Crítica de “Tres veces 20 años”

Julie Gavras (hijísima) es la directora y guionista a medias (el otro es el irregular Olivier Dazat) de Tres veces 20 años, enésimo tratamiento del paso del tiempo, la asunción de que nos hacemos mayores, el complejo de Peter Pan y demás temas, tan recurrentes en el cine como para que a día de hoy se hable de lo mismo hasta en tres ocasiones (como mínimo) en nuestras carteleras. En esta ocasión, los protagonistas son William Hurt y una recuperada (es un decir) Isabella Rossellini, pareja feliz y pudiente, pero en ese límite entre la prejubilación y los primeros sustos de problemas de memoria. Con tres hijos y algunos nietos en su haber, a punto de emprender una nueva y última dirección laboral el primero y de aceptar finalmente que el mundo va a otra velocidad la segunda, un buen día se paran en seco, miran fijamente al abismo profundo e insalvable de la tercera edad… y se replantean las cosas. A nivel argumental, la verdad, vista una vistas todas. La diferencia reside en el tratamiento, benditas perogrulladas, y es por aquí por donde interesa saber qué puede ofrecernos la cuasi-debutante hija de Costa-Gavras. Y su oferta es en cierto modo esperable: comedieta de corte indie-autoral, pelín altiva incluso, y retrato social más puñetero de lo esperado al canto. Una aparente liviandad, intrascendencia, que esconde en verdad la suficiente chicha como para llamar nuestro interés.

Esa es la gracia, ¿no? Cuando uno va a ver cine europeo con temas tan manidos, busca lecturas paralelas, y ay del cineasta que ose violar esa norma y acercarse a los vacíos siderales hollywoodienses (¿verdad, John Madden?). La Gavras cumple sobradamente, era de esperar, y además espolvorea aquí y allá un humor oscuro muy fino, de risita gutural y refinada, tan tipique. Humor que se desprende de la fácil identificación de sus situaciones: la primera toma de contacto con una clase de aquagym, el revoloteo de gente joven alrededor de maduretes que se siguen creyendo atractivos, los efectos de dormir poco y mal, o la erosión continua y machacante de una relación eternizada. Y humor que surge también de una oposición casi matemática: ese realismo de muchas de sus situaciones se alterna con sensaciones de hipérbole, de esperpento teatral. Ahí están las interpretaciones puntualmente salidas de madre de parte de su reparto, histriónicos muchos de ellos, y varios de los recursos que la mujer emplea para demostrarle al marido que son ancianos. Burlescos teléfonos de teclas gigantes, reuniones de ancianos… En definitiva, una mixtura muy saludable de emociones que hace que Tres veces 20 años se siga con, cuanto menos, curiosidad.

¿Y el problema dónde está? Cierto, hasta este momento todo pinta divinamente: desarrollo ágil de una trama común pero propuesta desde un prisma más fresco de lo acostumbrado, y savoir faire tras las cámaras de fácil extrapolación al resto de valores de corte más técnico (fotografía, banda sonora…). Pero el gatillazo acaba llegando. Y lo hace en forma de un tramo final francamente desacertado. En unos veinte minutos conclusivos en que todos parecen echarse para atrás al último momento, perdiendo toda la pimienta que podían echar en el plato, reverso inesperado de tipo dramático, clichés, y peligroso acercamiento hacia el edulcorante yanki incluidos. Y sobre todo, aletargando el ritmo hasta la práctica desesperación del respetable.
Una pena, porque semejante jarro de agua gélida afecta demasiado, vulgarizando la que en otro orden de cosas, bien podría haberse incluido en ese grupo de películas del viejo continente a destacar al final de la temporada cinematográfica. Un quiero y no puedo, un lo que pudo ser y no fue. Eso es Tres veces 20 años a fin de cuentas, una cinta a la que nadie le niega ciertos valores que deleitarán a un determinado tipo de espectador, pero que no acierta a apuntillar cuando toca. Lástima.
6/10
Por Carlos Giacomelli
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