Crítica de “Las nieves del Kilimanjaro”

Cada cineasta
tiene un mundo temático, formal o físico. El de Robert Guédiguian se encuentra en
los márgenes de la grandeur francesa, ubicada en el popular barrio marsellés de L’Estaque. Desde su
pequeño refugio el director de origen armenio lleva años reflexionando sobre el
encaje de los grandes relatos progresistas en la sociedad actual. La comedia y
el drama se mezclan en pequeños retazos de la clase media-baja, tipos
estupendos y contradictorios que buscan el amor, la felicidad o, al menos, una
mínima coherencia personal en medio del caos.
Tras un breve
paréntesis, Guédiguian vuelve a su mundo y a sus habitantes con Las nieves del Kilimanjaro, donde un
matrimonio cerca de los 60 vive un trauma personal que sacude todos sus
principios. A partir del Les pauvres gens de Victor Hugo, Guédiguian se viste de cineasta engagé, de ciudadano preocupado, y describe las
contradicciones y las tomas de conciencia de su generación, en una etapa de la
vida en la que, puestos a pasar cuentas, toca equilibrar los ideales de la
juventud con la realidad diaria. Para ello, nada mejor que rodearse de sus
actores de siempre, los que mejor conocen sus ritmos y sus humores. Pocos
intérpretes están tan apegados a un modo de hacer cine como los que habitan el
mundo del combativo director.

Robert Guédiguian
ha levantado un cuerpo de cine social que rara vez cae en el panfleto buenista,
en la reivindicación fácil o en la progresía de eslogan. El que le dé categoría
de respuesta gala de Ken Loach dibujará una idea aproximada, pero bastante
injusta. Su militancia ética se construye de personajes populares, pero
cualquier tentativa de discurso político se integra en el propio relato, y rehúye
las escenas asamblearias y los parlamentos de mitin tan caros al cineasta
inglés. Mucho de ello hay en Las nieves del Kilimanjaro. Marsella es un puerto obrero azotado por el
fantasma del capitalismo desbocado, y los mecanismos de supervivencia de sus
habitantes pasan por reflexionar sobre lo que fueron y lo que son, la lucha
sindical y la adecuación a un mundo globalizado. A menudo, su reacción se basa
en conquistas íntimas, efectuadas a nivel moral y en pequeñas comunidades.
Guédiguian apuesta, en un tic muy francés, por la reivindicación de la sociedad
de vecinos, por el pequeño mundo de seres conocidos que pueblan el bloque de
pisos, el barrio, la ciudad de cara al mar que, pese a ello, acoge como
ciudadanos iguales a todos los recién llegados. Es una utopía muy propia del
Hexágono (tristemente contrastada por los índices de voto del Frente Nacional) y
por la que Guédiguian lucha a brazo partido. 

Frente a los
nuevos retos de la izquierda, el cineasta asume el periodo de crisis (económica
y de ideas) y aporta una solución alejada de las consignas prototípicas. Ante
el mazazo toca reinventarse sin perder la base que nos ha sustentado. Sus
personajes son tan veraces como nunca, tan cercanos, tan coherentes, tan
tozudos y tan asustados como la vida que les toca vivir. La luz de Marsella
saca a relucir lo mejor y lo peor de la sociedad que Guédiguian conoce tan
bien. El desencanto como eje temático da la medida del drama.
Y sin embargo,
desplegada la acción, fijados los protagonistas, el cineasta avanza el relato
con fuerza hasta el tramo final, donde la narración pierde pie. Podemos
entender lo que pasa en escena, pero las intenciones del realizador son tan
diáfanas que el desenlace suena forzado, por mucho que se ajuste al poema de
Victor Hugo. Entre el conflicto y su clímax falta un eslabón que suavice y dé
credibilidad el cambio de mentalidad de sus protagonistas, y su resolución
definitiva. En un terreno tan resbaladizo como el cine social, todo paso
debería estar bien medido para evitar los lugares comunes del progresismo de
salón.
Pero ante todo Lasnieves del Kilimanjaro nos
retorna al Guédiguian clásico, al narrador que ha levantado una carrera
reconocible y esencial. Ni los pequeños traspiés que cometa, ni la laguna en el
último acto, empañan el nuevo trabajo del ciudadano marsellés que, en plena
época electoral, verbaliza las inquietudes de la socialdemocracia actual, y lo
que queda más a la izquierda. L’Humanité es más que un periódico francés en sus manos, es
el material de trabajo de todo un director, alguien que despoja al cine social
de sus manías más inveteradas. Si Marsella representa al mundo: marselleses del
mundo, id al cine.
7,5/10
Por Manel Carrasco
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