Crítica de “The Edge (Kray)”, por John Blutarsky

Kraj, Siberia, septiembre de 1945. La Guerra se ha terminado y Rusia está en la senda de la gloria socioeconómica, a punto de convertirse en una superpotencia mundial. Habiendo resistido los envites de Hitler, la parte oriental del país se industrializa, todo poderío, para dar cabida a las aspiraciones expansionistas de Stalin. Y Siberia, con sus grandes extensiones boscosas y una riqueza mineral inconmensurable se plantea como una zona fértil y próspera.
Pero una cosa es la historia oficial y otra la oficiosa. Y “The Edge” nos plantea un cuadro muy diferente. Una especie de bodegón hecho de óxido, suciedad y barro. La vida real de un pueblucho ferroviario frío, húmedo y en el que los esqueletos de enormes y pesadas locomotoras conviven con la abundante vegetación y los espíritus que habitan el bosque estepario, las cunetas a ambos lados de los kilómetros y kilómetros de raíles, los puentes herrumbrosos.

Y es en este escenario donde se mueve una tropa de personajes, habituados al estilo de vida pero ciertamente alejados de las fantasías populares del régimen. Entre calderas, vapor y un calor del infierno que choca con un ambiente frío de morirse.
Ignat vuelve de la batalla coronado como héroe de guerra y antiguo maquinista de tren militar y va a recalar a Kraj. Sólo para descubrir que el pueblo vive para organizar carreras de locomotoras. Sumido casi en el ostracismo del trauma post-bélico (herido de guerra, durante la contienda hizo descarrilar su máquina), Ignat decide rescatar una locomotora del olvido de la herrumbre para restaurarla y conciliar al pueblo con el espíritu que hipotéticamente la habita. Y en ese trance se encontrará con una joven alemana que se ha convertido en ermitaña, ajena al conflicto que acaba de terminar, y que tanto su condición de ser solitario como su pasado en forma de rival no tardarán en sobrevenirle.
Lo dicho, una Rusia distinta a como se pretendía mostrar. Más apegada a la realidad, con los pies hundidos en el barro; machacada por Hitler y sumida en la miseria, el hambre y la precariedad por culpa de la obcecaión de un régimen, el comunista, que fue exactamente eso y no otra cosa. Un régimen.

En ese contexto el personaje de Ignat se presenta como una anomalía: el pueblo se divide en dos, aparato militar estalinista y “resto del mundo”, así que la llegada del personaje es vista con ojos suspicaces y desconfiados. Más cuando, a pesar de haber una esposa de por medio, mantiene relaciones casi adúlteras con la “ingenua salvaje” alemana de quien, en el fondo, no entiende una sola palabra. Y tampoco tardará en aparecer un antagonista; ese Stepan que viene a reclamar lo que le pertenece y con el que terminará chocando inevitablemente.
Se añade a la mezcla una deuda pendiente consigo mismo en forma de reto de autosuperación y violà, ya tenemos conflicto dramático.
“The Edge” pretende metaforizar sobre una sociedad en perpetua competición consigo misma. Como una especie de “El mundo en sus manos”, de los guardarraíles, las carreras suponen el avance lento, pesado, mamotrético y que constantemente se pone a sí mismo palos en las ruedas. Un avance de la industrialización demasiado precipitado, en el que los engendros mecánicos deben seguir conviviendo con los fantasmas de la población. Literalmente: en “The Edge” hay leyendas, supersticiones, mitos y fantasmas flotando entre los vahos del calor y el sudor mezclado con aceite de motor: las locomotoras son vistas casi como seres vivos, o peor, como seres muertos a los que domar.
Un oso puede simbolizar una amenaza constante e inmortal; una chica alemana un fantasma, el de una guerra que aun ganada, sigue apretando a la gente del pueblo. Todo importa en un país literalmente en ruinas y pendiente de reconstrucción. Y en el que las fuerzas de liberación en realidad están representadas en un general estalinista xenófobo (profundamente antigermánico) y cabrón, a puteo del trabajador de a pie.
“The Edge” no deja de ser un pequeño totum revolutum en el que quedan para tomar un café (con demasiada leche) el drama, la reconstrucción histórica, la acción postbélica, el romance y una puntilla cómica. Todo muy calculado y vestido con lujosos ropajes. Que en este caso equivale a una realización que gusta de verse (una fotografía preciosa, llena de matices y muy expresiva) y dejarse ver (travellings de todo tipo, planos secuencia). Que deja un bonito paquetito audiovisual, innegable, y con perfume de bigger than life casi, casi apabullante, pero que quizá, en virtud de saberse la gran superproducción rusa del momento peca de descuidar un tanto el contenido.

Porque la extraña amistad del rudo exsoldado soviético y la enigmática kraut debería presumir de mayor hondura emocional. Porque en contrapartida, los arranques celosos de su aburrida esposa rusa ganarían de ser menos culebronescos. Porque las rivalidades, primero con Ignat, después con el sanguinario Fishman, deberían venir de personajes más tridimensionales. Y porque uno tiene la sensación viendo “The Edge” de que todo ello lo ha visto antes ya en algún lado. Quizá no en tierras siberianas, pero sí algo más al sudoeste de Europa. Y la película deja poso como de superpopurrí estilístico en el que se encuentran, como casualmente, la épica antinazi spielbergiana con el páramo helado de “Dersu Uzala”, la suciedad de “Masacre”, el respeto por los teóricos rusos del montaje, algún guiño a “Shoah” y el espíritu testimonial de “Siberiada”. A gusto del consumidor, cada uno podrá ir desplegando su propio catálogo referencial según vaya avanzando.
Buenas intenciones a granel, generoso repertorio de déjà vus y una pericia técnica encomiable. Cal y arena. Que cada uno decida por sí mismo.

6’5/10

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2 comentarios
  1. Luis Alberto Dice:

    Pero, tú has visto la película? Porque lo que estás contando no se parece mucho a lo que yo he visto.

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