Crítica de Everest

Everest

El 10 de mayo de 1996 está considerado unánimemente como un día aciago para el alpinismo no profesional, y si está considerado como tal, es debido a la terrible tragedia que se vivió en el Everest, la montaña más alta del mundo, donde 8 personas perdieron la vida debido a un cambio meteorológico brusco e inesperado que los dejó a merced de una de las múltiples y salvajes tormentas que azotan dicha zona, cuando prácticamente habían alcanzado la cima, impidiéndoles volver al campamento base quedando atrapados y sin posibilidad de ser rescatados. Por si fuera poco, el asunto resultó extremadamente polémico, ya que la mayoría de los fallecidos eran escaladores amateurs que habían contratado (por unos precios desorbitados) los servicios de compañías comerciales de deportes extremos para poder “disfrutar” de la gigantesca experiencia, banalizando en cierta manera lo exigente y peligroso que resulta esta arriesgada práctica para gente que no tiene la preparación adecuada, y que marcó un antes y un después para dichas empresas. Polémicas aparte, resulta extraño que Hollywood no hubiera metido mano todavía en una historia tan “jugosa”, pero hete aquí que el cineasta hispano-islandés Baltasar Kormákur (Contraband, 2 Guns) ha decidido paliar esa carencia con Everest, adaptación de tan espeluznante historia para la gran pantalla, contando con un reparto bastante impresionante (Jason Clarke, Josh Brolin, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley, Emily Watson, Sam Worthington y Robin Wright.) pero que por desgracia, acaba defraudando cualquier expectativa puesta sobre el producto.

Y es que si algo caracteriza la película, eso es sin duda, su gélido conformismo cinematográfico, culpa directa de su creador, que pese a tener un material más que interesante en sus manos para poder resultar mínimamente arriesgado, se limita a una puesta en escena y unas composiciones de planos (en parte forzadas por el 3D) que prácticamente podrían surgir de cualquier documental televisivo sobre alpinismo (a excepción de los bellísimos paisajes, captados por cortesía de su director de fotografía Salvatore Totino, en el apartado más destacable de todo el film). No hay prácticamente escenas donde la valentía cinematográfica aparezca, y lo que es peor, tampoco el brío y el ritmo que necesita una historia de estas características, ya que la tragedia no comienza hasta la hora larga de metraje, y hasta ese momento solamente hemos podido asistir a una dilatadísima presentación de los personajes y sus motivaciones. Y no, esto no es necesariamente malo, siempre que no suceda como aquí, que los personajes se quedan en eso, meras presentaciones bastante estereotipadas, y sus motivaciones tampoco importan demasiado al espectador (ni siquiera, los personajes a los que les esperan en casa sus sufridoras esposas). No ayuda tampoco el hecho de que los personajes sean muchísimos, y que resulte muy complejo dibujarlos adecuadamente a todos por igual, dando su parcela de importancia a gran parte de ellos, pero sin conseguirlo en prácticamente ningún caso (el caso de personaje de Gyllenhaal clama al cielo).
Y una vez estalla el pifostio, pues la cosa mejora algo (el uso del sonido es bastante impresionante), dando como resultado las imágenes cinematográficas más reales de una tragedia de estas características, pero por desgracia dejándose por el camino la espectacularidad, la emoción e implicación con los personajes (en parte por los errores anteriormente indicados), tan necesarias en este tipo de historias. Para empeorarlo todo un poco más, el sentido de la orientación brilla por su ausencia durante esta parte del film, ya que el espectador durante muchas de estas escenas notará una absoluta desubicación referente a dónde se encuentra los personajes o cuáles han desaparecido (suponemos que en situaciones similares la sensación de extravío es básica, pero no creemos que haya sido esta la intención de su director). Tampoco los actores parecen en estado de gracia (aunque con tremendos papeles no resulta extraño), salvando de la quema absoluta por piloto automático a un Jason Clarke bastante concienciado y una Keira Knightley excesivamente lacrimógena, pero que consigue convencer. El resto, especialmente Gyllenhaal y Watson, deberían replantearse el aceptar trabajos que queda más que claro que no les apetecía en exceso interpretar. Si a todo esto le sumamos un metraje a todas luces excesivo, y una escena final que cierra el film de una forma totalmente desvaída y repentina (atención al reencuentro de varios personajes en un aeropuerto) el resultado no es precisamente para tirar cohetes, a menos que sea por la frustración que provoca el tedio y la indiferencia más absoluta.
No es que no existan momentos apreciables en Everest (aunque siendo totalmente sinceros son poquitos), ni en los cuales la furia de la naturaleza desatada en un momento así no resulte sumamente impactante (escasos también), pero la sensación que finalmente deja la película es precisamente la misma que la del entorno y personajes (y la que cosechó en su presentación durante la reciente Mostra de Venecia) que muestra el de un lugar increíblemente bello, pero sobre todo, frío y bastante monótono. Así que nada, otra vez será, y hasta que llegue dicho momento para encontrar algo de chicha en las montañas deberemos seguir emocionándonos con Viven y Grito de piedra o divirtiéndonos con Máximo riesgo (oh sí) y Licencia para matar (de Eastwood).

4/10

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