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Crítica de Doctor Strange en el multiverso de la locura

Aun a riesgo de sonar a disco rallado, repito: no estaban las aguas demasiado tranquilas en Marvel. A nivel económico, nada que decir; pero a las cada vez más tibias acogidas de sus series televisivas, y a un Spider-Man: No Way Home que no fue el éxito incontestable que se esperaba (en opinión, al menos), se ha sumado la tremenda acogida, y por partida doble (cacareado estreno en cines, seguido de un inmediato desembarco en HBO brutal) de The Batman. Tenía que llegar el do de pecho de la Casa de las ideas por vía de El caballero luna, pero tras un prometedor episodio piloto, tardó poco en desmoronarse cual castillo de naipes, y sólo ahora se entiende que la serie de Óscar Isaac servía, si acaso, de mero calentamiento. Una previa de lo que estaba por llegar a salas: el regreso de Sam Raimi al universo viñetero. Pero Doctor Strange en el multiverso de la locura no sólo es la película que el prácticamente desaparecido director de la primera trilogía de Spider-Man andaba buscando. No sólo es el esperado golpe de autoridad que la Fase 4 del MCU ansiaba. Es lo que el cine de superhéroes necesitaba, y más en este preciso momento, y lo digo a sabiendas de que probablemente, la película sea de todo menos perfecta.

Da igual: por primera vez en lustros, se respira frescura, riesgo, emoción ante lo desconocido. ¡Miedo, incluso! En una película que tiene tanto de Marvel como de Arrástrame al infierno y Posesión infernal, con pasajes de acción tratados como si de terror se trataran. Pero que es, a su vez, perfectamente consciente de su condición de espectáculo de gente en pijama para todos los públicos. Y sobre todo una oda a la imaginativa, si no argumental (más allá de saltar entre multiversos, su trama es muy sencilla), desde luego visual. Ha venido Raimi, con sus galones y sus santísimos bemoles, a revolucionar un género que pedía a gritos un buen zarandeo. Como lo revolucionó cuando se puso a perseguir a un tipo trepando muros y saltando de edificio en edificio. Entonces sentó las bases de lo que sería el cine de superhéroes moderno; ahora abre la puerta al camino a seguir, que pasa por la exploración de nuevas fórmulas narrativas. Por el riesgo formal. Por la mezcla de géneros, sin necesidad de pervertir aspiraciones ni credo alguno. Sí se puede. Se puede hacer algo novedoso que no desentone. Y más: se puede hacer una película de gran carga dramática sin que la pantalla se tiña de negro, ni sacrificar fuegos artificiales.

Doctor Strange en el multiverso de la locura es una chaladura en la que un Strange, aún en aras de recuperación tras los dichosos cinco años post-chasquido (iría siendo hora de dejar atrás todo eso de una vez, dicho sea de paso) tiene problemas para encontrar la felicidad. Lo que encuentra en su lugar es a una chica con el poder, nunca visto hasta ahora, de saltar por el multiverso que, claro, despierta el interés de las fuerzas del mal. Así que ella y Strange acaban perdidos por el multiverso y con la amenaza de que varios de los universos que lo componen acaben desapareciendo… y a salvar el día tocan. Ya lo decía, el argumento no esconde grandes misterios, pero sí se presta a una oscuridad emocional de la que nada se desvelará en estas líneas. ¿Se revuelve un poco deprisa y corriendo? Puede ser. ¿Se agradece que no se traduzca en un drama opresivo de tres horas de metraje? Sin ninguna duda; no la hace menos adulta, ni menos estimulante desde este punto de vista. Pero sobre todo, a lo que se presta es a descubrir mundos en los que todo vale. Y aquí es donde Sam Raimi se alza como el salvador definitivo de Marvel. Sin convertir la película en una mera excusa para ir concatenando sinsentidos locos porque sí, el director de Terroríficamente muertos parece tener siempre la mejor idea, el mejor planteamiento para resolver cualquier situación, por salida de madre que sea: ¿toca saltar por una suerte de poliedro multidimensional a través de una puerta que gravita a su alrededor? De la chistera se sacará la forma de hacer que todo, visualmente, encaje. ¿Toca meterse en planos más metafísicos? Marchando una secuencia a medio camino entre Matrix, La celda y, sí, Posesión infernal, que contra todo pronóstico, funciona de maravilla. Todo es consecuente consigo mismo y con el universo marvelita, pero a su vez, todo fotograma es un derroche de ingeniera que se traduce en un total desconocimiento por parte del espectador. Es incapaz de saber por dónde saldrá Raimi en la siguiente escena, secuencia de acción o gag.

Quizá por ello, por esa sensación de estar ante algo «totalmente nuevo», o por lo menos donde todo podría valer, es por lo que su Doctor Strange 2 se vive con tanta intensidad. La suficiente como para vibrar incluso más de lo que su propio, endiablado ritmo exige; para pegar genuinos botes en las butacas por los sustos que nos pillan desprevenidos. O por gozar más que nunca con una serie de guiños al servicio del fan (de Marvel, del MCU, de los videojuegos y de la filmografía de Raimi) que, ojo, dejan a la última entrega del Hombre araña con las vergüenzas al aire.

Injusto sería otorgar todo el mérito al director. Cabe destacar (y de qué manera) la portentosa labor de un Danny Elfman centrado en acompañar más que en generar la melodía de turno. La interpretación de un Benedict Cumberbatch que confirma ser el actor del momento, sea el rol que sea el que le pongan delante. Pero también el guion de Michael Waldron: insisto, el argumento es simple y previsible, y su poso dramático no desemboca en la gran tragedia shakespeariana que los habituales al cine de DC desearían; pero porque en vez de ello balancea con inteligencia los diversos pesos con los que debe lidiar. Alternando, en definitiva, momentos de desmelenamiento con pasajes más íntimos y con chascarrillos, deja que la película descargue libremente todo su poderío sin atropellarse pese a su desenfrenado devenir de acontecimientos, otorgando las dosis justas de profundidad, y colocando a sus personajes en situaciones más al límite de lo habitual. No sorprende demasiado que el guionista haya sido un habitual de Rick y Morty ya que, como en la serie animada en sus orígenes, todo está, de alguna maneta, controlado y descontrolado a la vez.

Trabajo en equipo, inspiración o justicia divina, el caso es que el retorno de Sam Raimi a Marvel se salda con la película más guay del MCU reciente y una de las más guays del cine de superhéroes en general. Una aventura multidimensional adictiva, trepidante, agotadora, terrorífica y entrañable. Y lo que decía al principio: toda una revolución en un género saturado como pocos. Me sabe mal por quien vaya a pagar los platos rotos: difícil será que el próximo Thor, o quien quiera que venga después del Doctor Extraño, supere tan tremenda sorpresa.

Trailer de Doctor Strange en el multiverso de la locura

Doctor Strange 2: la locura, y la revolución
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué ver Doctor Strange 2

Sam Raimi regresa por la puerta grande al cine que él mismo revolucionó años atrás… y lo vuelve a hacer: Doctor Strange en el multiverso de la locura abre de par en par las puertas a una nueva forma de hacer cine de superhéroes, que aunque no difiera demasiado de lo que conocemos, sí es lo suficientemente fresca como para tenernos a sus pies y deseando ver más. Un espectáculo trepidante, imaginativo, entrañable y plenamente satisfactorio, vaya.

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