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Crítica de Estoy pensando en dejarlo

Cosas objetivas que pueden decirse con seguridad sobre Estoy pensando en dejarlo: que es la nueva película de Charlie Kaufman, quien vuelve a hacer las veces de hombre orquesta escribiendo y dirigiendo un guión con vocación de rompecráneos. Que su historia parte de una novela de Iain Reid de idéntico título. Que la protagonizan Jessie Buckley, Jesse Plemons y Toni Collette y que los tres están maravillosos. Que hay un coche y mucha nieve. Que la pareja protagonista, Buckley y Plemons, tienen un gusto pésimo para los helados. Todo eso, dos o tres certezas más y sí, casi todo el resto de cosas que podamos decir de la película están sujetas a la interpretación y la mayoría de apreciaciones y juicios de valor entran dentro del terreno de lo relativo. De hecho no estoy seguro ni de lo de los helados.

O sea que vaya, quizá al final de esta crítica le doy una vuelta y Donde Dije Digo. Porque a saber qué es lo que he estado viendo durante estos ciento cuarenta minutos de hierático trip psicodramático existencial. Que yo sepa, un viaje en coche de dos jóvenes -una chica que podría llamarse Lucy y su novio Jake- a casa de los suegros de ella y la vuelta tras vivir la cena más freak posible. Un tiempo muy constreñido, el de una noche hasta que amanece, que sin embargo da cabida a  una historia que se expande hacia diversos límites del tiempo y la percepción, que abarca géneros distintos y reescribe sus parámetros constantemente. Y aunque en términos de Charlie Kaufman es una propuesta menos intrincada, laberíntica y estructuralmente diabólica sigue siendo un ejercicio de cine libre pero muy intelectualizado. Que, a la postre, demanda del espectador una entrega y una fe constantes.

De primeras la película parece más o menos convencional. Tiene un hilo narrativo con inicio y final y su naturaleza demente es sutil y progresiva. Planteada desde un enfoque casi cubista, aparentemente inconexa, como un gran artificio que a menudo se justifica por sí mismo más que por ideas que pueda querer transmitir, la película genera sus atmósferas desde la extrañeza. Juega con los tiempos de las acciones, con los comportamientos incómodos y las repeticiones para generar malestar o simple sensación de surrealismo, como si la propia mente de la película se estuviera yendo al garete. Es el juego del despiste calculado en una propuesta que tiene tanto de drama de pareja como de thriller psicológico, de comedia subterránea y simple ejercicio de (supongo) autoterapia mal.

Todo para, claro, hablar de ciertos temas que a lo largo de su carrera el autor ya se ha hecho propios. O eso creo. La depresión, la incomunicación, las crisis existenciales, de la edad o por un futuro incierto. Para trazar una parábola sobre la búsqueda de la identidad en una historia que salta de un lugar hacia otro desesperada por encontrar su propia identidad en un maremagnum de señales contradictorias, de namedropping literario y cinéfilo (sólo aparentemente) aleatorio, de situaciones mutantes y argumentos marcianos. Yendo también en sus planteamientos visuales desde la geometría estricta y la simetría en 4:3 de un Wes Anderson tristón a la asfixia caótica del Polanski de los 70, el de El quimérico inquilino, pasando por la reinterpretación hopperiana (de Edward) que nos brindó David Lynch en algunos de sus títulos de los 80 y los 90.

Estoy pensando en dejarlo, recojo el testigo del enfoque formal, es otra demostración de que Charlie Kaufman no sólo es un guionista estimulante, personal y arriesgado sino también un esteta de lo retro a la altura de, por ejemplo, Peter Strickland o de Alex Ross Perry cuando le pone ciertas ganas. El tratamiento de la luz y el color siempre está enfocado en construir escenas claustrofóbicas, o de algún modo aplastantes hacia los personajes, siempre tan condicionados por los espacios que habitan. Espacios que, por cierto, son siempre interiores, excepto en los momentos en los que los personajes salen al exterior, azotado siempre por una asfixiante tormenta de nieve.

Un tiempo inclemente para una noche de pesadilla en la que se consuma una ruptura sentimental que es menos eso que la reivindicación de una mujer que progresivamente logra deshacerse de la asfixiante presencia masculina que hasta ahora la minimizaba. Podría ser. O podría no ser. Porque como he ido diciendo estamos ante una película árida, estudiadamente hermética, posiblemente inescrutable y obviamente abierta a interpretaciones.

¿O no? Quizá Digo Diego. Existe una posible interpretación «oficial» para toda la historia, pero es compleja, rocambolesca y muy opacada en el transcurso de la película. Una que implicaría más deconstrucción de una mente (la de Jake), más imágenes de deseos proyectados en una personalidad inventada (la de la chica) y más juegos de apariencias y doppelgängers de lo que parece a simple vista. Cualquiera puede leer sobre la película, o apoyarse en el texto original, y decidir si se justifica lo suficiente como para imponer esos temas a los que el guión apunta de una manera más evidente. Quizá es el empujón motivacional que necesitará más de uno, aquellos insatisfechos que no se conformen con un tercer acto sumamente abstracto y el argumento de que «al final cada uno pueda interpretar lo que quiera». Soy consciente de que tanta incertidumbre y hermetismo puede cerrar en banda al espectador más entregado. Pero, interpretaciones sólidas o no, está claro que quien se deje llevar y penetre en Estoy pensando en dejarlo va a salir de ella por lo menos un poquito cambiado. Para mejor o para peor.

Trailer de Estoy pensando en dejarlo

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Reseña de Estoy pensando en dejarlo
  • Xavi Roldan
4

Pensando en Estoy pensando en dejarlo...

Estoy pensando en dejarlo puede ser al mismo tiempo la más sencilla y la más compleja película de Charlie Kaufman. Un ejercicio de abstracción tan engañosamente contenido que puede ser capaz de disparar decenas de ideas estimulantes al más interesado y a la vez de dejar helado a quien no venga dispuesto a esforzarse más de lo necesario.

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