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Crítica de Dragged Across Concrete

Primero fue el western. Luego la acción carcelaria. Ahora el cine de polis y cacos. S. Craig Zahler está repasando los géneros que más abiertamente se han expuesto a la exploitation e impregnándolos con su marca de la casa. Porque en eso se traduce lo que en la primera (e infinitamente superior) obra se antojaba a necesidad inherente de ese tinglado. Bone Tomahawk requería un metraje dilatado, un ritmo sosegado y una inesperada violencia visual que transgrediera las formas del western clásico, crepuscular, al que apuntaba Zahler con su calma chicha y su soterrada aprensión emocional. Pero luego llegó Brawl in Cell Block 99 y resultaba que, más o menos, la función era la misma: cambio de género, pero por lo demás, marchando un metraje de igual duración, devenir pausado y exacerbada violencia visual. Una diferencia, tan sólo: el sonido a hueco se hacía entonces evidente. Tras su falso espíritu juguetón y desenfadado se escondía un grandilocuente ego que pretendía dignificar una serie B en toda regla a base de drama y reflexión. Soberana decepción que se libraba de la quema por las, en todo caso, incuestionables aptitudes del director tras la cámara. Sí, Zahler sabe dirigir, y se lleva bien con Vince Vaughn, así que la idea de verles de nuevo juntos en este Dragged Across Concrete invitaba al hype. Más aún: reparto de primera (Mel Gibson, Tory Kittles, Jennifer Carpenter, Don Johnson…), y entramado sugerente sobre policías corruptos, ex-presos, atracos y camiones blindados. Todo bien sobre el papel, hasta que Zahler decidió hacer más de Zahler que nunca.

Empecinado en dotar de profundidad y relevancia a sus películas, Dragged Across Concrete se arrastra hasta unos inexplicables 159 minutos, de los que el director y guionista se sirve para volver a impregnar de su huella, versión 3.0, un género dado a la explotación. Una vez más, pero ahora ya sin pudor alguno, se regresa a los tempos (aún más) pausados, a los mensajes de ceño fruncido, a la generación de un estado de aparente tranquilidad a la espera de que estalle la violencia. Básicamente, pretende llevar a sus personajes, todos ellos en una escala de grises que se acerca más al negro que al blanco, a un punto de no retorno que asfixie y obligue a actos cuestionables… y que hagan ese viaje con el espectador de la mano. Bien, noble, interesante. Pero visto en infinidad de ocasiones (de hecho, en sus dos películas anteriores, sin ir más lejos). El principal problema, de su filmografía en general y muy concretamente de la que ahora nos ocupa en particular, es que Zahler es hábil describiendo personajes y componiendo escenas, pero la originalidad brilla cada vez más por su ausencia. Y la ruptura de moldes por vía de un conato de violencia coló la primera vez. La segunda ya menos. La tercera…

Y vaya gracia: pese . todo, a eso es a lo único a lo que puede aferrarse el espectador: tanto el fan, que aplaudirá los pasajes iniciales, como el agnóstico, al que no le quedará otra que volver a recorrer la senda consabida. Y cierto es que lo mejor de Dragged Across Concrete está cuando por fin se desmelena. Un tercer acto de generosa duración en que se asiste a la tan esperada como notable eclosión de lo planificado previamente. Una suerte de climax a caballo entre el western y la acción sin pirotecnias excesivas de un Michael Mann que, de seguro, estaría en la lista de referentes del director a la hora de concebir este film. De acuerdo. Pero ¿vale la pena aguantar las dos horas previas de vacíos soliloquios (el de Don Johnson es de pañolada), diálogos de profundidad inexistente, o escenas donde se congela toda acción imaginable? ¿Donde se confunde la tensión y el drama personal con el mero tedio? ¿Donde se presentan personajes de absoluto relleno y presencia mínima en pantalla pero que, a lo tonto, se acaban comiendo unos 20 minutos de metraje? ¿Y para qué, su presencia, para ahondar aún más en el mismo discurso que se personifica de sobras en los protagonistas? Un discurso complejo de dibujar emocionalmente, pero sumamente sencillo de explicar en una frase. En vez de un listado de personajes que no cabe en los dedos de una mano, apuntando todos y cada uno de ellos hacia la misma dirección, esto podía y tenía que haber sido, a lo sumo, una película con un bueno, un malo y el del medio. ¿Previsible? Sí, claro, pero como toda una película que no consigue alzar el vuelo hasta que Zahler ahonda en lo que, ay, se descubre como lo único que se le da realmente bien: la violencia en pantalla.

Dragged Across Concrete ya se ha podido ver en algunos cines y, por lo general, ha sido bien recibida. Quizá sea cosa nuestra, que ya hemos consumido suficiente gore y acción, tonto y pretencioso a partes iguales, como para exigir un poquito más a una película, si quien la crea establece unas reglas del juego tan exigentes. Zahler pretende que nos mantegamos despiertos durante casi tres horas y hacérnoslo pasar mal para recapacitar en lo mal que estaá todo. Lo habríamos hecho encantados si durante el proceso nos hubiera alimentado mínimamente. Qué cruz.

 

Trailer de Dragged Across Concrete

 

 

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
2

En pocas palabras

Parece que S. Craig Zahler quiere hacérnoslo pasar mal con cada película que estrena. Con lo que no contamos es con que la tortura venga en forma de eternos ladrillos sin alimento alguno para nuestras neuronas ni acción para nuestro jolgorio.

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