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Crítica de Estación once – Temporada única (HBO Max)

Desde que se emitiera su último episodio, el 23 de mayo de 2010, se ha estado buscando un sustituto de Perdidos con ahínco inversamente proporcional a la suerte. Hasta el punto de que la vida misma ha encontrado la mejor alternativa en forma de una pandemia que vaya por su sexta temporada y tercer spin-off. Ahora bien, todos los astros se han ido alineando para qué Estación once llegara a nuestras televisiones y se ofreciera cómo relevo oficial de la serie de JJ Abrams. Los astros en cuestión: adaptación de una novela de corte fantástico, con su puñado de fans de base; argumento que arranca en una pandemia, para meternos en un mundo con normas distintas para la supervivencia (y fracaso absoluto de la otra serie que también contaba con una base de seguidores potente y también iba de esto: Y: el último hombre); reparto coral variopinto, interpretado por un reparto competente; y una balanza equilibrada entre acontecimientos que generan enganche, y desarrollo de personajes con carga dramática y psicológica a partes iguales.

En esta serie seguimos a un grupo de personas que ha sobrevivir cuando la mayoría de la humanidad ha desaparecido, y ahora se dedica a rondar de aldea en aldea, de grupo en grupo de supervivientes, ofreciendo un teatro ambulante. Es gente herida física y/o mentalmente, pero que intenta abrirse camino. Que se topa con otras gentes en igualdad de condiciones. Y que encuentra en el arte una válvula de escape. Partiendo de esta premisa, ya de por sí estimulante, la propuesta de Patrick Somerville entremezcla una línea temporal a tiempo real con otra que se va construyendo a base de flashbacks (ya digo, candidata a sustituta natural de La Serie), para esclarecer lo que fue ocurriendo poco antes y poco después de la llegada de un virus que se nos llevó por delante. Para entender, también, de dónde vienen quienes siguen ahí, qué los une y qué los separa y, sobre todo, qué implicaciones tiene una novela gráfica, titulada justamente Estación once. Un macguffin de presencia constante y fundamental para establecer nexos de unión entre más de uno.

A lo largo de sus diez capítulos (de su en teoría temporada única, en la mayor y más dolorosa diferencia entre estos leftovers y los losties… aunque bien está lo que bien acaba) la serie demuestra tener muy claras sus intenciones: si bien su episodio piloto haga salivar con su representación de la pandemia, no está interesada en los acontecimientos en sí, en los que se detiene lo justo para generar enganche y justificar su etiqueta de comercial, sino en las psiques de los seres humanos que los protagonizan. A poco que empieza a desarrollar sus dos líneas temporales, la carga emocional se adueña de la función y campa a sus anchas, tomándose todo el espacio del mundo para desplegarse con calma y profundidad. Permitiendo, en definitiva, que el espectador pueda sentir como suyas las sensaciones de soledad, de necesidad de pertenencia; que busque cualquier excusa para sonreír, para vibrar ni que sea con una representación de Shakespeare hecha con cuatro harapos. El arte como salvación, parece ser su lema. Reivindicación va que ni pintada en estos tiempos en los que, justamente, el arte y la cultura las están pasando tan canutas para sobrevivir. De la misma manera en que tanto nos ha pasado factura el cierre de cines y teatros, la cancelación de conciertos… Estación once pone en evidencia la necesidad de evasión, de consumir cultura para no volvernos completamente tarumbas.

Se le pueden criticar puntuales bajones de ritmo que pecan de reiterativos, allá por su bloque central. Se la puede acusar de pelín pretenciosilla y relamida en ocasiones. Pero también es cierto que si Estación once triunfa donde tantas otras han fallado, es por tener ambiciones por encima de la media. Eso hace que tenga ideas y prioridades siempre cristalinas, y que todo fluya con una coherencia difícil de ver en una temporada entera (sin ir más lejos, esta serie ha coincidido en el tiempo con Yellowjackets, otra candidata a serie del momento, que sin embargo pierde un poco su norte conforme se intuyen extensiones para forzar ulteriores temporadas). Y a su vez, esto posibilita que el devenir emocional fluya de principio a fin, eclosionando en una conclusión casi plenamente satisfactoria. Y es que todo este idilio posibilitado por sus aptitudes técnicas e interpretativas (Mackenzie Davis, Himesh Patel o Gael García Bernal, entre otros, están impecables), se ve severamente amenazado por un maquillaje risible y parecerá una tontería, pero molesta tanto que es como si, no sé, un móvil sonara a mitad del Para Elisa. Años y años de historia, y el cine sigue siendo incapaz de aviejar a sus artistas sin que cante como una almeja. En fin. Tirones de oreja al margen, no será perfecta, pero Estación once es la primera gran alegría de 2022.

Trailer de Estación once

Estación once: el arte como salvación de la humanidad
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver Estación once

En sus diez episodios, Estación once consigue enfrascarnos en un mundo pospandémico y ser uno más del grupo de supervivientes nómada que lleva consigo una obra de teatro como vehículo para salvar lo que queda de nosotros. Emocionante, intensa, elegante y muy coherente en todo momento, puede que se pase de frenada en lo pretencioso por aquí y lo redundante por allá, pero todo acaba cuajando a las mil maravillas.

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