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Crítica de La edad de la piel, de Dubravka Ugrešić (Impedimenta)

Hay autores, autoras, que no importa lo que cuenten porque siempre lo hacen tan bien que el simple placer de su lectura justifica el rato. Luego están quienes sacrifican el estilo en pos de un contenido arrebatado y urgente. Dubravka Ugrešić puede con ambas cosas a la vez. Es capaz de contar lo que quiera que siempre resultará interesante y, al mismo tiempo, estilísticamente impecable.

Así lo atestigua esta colección de relatos -casi una veintena de ensayos escritos entre 2014 y 2018 y recopilados en varias revistas- que huyen una vez más de la ficción (lo inmediatamente anterior que le leímos, Baba Yagá puso un huevo, aún coqueteaba con ella) para desnudarnos full frontal a nosotros, a sí misma, a la sociedad del siglo XXI y, en ese estado entre la liberación y la humillación, escupirnos a la cara un buen puñado de verdades incómodas. Reflexiones puntiagudas en torno a Europa, a los países de la antigua Yugoslavia, las sociedades poscomunistas, las sociedades capitalistas, las sociedades del espectáculo. Pero nada en estos escritos resulta nunca engolado ni pretencioso. Riguroso quizá, pero no condescendiente ni artificialmente agrandado. Ugrešić es una (necesaria) cascarrabias profesional. Y estos siempre suelen ser gente bastante graciosa. Dotada de esa mordacidad desencantada, o de ese falso distanciamiento satírico. Y de esa capacidad analítica que tanto pie da a la ironía.

Porque ante todo, o por lo menos inmediatamente después de “lúcidos”, estos ensayos son divertidos. Su estilo sarcástico suele masajear las meninges mientras sus dardos envenenados les despachan dolorosas punzadas. La autora suele tomar como punto de partida conductas cotidianas y comportamientos sociales y al pasarlos bajo el escrutinio de su pluma nos los devuelve en forma de absurdo que nos recuerda, pues eso, lo absurdo de nuestras vidas. Y hay de todo aquí. Algunos pasajes son más lúdicos. Otros más graves, como cuando aprovecha un visionado del documental The Act of Killing para reflexionar sobre una «teatralización del mal» que pondría en paralelo las videoescenificaciones asesinas de los terroristas de ISIS con los selfis de (siempre hombres) jóvenes junto a la mujer a la que acaban de maltratar o ante el indigente al que acaban de apalear. Escenas que podrían compartir espíritu performativo con el de los exdirigentes genocidas de la antigua Yugoslavia, tan aficionados a desempeñar siniestros one man show en sus propios juicios por crímenes contra la humanidad.

No cito la película de Joshua Oppenheimer en vano. En general Ugrešić habla sobre la estupidez, individual y colectiva, que a menudo va ligada a la mediocridad moral y a la miseria de valores en una sociedad del espectáculo que ha fagocitado la dignidad, la fe, la justicia e incluso la memoria histórica de la antigua Yugoslavia, todo en pos de la escenificación, del culto a la imagen y la auto-exposición audiovisual. De ahí las abundantes referencias pop. A menudo la chispa creativa de un ensayo la prende una experiencia personal de carácter político o moral o bien, por ejemplo, un sueño. Pero muchas otras veces la excusa inicial del relato es un artefacto de la cultura popular. De este modo la autora usa la saga literaria de Suzanne Collins Los juegos del hambre para hablar de una filosofía fratricida globalizada y utiliza el trasero de Kim Kardashian como signo de la globalización, de la accesibilidad, homologación y banalización en un mundo ya interconectado. Por otro lado inicia un divertido capítulo dedicado a los balnearios con Promesas del Este. Y del mismo modo un sketch de Saturday Night Live con Aziz Ansari afirmando que La La Land tampoco le parece tan buena le sirve para hablar de una «cultura del consenso» que nos lleva a demonizar a quien ose disentir del sentido crítico estandarizado respecto a un artefacto cultural. 

Todo, en fin, está condicionado por la imagen. Para Ugrešić la exaltación patriótica se ha convertido en performance, el arte en pantomima, la política en un show. Mientras que en un camino inverso el reality televisivo -y con él las redes sociales- ha devenido cátedra y modelo de comunicación para una sociedad que ha ahogado la compasión por el vecino en su propio narcisismo, en su desesperado culto al yo, exhibicionista e individualista.

Hay más, mucho más en esta colección de relatos que, insisto, nunca pretenden ejercer de verdad inapelable: fat shaming, tatuajes, educación y adoctrinamiento en Yugoslavia, la momia de Lenin y la desaparecida versión 1 de Renée Zellewger, suplantada por una señora que presuntamente se amoldaría más y mejor a los cánones de belleza -majestuosamente arios- de Hollywood. La autora va de la agonía comunista a la inviabilidad moral capitalista, de la cultura del trabajo y explotación a la comatosa lentitud de la televisión soviética. De los refugiados a los prejuicios étnicos. Y especialmente sobresale de todo el discurso de La edad de la piel una desesperanza feminista y una furibunda diatriba hacia la sistemática invisibilización de la mujer a lo largo de los siglos y sociedades. Especialmente memorable es su recordatorio histórico, artístico, mítico y folklórico del silencio forzado de la mujer durante milenios, tradicionalmente acallada por el hombre, que es quien ha confeccionado la narrativa histórica, obviamente misógina y falocéntrica (ergo exhibicionista y violenta).

Lo mejor y lo peor que puedo decir de La edad de la piel y de la obra de Ugrešić en general (un must toda ella) es que como reseñista me hace sentir intimidado. Probablemente todo este texto haya incurrido en muchísimas de las faltas que critica la escritora croata (joder, si es que ni siquiera le gusta que la llamen “escritora croata”): clichés, repeticiones, automatismos, vaguedades, quizá hasta miedo a la exclusión social si dijera -juro que ni siquiera es el caso- que este libro, como La La Land “no es para tanto”. Por dios, “Hay autores, autoras, que no importa lo que cuenten porque siempre lo hacen tan bien que el simple placer de su lectura justifica el rato”. Si es que ahora hasta me da casi bochorno releer esa frase manida con la que he empezado. Creo que ni siquiera tenía demasiado sentido. Pero ya que no puedo huir de todos mis defectos por lo menos apechugo y lo dejo tal cual, que así lo he pensado y del mismo modo lo he escrito.

Dubravka Ugrešić no hace prisioneros tampoco, ni se compromete ideológicamente con nadie. Sólo consigo misma. Con sus ideas, con su estilo, con su profunda ligereza. Salvando absolutamente todas las distancias estilísticas Ugrešić es un poco como el David Foster Wallace ensayista: capaz de hablar de lo que le dé absolutamente la gana y seguir mostrándose trascendente, lúcida y adictiva. Reina.

La edad de la piel: ensayos tan lúcidos como necesarios
  • Xavi Roldan
4.5

Por qué leer La edad de la piel

Si aún hacía falta recordarlo, La edad de la piel dispara otros diecisiete motivos en forma de lúcidos ensayos: Dubravka Ugrešić es una autora apasionante, indiscutiblemente esencial.

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