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Crítica de El escuadrón suicida (2021)

Estaba claro que la DC necesitaba, a nivel cinematográfico, un cambio radical. La versión extendida de La Liga de la justicia de Zack Snyder no hacía sino pretender defender una vez más la línea continuista de un cine caduco, desfasado y, sobre todo, al que Marvel le había pasado la mano por la cara. Así que optaron por una estrategia segura: emular a sus rivales, fichando a su estrella. James Gunn hizo renacer a un grupo de superhéroes de segunda, y lo ubicó en los radares de todo el mundo reinventando (tómese con pinzas) el cine de superhéroes a base de humor socarrón, iconografía pulp y autoconsciencia de serie B. Hablo, claro, de Guardianes de la galaxia. Un fulminante despido debido a unos twits cómicos tomados demasiado en serio, y Gunn se pasó al eterno rival, desde donde repitió estrategia: otro equipo de superhéroes de segunda, pasado por un lavado de cara tan definitorio como para suponer una nueva reinvención, en este caso en el seno de un universo que no parecía poder desprenderse de la herencia Snyder-Nolan: espesura, horterada, ralentíes, tonos grises y aburrimiento por querer tomarse demasiado en serio a gente que va disfrazada por la calle y, no sé, cuyos superpoderes se van al traste si ven una piedrecita verde. La clave: dar carta blanca a un director que se presentó en sociedad con una película digna de Troma (Slither: La plaga) y que, antes de fichar por Marvel, ya se había aproximado al género desde un punto de vista muy distinto (Super). Carta blanca, sí, pero sobre seguro: dándole un grupo de héroes no solamente de segunda, sino para el que ya nadie daba un duro habida cuenta de su lamentable primer salto al cine, ese primer Escuadrón suicida que clama al cielo. Más que secuela, El escuadrón suicida es una suerte de «aquí no ha pasado nada». Hay un mínimo de continuidad argumental, pero tan sólo a modo de excusa para ubicar al reformulado grupo en una nueva aventura, y a partir de aquí, a correr. Y vaya si corre. Tanto, que incluso se pasa de frenada.

Y es que tal era la necesidad de un cambio, que lo que hace James Gunn es un libro de estilo. El escuadrón suicida es, más que una película, una galería de buenas prácticas para que se dé el cambio en DC. Y como tal, es una película pirada en todos sus aspectos. Sus primeros compases dejan poco margen de duda: canción pegadiza (Johnny Cash) mientras la cámara da una pirueta imposible en torno a un amigote de Gunn (Michael Rooker) dentro de una cárcel, en la que asistimos a un guiño cómico pero bastante hijoputa a la vez, dando buena fe del tono que se gastará a partir de entonces. Al poco, la primera escena de acción presenta hasta la última consecuencia la renovación del equipo, en un festín gore plagado de más virguerías visuales, manierismos de todo tipo que parecerían querer agotar deliberadamente el estilo de Zack Snyder. Todo bañado en un tono de humor que mezcla lo visto en Guardianes de la galaxia con Aves de presa (cuando más quiere Margot Robbie desprenderse de su personaje de Harley Quinn, mejor se le da), por supuesto R-rated. Queda clara, en fin, la necesidad de epatar, de sacudir los cimientos de un edificio que debía ser derrumbado (no creo que sea casualidad que el derribo de un edificio sea parte de la misión de los protagonistas) para reconstruirse de cero. Más progresa la película, y más excesiva se torna, incluyendo animación, gore salvaje, the f word sonando con mayor ímpetu, kaijus… tú pide, El escuadrón suicida de James Gunn provee. Quizá demasiado, como decía antes: no es oro todo lo que reluce y en más de una ocasión, el exceso se torna en tiro por la culata, descompensando la película. Al menos a juicio de quien prefiere un mejor desarollo, por ejemplo, en lugar de una nueva escena gratuita de casquería. En este sentido, Marvel sigue teniendo la partida ganada: el díptico de los Guardianes, más contenido, de personajes mejor definidos y en una rueda perfectamente engrasada, se antoja más natural. Si acaso, aquí nos acercamos más a las algo más dubitativas latitudes de Deadpool

También hay que decir que la hazaña en casa DC era mucho más titánica. Pese a su condición de exploit, de película menor si se compara a los héroes de primera división, El escuadrón suicida tenían la misión de dar el pelotazo, sin red de seguridad de ningún tipo. Es más, cargándose de manera proactiva todo atisbo de precuela o legado. Y lo consigue, a su manera. Da forma a un grupo de personajes con suficiente entereza para hacerse memorable de un modo u otro (mucho más que los de La Liga de la justicia, a los que no se menciona siquiera, por cierto). Logra eliminar la caspa que llevaba aposentada un tiempo sobre los hombros de Warner, en lo que a cómics se refería. Y, en definitiva, consigue hacerse con una personalidad propia. No tanto por su argumento, que a la postre es el mismo de siempre. Ni por su humor, que tampoco es mejor que muchos otros. Ni por sus personajes, que no son mejores que los de otras sagas de acción. Pero todo en conjunto suma, y al final, flaquezas se camuflan rápidamente a la que se suelta un gag acertado, o se encadenan un par de pasajes especialmente lúcidos. De manera que este bestiario de buenas prácticas, esta Wikipedia de cosas que hacer para reflotar un universo de capa caída, cumple sobradamente con su cometido y se torna en un entretenimiento veraniego más que correcto, que al final es a lo que veníamos. Falta por ver si, ahora que Disney/Marvel ha repescado a Gunn, desde Warner/DC son capaces de aprender la lección y dar el vuelco que su filmografía tanto necesita. De lo contrario, todo esto habrá sido una total pérdida de tiempo a la sombra, siempre y en todo momento, de los dichosos Guardianes de la galaxia…

Trailer de El escuadrón suicida

El escuadrón suicida: asentando las bases para un nuevo comienzo
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver El escuadrón suicida

James Gunn se pasa de Marvel a DC para llevar a cabo una revolución en el seno de Marvel, por vía de una película de superhéroes alocada, pasada de rosca… y de frenada: es tan violenta, tan malhablada y tan excesiva, que al final peca de exceso. Pero qué bien sienta un poco de frescura en tan viciado universo.

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