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Crítica de El hombre del norte

Vamos a empezar por el jarro de agua fría, que todo lo que rodea El hombre del norte la hace parecer La Gran Obra y la realidad no podría estar más lejos: es, y con diferencia, la peor película de Robert Eggers. El salto a las grandes ligas del director de El faro se traduce en su propuesta menos estimulante de las tres que llevamos vistas. Ni turba lo que turbaba La bruja, ni rompe las barreras y los límites que se ventilaba esa, err, buddy movie de pescadores con Pattinson y Dafoe. No, The Northman es mucho más simplona y más adaptada al público mayoritario. Tiene sentido: es el peaje que toca pagar cuando hay productoras de las de toda la vida apoquinando presupuestos de aúpa. Sólo limitando voladuras cerebrales se puede llegar a un público mayoritario, es de esperar; pero no deja de resultar una bajona para los fanáticos de Eggers, que encontrarán aquí poco más que un Gladiator juegodetronizado de argumento sencillísimo (y revelado de manera íntegra en el trailer), escaso recorrido dramático y prácticamente nada que leer entre líneas. Es necesario que se sepa (y se asuma cuanto antes) que este incremento en parafernalia en manos de Eggers es inversamente proporcional a la profundidad: aquí se viene a ver una historia de venganza porque al protagonista le han matado/secuestrado a la familia; algún girito, algún amago shakespeariano que cae en saco roto, y nada más. ¿Ya? ¿Chorreando con el agua fría que os acabo de tirar?

Bien, porque ahora toca lo bueno: El hombre del norte es, quizá, la definición más acercada que el cine pueda dar del concepto de sobrecogimiento. A falta de argumento, Robert Eggers opta por sumir al público en una experiencia sensorial que lo sobrepasa ya desde su mera apertura, en la que unos pájaros combaten las inclemencias climáticas de un paisaje marino, sólo que no son gaviotas, sino cuervos. Anuncian el retorno de un rey a su castillo, entre vítores y mucho ruido, y una banda sonora pulsante que tarda poco en convertirse prácticamente en gutural. Como poco tarda la película, excelente en todo momento a nivel formal, en mezclar planos reales con etéreos, conforme las tradiciones vikingas van adueñándose de la función en antesala de la tragedia detonante de todo lo que vendrá. Y que sucede de manera ruidosa, cruda y explícita. En un lugar en que la nieve va de abajo a arriba. Todo para desprender al espectador, en especial a quien pudiera esperarse una épica al estilo de Ridley Scott, de todo terreno conocido. El primer tercio de El hombre del norte es una espiral infernal para los sentidos, y que cobra sentido únicamente en la pantalla más grande posible, y al mayor volumen. Infernal por la sangre, las babas, el sudor y el barro. Pero también por un planteamiento formal desarmante, un tour de force de un director en estado de gracia que se atreve con largos planos secuencia, con pasajes recargadísimos, con un uso de la violencia que hace empequeñecer al Nicolas Winding Refn de Valhalla Rising, manteniéndose siempre al servicio de la función y no al revés.

Un bloque central algo más comedido y enfrascado en desarrollar mínimamente a sus personajes, es la muestra de esa endeblez argumental a la que me refería, subsanada sólo en parte por el carisma de sus protagonistas, y muy especialmente de un brutal, en el sentido más estricto de la palabra, Alexander Skarsgård. Sobre sus gigantescas espaldas carga todo el peso de la película (un poco como en Tarzán, pero en bien) y responde con entrega abrumadora: su personaje se transforma en animal, pero mantiene la mirada del niño del principio; es una mole abrumadora, pero de bondad infinita hacia quien lo merece. Su sino está en elegir entre la venganza sangrienta y la protección de aquello que quiere, diatriba que el actor de Big Little Lies asume como propia a las mil maravillas. Grande, pues, pero insuficiente para disimular que hay poco donde rascar, más allá del preciosismo visual que sigue ofreciendo un Eggers (y su habitual director de fotografía, claro, Jarin Blaschke) que claramente se dosifica para el arreón final.

Conforme The Northman vuelve a sus sanguinarias andadas, la locura audiovisual vuelve a apoderarse de la función, desembocando en un clímax que deja sin palabras, convirtiéndose en una de esas resoluciones finales directamente icónicas. Y la función concluye, y las luces se encienden, y queda una sensación extraña: la de haber asistido a una experiencia intensa, intensísima, que a la vez ha supuesto un tour de force apasionante de uno de los directores más interesantes del panorama actual. No, las proporciones de este proyecto no le han arrugado ni un ápice, hasta el punto de hacer de la suya una película necesaria: por aquí es por donde deben ir los tiros, este es el legado que deberían ir entregando de una santa vez Ridley Scott y compañía, y su mortecino entendimiento del cine épico. A su lado, Eggers es vibrante, apabullante, capaz de sacarse de la chistera infinidad de recursos e ideas para refrescar un género manido como pocos. Y es que la suya es una película vulgar y corriente, pero a la vez personalísima, única, arriesgada. Esos planos casi en blanco y negro, esas piradísimas ensoñaciones (o lo que demonios sea), su virtuosismo narrativo… Es de esas propuestas que hacen mella. Sólo que a su vez, que sea tan vulgar y corriente evita que la fiesta sea completa.

Quizá a poco que pase el tiempo importe poco que su argumento sea irrisorio, previsible y tan, tan básico. El cómo acabará importando más que el qué. Pero cierto es que se echa en falta una mayor conexión entre el atrevimiento de lo audiovisual, la carnaza de sus pasajes más viscerales, su envite formal en definitiva… y su trama tan, tan poco estimulante.

Trailer de El hombre del norte

El hombre del norte: brutal espectáculo vacío
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver El hombre del norte

Robert Eggers vuelve a la carga con su película más grande y ambiciosa hasta la fecha, lo que se traduce en su ejercicio formal más brutal, pero también en su propuesta más endeble. Tan bestia es para los sentidos, como olvidable por un guion que no le hace justicia a su poderío audiovisual.

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