, radiográfica y sustentada en dos interpretaciones, las de Bérénice Bejo y el director Cédric Kahn, de una precisión extraordinaria. Apela a la realidad más pura e hiriente y llama a la identificación de un espectador que probablemente tomará partido, aunque tendrá serias dificultades para ejecutar juicios morales.

Después de nosotros es en definitiva una película aparentemente sencilla, estructuralmente diáfana. Es los últimos coletazos de la decadencia de una pareja, la coda que conduce al divorcio, y ya está. Una negociación política pura sustentada en la dialéctica. Pero encierra muchas virtudes y con ellas varios posibles enfoques interesantes: una mirada feminista, una radiografía de la pareja más o menos burguesa, una visión entorno a la dependencia, un estudio de la libertad, una parábola sobre el juego de poder. Y en toda su profundidad la película queda impresa en la retina y el paladar del espectador, a quien es muy probable que le resuene en la memoria por un tiempo en forma de hiriente pregunta: ¿es tanta la distancia que me separa a mí de una posible situación como la que se plantea? Ouch.

7’5/10

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