el secreto de marrowbone

Crítica de El secreto de Marrowbone

Si con Musa teníamos que lamentar el hundimiento del otrora genio del terror española Jaume Balagueró, El secreto de Marrowbone supone ahora la caída de uno de los que podía haber tomado el relevo. Por lo que (con permiso de Paco Plaza) va a haber que plantearse si, en verdad, a lo que estamos asistiendo es al final de la nueva era de oro del cine de género español. Y es que el debut en la dirección para la gran pantalla de Sergo G. Sánchez, guionista de El orfanato, tenía que haber sido distinto: debía haber descubierto las virtudes de un cineasta que parecía no poder sacarse de encima la etiqueta de el pupas. Y es que sus rifirrafes con J.A. Bayona ya no son secreto alguno, por lo que ahora, que un pacto de no agresión implicara que justamente el de Lo imposible le produjera su ópera prima, implicaba una ocasión de lujo, era un penalti en el último cuarto de hora del partido, para cambiar las tornas del mismo. Y ha tirado el balón a las nubes.

Lenta, pesada, adormitada arranca la trama del film, sobre cuatro niños que acaban viviendo solos en una casa perdida en la montaña, y son acosados por una presencia de corte sobrenatural. Sí, ahí seguimos: por lo visto, llevamos años estancados en una clase de películas que ya ha quedado atrás en el tiempo, pero por aquí nadie parece haberse percatado de ello. Marrowbone llega casi veinte años más tarde de lo que hubiera debido, y aun entonces hubiera pasado justita el corte, tal es su total falta de ideas. Y no deja de ser una pena, porque el primer tirón de orejas se lo lleva justamente un guión que debería haber sido el arma fuerte de Sánchez. Y que, en cambio, limita casi todas sus fuerzas al inevitable twist final (no fuera a ser que transgrediera alguna de las manidas normativas no escritas del género) relegando el resto de sus casi dos horas de metraje a un mecánico ejercicio de repetición incapaz de sacar al espectador del letargo. Y es que éste ya no quiere jugar al mismo juego: esta película ya la ha visto mil y una veces antes de que se apaguen las luces de la sala.

Mal asunto es que, encima, el tablero ni siquiera se muestre atractivo. De poco sirven los recursos con los que seguramente haya contado el film para su creación, si tras la cámara no se consigue tener una idea fresca, un recurso original. Las dudosas bazas de El secreto de Marrowbone pasan por un filtro acorde con la época en que se ubica el entramado, un par de sustos de tres al cuarto, plagios deslucidos del estilo de Bayona, y una banda sonora pastosa y almibarada que quiere forzar al espectador, conducirlo a un impacto emocional al que, en verdad, no hace sino alejarlo.

Nada, en definitiva, ha salido bien.

Y tal es la mala suerte de la cinta, que incluso contando con un giro potente (no obstante la obsolescencia del mismo, cabe valorar sus malévolas implicaciones para los inocentes personajes principales), aún le queda tiempo para ahondar en la herida, alargando el metraje e introduciendo un eterno pos-clímax de vergüenza ajena.

Aburriendo más que otra cosa, con una total incapacidad por generar miedo, no digamos ya emocionar; contando una historia manida y haciéndolo de manera relamida y forzada (el propio Sánchez intentaba ampararse en un comentario leído por Twitter que le comparaban con una Enid Blyton macabra… nada más lejos); y rematando la faena con un final para olvidar. Así es el debut opuesto a lo deseado, el sueño convertido en pesadilla de una voz que tenía que haber dado el do de pecho, y a la hora de la verdad se ha quedado afónica antes de tiempo. El tufillo a naftalina que desprende El secreto de Marrowbone deja muy poco margen de maniobra a Sergio G. Sánchez, y corre el riesgo de impregnar a un género (el terror español) que necesita con urgencia algo que lo refresque.

 

 

Valoración de La Casa
  • Capi Spaulding
1.5

En pocas palabras

Si para algo sirvió el festival de Sitges 2017 fue para hundir el cine de terror español con muestras como la que nos ocupa, un barroco y relamido ejercicio de autor que ni asusta, ni sorprende, ni lleva a ninguna parte.

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