Crítica de La reconquista

Crítica de La reconquista

Lo peor que se puede decir de la carrera de Jonás Trueba es que de momento no nos ha dado demasiadas sorpresas. Eso si obviamos, por supuesto, la primera y más importante de ellas: con la estupenda Todas las canciones hablan de mí nacía una voz personal e interesante, y tres películas después el joven realizador sigue confirmándose como uno de los más sólidos talentos de nuestro cine, a falta de un mejor término, de autor. Llamémoslo así, autor, por su indisimulada adhesión a ciertos códigos del cine francés de la segunda mitad del siglo XX. Ese vendaval creativo que supuso la llegada de la nouvelle vague y los que siguieron cultivándola durante las décadas posteriores. Muy especialmente Éric Rohmer. Y sí hay ecos de Truffaut, de Godard y de Garrel en el cine de Trueba. Pero sobre todo parece muy encariñado con la obra del autor de Pauline en la playa. Especialmente con las películas que dirigió durante los 70 y los 80.

De ahí la ausencia del factor sorpresa: en este sentido, también La reconquista se encuadra dentro de ese marco. Pero hay un bosque detrás de estos árboles. Y más allá de la cita a nombres venerables, el cine de Trueba guarda cientos de microplaceres propios. Por supuesto, su última película no es excepción. Este drama minimalista narra el encuentro nocturno de dos amigos que vivieron, década y media atrás, un primer amor. Se dan cita en un restaurante chino y a partir de ahí establecen una charla que es un tanto irrelevante. Hasta que deja de serlo. La historia se lanza a navegar fluida por sus sentimientos, comunes e individuales, y poco a poco va dejando entrever lo que hubo… y especialmente lo que pudo haber y no hubo. Una historia marcada por la rebeldía de la adolescencia, las inquietudes artísticas, la correspondencia, y también por el vértigo del futuro.

Todo, por supuesto, articulado desde una sinceridad, una humildad y una honestidad desarmantes.

Los dos protagonistas, Itsaso Arana y Francesco Carril, dotan a sus personajes de una necesaria naturalidad cuasiimprovisada. Trueba hace lo propio con los espacios, naturalistas y cotidianos, pero impregnados de una cierta magia. Mención especial para esa especie de no-lugar que parece ser el local de swing, protagonista de uno de los momentos más memorables y quiebro dramático de la película. Un momento que, además, marca la importancia casi lírica de un guión donde lo musical tiene una presencia clave: si en Los exiliados románticos las canciones y la interpretación sobre el escenario de Miren Iza (Tulsa) acompañaban toda la travesía de aquellos tres amigos en La reconquista es Rafael Berrio quien marca la melodía. Sus temas están presentes en una historia que perdura durante década y media y que queda impregnada de la poesía brumosa y un tanto etílica de “Arcadia en flor”.

Más madura que Todas las canciones hablan de mí, más accesible que Los ilusos, menos intelectualizada que Los exiliados románticos, La reconquista es sin duda tan buena como aquellas, igual de personal y de emotiva. Quizá en un futuro necesitaremos un giro atrevido, una ruptura osada en la carrera de Trueba. Por el momento nos conformamos si nos va entregando títulos tan notables como el que nos ocupa.

7’5/10

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