Crítica de Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake)

Yo, Daniel Blake

Francamente, no sé en qué demonios estaban pensando los miembros del jurado presidido por George Miller cuando le dieron la Palma de Oro en Cannes a Yo, Daniel Blake, última producción de Ken Loach. ¿Podría ser una especie de homenaje a una carrera larga y fértil? No lo creo, habida cuenta de que hace diez años el británico ya se llevaba la distinción a casa por El viento que agita la cebada, por cierto bastante regulera. ¿Amiguismo? Quiero pensar que no, por favor. ¿Desconocimiento de la obra anterior del autor de Riff Raff? Se me hace difícil pensarlo. Pero es que un poco sí parece eso, que los miembros del jurado fueran un poco ajenos a la obra de Loach. Porque, la verdad, su última propuesta no aporta absolutamente nada a su discurso habitual.

Podríamos llamarlo coherencia creativa. Desde luego no se le puede negar al director -y a su ya habitual guionista Paul Laverty- estar comprometido con una visión muy propia de lo que debe ser el arte y sus funciones sociales. Y por extensión debe aplaudirse que siempre haya estado ahí denunciando y luchando, en ocasiones con resultados brillantes (Kes, Family Life, Riff Raff, Lloviendo piedras, Ladybird, Ladybird). El desequilibrio social, la injusticia, la intolerancia, la falta de empatía, los derechos laborales siempre, o casi, han estado presentes en el discurso cinematográfico del realizador. Lo que me genera más dudas es el hecho de estar viendo en 2016 una película que, con sus leves variaciones, ya vi en 1990, en el 93, en el 94, en el 98, en 2001, en 2002… Etcétera.

Vale, hagamos una cosa. Obviemos esto. Apelemos de nuevo a la personalidad loachiana y aceptemos que cada creador tiene sus propias filias y un discurso que, por supuesto, en los mejores casos, se muestra bien cimentado. Y observemos su última película como un ente único e independiente, un discurso cinematográfico que debe aguantarse por si mismo. ¿Lo logra? Bueno, sí, pero sólo en ciertos aspectos.

Su guión está bien construido, es entretenido y plantea sus ideas de manera clara, sin fisuras… y sin demasiado retos para el espectador. Esta es la historia de un hombre ya mayor cuya cardióloga le prohibe trabajar. Un infarto le deberá mantener de la vida laboral durante un tiempo prudencial, de modo que tendrá que lograrse el sustento recurriendo al Estado. Pero el sistema es cruel y absurdamente kafkiano. Y una serie de papeles, visitas a la administración y firmas online (toda una odisea para alguien que vive sin tocar un ordenador), se terminan interponiendo entre el bueno de Dan y su propio bienestar. Para terminar de complicar las cosas, el hombre conoce a una joven madre soltera con dos hijos a quien acogerá como protegidos. El drama es mayor, pero un buen diseño en los personajes principales y, especialmente, un tono ligero no ajeno a la comedia, salvan relativamente los trastos.

Pero no olvidemos quién está a los mandos aquí. Si bien no cede al histerismo que marcaban algunas de las relaciones de sus personajes pretéritos y logra en algunos momentos incluso algún momento de sincera emotividad, Loach no puede evitar caer en su propia trampa. Algunas situaciones y personajes son absolutamente maniqueos, puestos al servicio de una causa que se pretende noble… pero que parece un poco teledirigida. Y según se acerca la historia a su tercer acto, los tópicos se van haciendo más presentes hasta eclipsar un tono de naturalismo que de entrada parecía muy equilibrado. Lástima.

Tampoco arregla mucho las cosas ese automatismo que a menudo ha caracterizado la realización de Loach. Si sus películas suelen ser parcas en lenguaje cinematográfico, Yo, Daniel Blake, alcanza el paroxismo de lo anodino. No es desnudez formal, no es espíritu observacional, es auténtica vulgaridad. Una vulgaridad bonita, pero inane al fin y al cabo. No hay narración visual, no hay sugerencia, ni metáfora, ni simbolismo. Ni siquiera atmósfera. Las imágenes sirven solamente para ilustrar, con buen gusto escénico, sí, un texto.

Así que en esencia lo de siempre, sí. Planeta Loach con todos sus vicios expositivos, sus obsesiones temáticas y sus escasas virtudes formales. De ahí que siga chocándome una elección tan conservadora, tan carente de riesgo, en Cannes. Es la única sorpresa, a su pesar, que depara Yo, Daniel Blake, tan correcta e inofensiva ella.

5’5/10

Por Xavi Roldan
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