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Crítica de El silencio, de Don DeLillo (Seix Barral)

Si dos cosas tiene en su haber Don DeLillo, son su capacidad de análisis de la sociedad por un lado, desde un punto de vista poco halagüeño lo trate desde donde lo trate (pasados, presentes o distopías); y una brillantez artística por el otro, traducida en diálogos exquisitos, exigentes, sin espacio para el relleno por el relleno. El silencio, que él mismo tilda de su probablemente último trabajo, es una novela corta, mucho, que ensalza ambas virtudes. Siguiendo la línea humana y socialmente catastrofista que vimos en Cero K, propone esta vez un gran apagón: justo antes de que arranque la Super Bowl del año 2022, adiós tele, adiós internet, adiós conexión. Nos queda, claro, hablar a la vieja usanza y sin cachivache tecnológico de por medio. Obvio, se masca la tragedia, como el primer capítulo del libro expone con una metáfora de todo menos sutil precisamente.

Habida cuenta de la brevedad de la novela, El silencio no se anda con chiquitas y va a degüello desde sus compases iniciales, poniendo en situación a las primeras de cambio y describiendo esa pandemia tecnológica a ritmo frenético. Para ello, mueve su foco entre dos grupos de personajes, de momento en ubicaciones claramente distintas: un exterior caótico que parece sacado de la serie El colapso, o la película 28 días después; y el interior de una casa, que se torna igualmente pesadillesco por más que nadie se mueva de la comodidad del salón. De esta manera, DeLillo sólo requiere de unas cuantas páginas para realizar un fresco completo de la situación. Quitándosela, así, del medio, y dedicando el resto al retrato social, verdadero interés del autor. Así pues, pese a la total desconexión, ambos grupos consiguen coincidir, y da paso así una conversación a oscuras que pone en evidencia que el problema no es la falta de wifi.

La humanidad avanza hacia un estado de soledad y autonomía emocional que nos distancia a cada ser humano del otro. Que conforme nos engancha a las tecnología, nos hace depender cada vez menos de la conexión a la vieja usanza. Tanto es así que generamos conversaciones con nosotros mismos, que se rigen por sus propias normas, y que cuentan con un escudo aislador en forma de una pantalla, siempre entre medio de dos personas. Cuando, justamente, toca interactuar de manera clásica, resulta que debemos pasar por un proceso de adaptación de tales normas unipersonales con el fin de encontrar algún modo satisfactorio de comunicarnos. Todo ello, en nuestra realidad, es aún sutil. En un libro como El silencio, tan escueto, es más evidente. DeLillo presenta personajes que orbitan en diferentes galaxias, cuyas rutas se entrecruzan y no hay escudo que valga. Sí el diálogo, último reducto de la sociedad, que tanto ha despreciado y que ahora tanto cuesta hilvanar.

Tildar esta novela de estimulante es quedarse cortos, como de costumbre en la obra del autor. Lo que sí es novedad es que sepa a poco. Consecuencia directa de su brevedad, El silencio es capaz de lanzar infinidad de estímulos, de proponer una miríada de emociones en tiempo récord. Sin embargo, el desarrollo en profundidad (claro) brilla por su ausencia. Deberes para nosotros, y vaya si cumplimos, pero lo que hubiera podido ser una obra apoteósica se queda en una liga de (falsa) intrascendencia puesto que cuando entras en calor, cuando ya sientes el vértigo por esa irreparable senda a la destrucción, que como lector vives desde la impotencia y la incredulidad… se acaba. Sólo nos queda esperar que DeLillo ande errado en sus previsiones, y que aún le dé tiempo a escribir otra.

Crítica de El silencio, de Don DeLillo (Seix Barral)
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué leer El silencio

Otra nueva muestra de excelencia de DeLillo que, debido a su brevedad, sabe a poco: el apocalipsis tecnológico que propone cala hondo y de inmediato… pero deja con ganas de más.

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