Revisión de Furia de titanes (1981)

No es la mejor del género, ni la primera, ni la última. Pero sí es La película, aquella que sirve como principal referente para la mayoría a la hora de describir el cine épico, los efectos especiales de Ray Harryhausen o, en definitiva, esa parte de la historia cinematográfica inspirada en la mitología grecorromana que de tan buena salud gozó hasta hace un par de décadas.
Ahora que, gracias a “300” (y tras un par de intentos fallidos como fueron “Troya” y “Alejandro Magno”), las aventuras de carácter épico vuelven a estar a la orden del día, ha sido justamente “Furia de titanes” la elegida para ser renovada y adaptada a los tiempos que corren, en un remake que verá la luz dentro de una semana y que, de funcionar, supondrá el pistoletazo de salida al rejuvenecimiento definitivo de un género que debería convertirse en el no va más, el referente absoluto de la tecnología, la espectacularidad y la grandes historias. Tal y como lo fue mientras Ray Harryhausen ejercía su magia. Tal y como sigue siéndolo, pese a su desfase temporal, la “Furia de titanes” original que ahora recuperamos.
Dirigida por Desmond Davis y escrita por un experto en el tema como fue Beverley Cross (suyos son los libretos de “Jasón y los Argonautas” y “Simad y el ojo del tigre”), la película mezcla mito y novelización para contar las aventuras que vive Perseo, hijo de Zeus con la mortal Dánae, para liberar a su amada Andrómeda, hija de Casiopea, de una maldición que la une al desfigurado Calibos. Para ello, Perseo deberá hacer frente a monstruos de todo tipo: escorpiones gigantes, el titán Kraken o la temible Medusa; aunque lo hará contando con la ayuda de algunos de los dioses del Olimpo…

Saltan a la vista, pues, las colosales proporciones de “Furia de titanes”. Recapitulemos: el Monte Olimpo -donde los dioses juegan con los mortales como si de figuritas de barro se trata-, un carrusel de monstruos de tamaño y/o amenaza cada vez mayor, héroes temerarios y, como siempre, el amor como principal motor de tan monumental maquinaria. Todo ello protagonizado por actores de la talla de Harry Hamlin (Perseo), Ursula Andress (Afrodita) o Laurence Olivier (Zeus), y con el experto en stop-motion por excelencia llevando la batuta, un Harryhausen que firma con éste uno de sus mejores trabajos.
En suma, casi dos horas de espectáculo apasionante generado por una trama que enseguida se antoja familiar por guardar más de un parecido con el mítico viaje de Hércules. Y eso que, como decíamos al principio, este no es el mejor exponente del género. En “Jasón y los Argonautas” o “Simbad y la princesa” pueden encontrarse secuencias de acción mejor logradas, personajes con mayor enjundia o tramas más compactas; además, a “Furia de titanes” cabe sumarle una lastra traducida en el búho mecánico que Atenea regala a Perseo, una posible referencia al tándem robótico de “La guerra de las galaxias” (habla y se expresa como R2D2, es tan torpe como C3PO) cuya entrañable presencia quizás sirva para acercarse a todos los públicos a costa de acabar por hacerse de lo más cargante.

Pero en ningún caso pueden hacer sombra a las sensaciones de magnificencia del trabajo de Davis. Divina y terrenal a la vez, abarcando por igual dimensiones desproporcionadas y acercamientos casi minimalistas y con un constante desplazamiento desde el Olimpo al más mundano de los rincones y vuelta, la película parece consciente de su carácter referencial y por tanto busca ser la más grande en todos sus aspectos. Y lo consigue. Lo consigue desde la introducción del mencionado búho a la del temible Kraken. Desde su argumento trepidante a su discurso avático sobre el amor, que mueve mares y montañas y derrota a toda clase de enemigos. Y por supuesto, mediante el empleo de unos efectos especiales magníficos.

No nos cansaremos de alabar al genio capaz de dotar de una credibilidad extrema a las bestias más impensables: desde su primeriza labor en “El monstruo de tiempos remotos”, Ray Harryhausen no ha dejado de sorprendernos con su destreza en tan añeja técnica de animación (que sin embargo aún a día de hoy sigue dando guerra), y “Furia de titanes”, su último trabajo y quizás su mayor logro, supone el broche de oro a su carrera. Criaturas de todo tipo y tamaño, destrucciones de ciudades enteras, inundaciones… todo ello muy superado con las técnicas digitales de hoy en día (y de ahí la justificación del remake a cargo de Louis Leterrier), pero no por ello menos fascinante.

Así pues, bien cierto es que un análisis puramente empírico y objetivo tendría mucho que objetar de la película que nos ocupa (empezando por un ritmo desigual del que adolecen varios de sus minutos), pero tales observaciones carecen de sentido ante el significado que de esta película ha trascendido. Y es que si cada generación cinematográfica (o así) debe tener un representante; si cada cierto tiempo debe aparecer una producción que pueda ser definida como la más grande, “Furia de titanes” es una de ellas. Así lo declara la secuencia del ofrecimiento de Andrómeda al Kraken, en una alusión obvia a la película más grande de todas, “King Kong”, de la que ésta parece recoger el legado.

Veremos si la nueva versión de inminente estreno logra alcanzarlas mismas metas, pero si no lo hace, por lo menos nos permitirá disfrutar del clásico original en una más que posible edición restaurada para DVD.

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