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Crítica de Fragmentos de una mujer

El director húngaro Kornél Mundruczó tiene un problema. Y mientras no lo supere, sus películas quedarán lejos de ser redondas por mucho que ganen premios aquí y allá. White God ganó el Un Certain Regard en Cannes, Jupiter’s Moon el premio a la mejor película en Sitges. Y este Fragmentos de una mujer (su primera producción en latitudes quasi hollywoodienses – Canadá) se ha colado entre los títulos nominados al Oscar, si bien sólo por su actriz protagonista. Pero nada, no da con la tecla. O mejor dicho, da con muchas, y muy buenas, pero es incapaz de finalizar la partitura. Y este quizá sea su caso más flagrante.

Sin ir más lejos, los primeros treinta minutos de la película son para enmarcar. Mundruczó retrata una situación dramática con un largo plano secuencia en que puede sonar a capricho, pero en realidad tiene toda razón de ser. En todo el primer acto no se da escapatoria al público, que es metido de lleno en la vida de la pareja principal mientras ella está a punto de dar a luz. Un proceso incómodo, que pide a gritos un momento de pausa para coger aire. Pero esa pausa nunca llega. Hasta el punto de acabar, desde nuestro sofá, siguiendo los ritmos de las respiraciones de la protagonista mientras sus contracciones aumentan de cadencia. Y mientras tanto, Fragmentos de una mujer va tomando forma: Mundruczó aprovecha esta secuencia para dibujar a sus personajes, dándonos información indirecta sobre la fuerza de uno y las inseguridades del otro. Nos hace ver algunos detalles que indican que las cosas se están torciendo, aunque no sepamos muy bien qué. El drama se acerca y no sólo vemos que tendrá consecuencias en vista de cómo se intuye que será afrontado por la pareja; es que además no podemos hacer nada por evitarlo, ni siquiera esperar a un cambio de plano para huir de él.

El drama llega cual bomba y echa el cierre a esta larguísima, sublime introducción. Queda desarrollar la película, y aquí ya es cuando las cosas empiezan a tambalearse. Porque lo que parecía ser un estudio sobre las consecuencias que una situación devastadora tienen sobre, en concreto, la protagonista, va trufándose de subtramas. Y el interés se diluye. Mal endémico en la filmografía del cineasta: sus películas van de más a menos, y se alargan demasiado. En el momento en que Fragmentos de una mujer empieza a hablar de la suegra arpía, o se centra en un juicio que había quedado completamente fuera de la ecuación hasta el momento, el interés y el impacto del film van diluyéndose conforme su metraje se dilata en demasía. Es curioso, porque si con su primer acto conseguía hacer fascinante una historia vista en infinidad de ocasiones, a la postre acaba vulgarizándose y empieza a apuntar a melodrama que se ha estrenado en Netflix… como podía haberlo hecho en Antena 3. Salvo por un elemento que no baja jamás de la excelencia: si Vanessa Kirby, la actriz protagonista, no gana el Oscar en un par de semanas, se escribirá otra página más en la extensa saga de injusticias de estos galardones.

En definitiva, Fragmentos de una mujer cuenta con 30 de los mejores minutos que hayamos podido ver recientemente en una película. Todo lo demás es un drama que afectará en mayor o menos medida en función de lo mucho que haya afectado su primer acto al espectador. Cierto es que resulta imposible ver sus más de 90 siguientes minutos sin esos poderosos pasajes iniciales en la cabeza… pero toda paciencia tiene un límite. A ver si para la próxima, Kornél Mundruczó consigue de una vez mantener el nivel de principio a fin.

Trailer de Fragmentos de una mujer

Fragmentos de una mujer: de más a menos
  • Carlos Giacomelli
3

Por qué ver Fragmentos de una mujer

Drama que arranca con una potencia brutal, gracias a todo un primer acto que probablemente esté entre lo mejor que hayamos visto en el cine últimamente. Después, por eso, va rebajando intensidad sin prisa, pero sin pausa.

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