Crítica de La profesora de parvulario (Haganenet)

El israelí Nadav Lapid plantea para su segundo largometraje un drama lento y aparentemente estático que confirma algunos de los planteamientos dramáticos vertebrales del penúltimo cine europeo (ojo, esto parece más de acá que de allá): en realidad la mierda se lleva por dentro y la pirotecnia sentimental sólo hace auténtico efecto cuando no se dispara a bocajarro a la cara del espectador. ¿De qué otra manera puede llegar a doler de verdad una historia de este tipo? Haneke lo sabe bien, pero ni siquiera él puede evitar mutilar físicamente a su pianista para por un instante liberarla catárticamente de sus pesadumbres existenciales. Ojo, Lapid no comulga especialmente con el austríaco, ni tampoco logra una película-choque de tal magnitud sísmica. Pero sí que se intuye en los intersticios narrativos de La profesora de parvulario una inquietud por el desafío hacia la comodidad moral del espectador: su premisa argumental que podría haber dado pie a una comedia de enredo (¿por qué no?) en realidad sirve como punto de partida para un drama sobre la frustración, la obsesión o la marginación. Y lo peor de todo es que apenas nos damos cuenta de todo ello a lo largo de buena parte del metraje y no nos descubrimos apresados de verdad hasta que llevamos un buen rato con los pies hundidos en el barro.

Lapid cuenta la historia de Nira, una profesora que descubre en un niño de cinco años una capacidad innata para la poesía. Se trata de un pequeño genio inconsciente del verso que lidia con un inicio de exclusión y con los constantes intentos de encajar en su microuniverso. En Yoav convive la violencia implícita de una sociedad adulta -la israelí, en permanente conflicto bélico- con la inocencia inherente de la infancia. Resulta ser un infante necesitado de una madre que lo acogerá y protegerá. Una madre postiza, claro. Una Nira que paulatinamente se irá obsesionando con el talento del chaval y lo usará para llenar sus propios vacíos personales, provocados por una situación doméstica marcada por las ausencias, reales o metafóricas, de un marido y un hijo soldado. Es decir, una protagonista compleja y con claroscuros que transita la línea que separa el amor de la locura; contrapunto -positivo o negativo, no sé- para esa inocencia en peligro que aún pervive en el niño y para la belleza implícita en la lírica como género literario. De algún modo, esto también habla de poesía como vehículo para canalizar sentimientos personales y sentires globales.

El director logra así una solemne intimidad con sus personajes, situados en el epicentro de una historia que aparenta ligera, que se desenvuelve con cierta soltura y que no violenta las convenciones más o menos genéricas. Como apuntaba anteriormente, uno conecta con facilidad con La profesora de parvulario y reconoce en ella las formas clásicas de una puesta en escena austera y desnuda de artificios, con una fotografía más explicativa que expresiva y un montaje funcional. Pero poco a poco la película va envolviendo al espectador, lo pone contra las cuerdas y lo sorprende con secuencias capaces de cortocircuitarle los principios de lógica, sentido común y empatía a cualquiera. Ahí está esa escena en la playa, donde Nira anota obsesivamente los versos que Yoav parece recitar con mecánica improvisación… o el momento climático en la habitación del hotel, con Nira encerrada en el baño. Son situaciones que nos recuerdan que a veces los pequeños resortes emocionales son bastante más eficaces para provocar la revulsión que algunos grandes giros dramáticos. Si nos despistamos, en un futuro Lapid seguirá amargándonos la existencia sin que nos demos cuenta gracias a pequeñas películas, esperemos tan espléndidas como esta.

7’5/10

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