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Crítica de Godzilla vs. Kong

¿Sabeís eso de que a veces no importa el qué, sino el cómo se cuenta una historia? Etiquetado propio del cine de autor cuando no se quiere reconocer que «esto ya lo he visto antes», que sirve para que muchos títulos pasen el corte mientras otros, más comerciales, se quedan en la cuneta por previsibles. ¿Sí? Bien, a sincerarse con uno mismo tocan: si no vais a ser capaces de bajaros de este burro, ya podéis pasar a la siguiente entrada. Porque Godzilla vs. Kong es tan previsible que asusta. Si las versiones por separado aún tenían algo de jugo argumental, aquí se reduce todo a la mínima expresión: pululan dos titanes por el mundo, se pelean entre ellos pero por culpa nuestra que los cabreamos, por suerte aún queda algún humano bueno, la ciudad de turno se va rompiendo a cachitos a cada mamporro que se pegan las bestias… No, aquí no importa en absoluto el qué. Tanto es así que hasta que no arranca la chicha, casi es mejor cerrar los ojos y dar alguna cabezadita. Importa el cómo, y más en este año en el que tan cerca se siente la muerte de la sala de cine.

El qué, ya digo, es la mierda: ningún personaje ha sido mínimamente cuidado, algunos son meras comparsas, y el contrapunto cómico es de hostia directa, entre otras cosas porque no tiene drama alguno que contrapuntar. El argumento es un vehículo, sin disimulo, para la acción, y se reduce a la mínima expresión. Y el primer acto parece haber sido colocado ahí a la fuerza: alguien creería, erróneamente, que Godzilla vs. Kong debía explicar un poco por qué el ser humano tiene que ir a tocar las narices a un mono gigante y una iguana radiactiva. Nada, a falta de tortas, lo más reseñable son los títulos iniciales, deudores de los videojuegos de pelea tipo Mortal Kombat. Pero a los 30 minutos se pone manos a la obra, y la cosa cambia. Desde el primer careo entre Kong y Gojira, el ritmo se dispara y la película pasa a ser un más que necesario golpe de autoridad: la confirmación de que las salas deben seguir existiendo, porque sólo así se puede disfrutar plenamente de este tipo de cine.

Porque tenemos ante nosotros un espectáculo fastuoso para la vista y el oído, en el que se obra la magia: pese a ser toda ella digital (d’uh), la película consigue hacerse titántica, dar una sensación de grandeza que no se conseguía desde Jurassic Park. Godzilla vs. Kong es, sencillamente, sobrecogedora. Y agotadora, también. Dos tercios de su metraje se limitan a explosiones, tortazos que hacen temblar ciudades, descubrimientos de mundos imposibles, y carreras por pasillos de laboratorios pirados. No se puede concebir esta película en una pantalla pequeña y con sonido enlatado, así de claro.

A todas estas, hay director. Si bien es más que probable que Adam Wingard (a quien creíamos desaparecido después de The Guest) haya sido un títere al servicio de Warner Bros en buena parte de decisiones, hay cierta voluntad artística. Tanto en las escenas puramente digitales, de planos largos en que la cámara se mueve de manera física y gravitatoriamente imposible, con tal de que el espectador no pueda escapar de la acción, o reciba correctamente la información que necesita (ese vuelo a bordo de naves siguiendo a Kong). Como en las subtramas protagonizadas por humanos. Ya sea a sabiendas del carácter desfasado de la trama, de ser un homenaje a un cine de antes, o del gusto actual por lo ochentero, Wingard imprime un estimulante estilo vintage en el que se remite a El chip prodigioso, Tron, o Juegos de guerra. Sin caer en plagios ni meras repeticiones formulaicas, y por tanto, adquiriendo cierta personalidad.

En los tiempos que corren, el cierre definitivo de las salas de cine llama a la puerta con insistencia. Pero Godzilla vs. Kong ha venido a hacerlo todo bien para justificar que, en lo que a blockbusters se refiere, tal decisión sería un error tremendo. Plenamente consciente de las tendencias actuales y de la audiencia a la que aspira, no se salta ningún checkpoint: película-videojuego, aroma retro, ambientación en Hong Kong, banda sonora crowd pleaser, guión sin sobresalto alguno… A ver cómo responde la taquilla en tiempos de Covid, que lo mismo supone el punto y final del blockbuster. Desde luego, esto sólo tiene sentido si el rugido de ambos bichos atrona en salas rebosantes de público y palomitas… y ayer en Barcelona éramos siete contados. Una pena, ya os acordaréis de mis palabras cuando la quiten del cine y no os quede otra que verla en pantalla pequeña…

Trailer de Godzilla vs. Kong

Godzilla vs Kong: Vamos a necesitar una pantalla más grande
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver Godzilla vs. Kong (en un cine)

Enorme careo de los dos titanes más famosos, que sólo tiene sentido si se ve en una sala de cine, siendo un 0 en argumento, pero un 10 redondo en espectáculo.

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