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Crítica de El concierto

Superados los traumas (o no), y dada la evidente absurdidad de algunos procesos sociales, a veces es cierto que es mejor tomárselo todo un poco a pitorreo. Hay temas más complicados que siguen siendo tabú, antónimos de la palabra «broma». Y otros que son, pues, bueno, igual de complicados pero dada no sé qué convención social, pues como que no termina de estar del todo mal visto hacer mofa. Me refiero a las dictaduras. Buen ejemplo lo veíamos hace poco en aquellas majetas «Historias de la edad de oro» en el que el gobierno de Ceaucescu se ponía bajo un microscopio con las lentes convenientemente intercambiadas por cristales de esos de parque de atracciones. Y algo parecido ocurre con «El concierto» que, a propósito, comparte con la rumana una sana destrucción del cliché comunista. En este caso el del gobierno de Brézhnev y su caterva de acólitos que aún a día de hoy cantan las virtudes del dudoso Jefe de Estado soviético.
La trama de «El concierto» tiene sus orígenes en esa época, en un momento en que nuestro sufrido protagonista, Andreï Filipov, tuvo que vérselas con el gobierno cuando intentó defender a los músicos judíos de la Orquesta Bolshoï (de la cual era director), amenazados de expulsión. Como resultado de todo ello, 30 años después la banda se encuentra dispersada, fracasados como músicos «serios», desperdigados maltrabajando de lo que pueden, con el desdichado Filipov ejerciendo de limpiasuelos del Auditorio.
Pero la histórica mala sombra de Andreï no termina ahí: en aquellos entonces el hombre había llegado a conducir a la locura a su único amor intentando interpretar una pieza de Tchaikovsky juntos, poco después de que naciera su hija a la que tuvieron que entregar en adopción. Hermoso tapiz.
Para resarcirse de tanto despropósito pretérito, Andreï decide poner manos a la obra para reunir a la banda y dar el pelotazo substituyendo a la auténtica Orquesta Bolshoï, que tiene planeado dar un recital en el Teatro Châtelet de París.
La cosa se mueve por esas coordenadas algo trilladas, siempre con las zapatillas de la comedia puestas y con un punto de algo más, entre el cuento de hadas (ahí la «princesa» y su origen desconocido), el drama de superación personal y el culebrón familiar. Todo bien mesurado con el medidor del buen director de taquillazos semiautorales européens y apoyado en un trabajo actoral (la pareja protagonista, Mélanie Laurent y Aleksei Guskov) más que solvente. En otras palabras, nada que se salga de lo normal. En otras otras palabras, nada que se salga de lo rutinario.
Quizá un poco el sentido cómico algo más acentuado de lo que podría uno esperar al encararse con una historia centrada en el mundo de la interpretación de música clásica. Se agradece esa voluntad constante por intentar extraer comicidad de la desgracia colectiva (la precaria situación de algunos habitantes de Rusia) y la personal (las circunstancias de cada personaje, algunas bastante desastrosas) y su tono directamente absurdo, paródico. Una comedia bufa que tiene la sana capacidad de pitorrearse de una especie de provincianismo ruso (nuestra cabra y pandereta) y que combina con cierto desparpajo momentos genuinamente divertidos con otros más chorras. Y que, como ya ocurría en la comentada «Historias de la edad de oro», menta a Rafael Azcona y a Emir Kusturica con naturalidad y soltura.
Todo con ese tono pintoresco que da reunir una «banda», la antigua Orquesta Bolshoï, donde se dan cita exmiembros del partido, renegados de la causa, descolgados de la vida y judíos muy practicantes, todos ellos repescados de bodas de mafiosos, fiestas zíngaras y demás jolgorios más o menos folklóricos. Biba la banda, pero en soviético.
Luego, la vertiente dramática cumple algo menos. Va algo escasa de músculo esta historia del maestro caído en desgracia (Gran Héroe Ideológico) y la estrella joven que busca su oportunidad definitiva y se ve obligada a bajar de las nubes cuando toma contacto con el pueblo. El trasfondo histórico y el background dramático de los personajes resulta un tanto inconsistente, por tirar más de brocha que de pincel y más de soluciones formales recicladas que de una auténtica pasión narrativa. El uso de flashbacks juega la mayor parte del tiempo en contra de la historia, acartonándola en demasiadas ocasiones. Y el aire a «película de objetivo», en este caso alcanzar lo inalcanzable, lo más de lo más, la «última armonía» que se le escapó a Filipov «aquella vez», no logra pisar el pedal hasta el metal.
A pesar de todo «El concierto» es un matarratos bastante entretenido; y a su favor cabe reconocer que termina salvando los trastos en su afinado tramo final, en que la liturgia conciertística está filmada con suavidad seductora, con una especie de reverencia sincera. Y ofrece una secuencia motivada por un interesante juego de miradas entre el director de la orquesta y sus músicos; entre los músicos y sus instrumentos; y entre el público y todo el conjunto, en un montaje muy calculado. La música y la vida, los sentimientos de los personajes, quedan imbricados de forma algo efectista pero ciertamente efectiva. Lástima de una secuencia de montaje (periódicos sobre avión) francamente desafortunada en una especie de flashforward forzado y tirando a torpón.
Pero ah, menos mal que las lágrimas de Mélanie Laurent llegan puntuales al rescate e impregnan a todo el conjunto de una extraña emoción basada en la única verdad absoluta: la música.
Fresca, con voluntad buenrollista, amable, divertida, y… demasiado fugaz.

6/10

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