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Crítica de Hellboy (2019)

Hay cierta justicia poética en esta reinvención de Hellboy. La dirección de esta nueva ensalada de tortas por parte del superhéroe más brutote de los cómics, ha caído en manos de un tipo, justamente, bruto como él solo: Neil Marshall. Ahora revalorizando su carrera con la dirección de alguno de los episodios más celebres (y más bestias, por cierto) de Juego de tronos o Westworld, a Marshall se le conoció por Dog Soldiers, o sea, hombres lobo contra soldados con disfraces y gore por bandera. Luego una brutal bofetada de terror en forma de The Descent; el batiburrillo épico de Doomsday, la asfixiante persecución romana de Centurión… Lo dicho, un tipo dado a los excesos, a las piruetas, a la violencia y a la acción (o tensión) sin parar. ¿Profundidad? ¿Sutileza? A otro con esas. ¿Puede verse afectada una película como consecuencia de su falta de mano izquierda? Pues depende.

Tras las descafeinadas sensaciones de la última intentona de Guillermo del Toro por hacer de la obra de Mike Mignola una saga de primer nivel, se requería un cambio de rumbo (si se iba a tirar para adelante con la franquicia, cosa que tampoco es que se pidiera a gritos). Y ahora que hay tanto éxito superheroico cosechado en casas ajenas, lo blandengue quedaba fuera del menú. Adelante pues con el rated R, que pasen en gore y las palabras que empiezan por f. Y tampoco está, como decíamos, el horno para matices y dramas. El Hellboy de 2019 parece querer olvidarse del pasado y suponer una carta de presentación de todo lo que la nueva ¿saga? puede dar de sí, si el espectador acude a verla. Así, da el todo por el todo en materia tortas y bichos. El guión del debutante (en largos) Andrew Cosby sacude, agota al espectador metiéndolo en una concatenación sin apenas pausa, de set pieces de acción, subtramas, excusas para generar una nueva ración de mamporros. Lo dicho: de nuevo, terreno conocido para un director que parece haber tenido carta blanca.

Su Hellboy es el exceso por el exceso, en todos los sentidos. Argumento que cuesta horrores seguir no por su complicación, sino por la cantidad de elementos, protagonistas, y sucesos que se dan (como Doomsday): desde el Rey Arturo a gigantes y personajes sacados de Las tortugas ninja se dan cita en una película que no para. Pasajes sacados del cine de terror (como The Descent) y bichos ocasionalmente disfrazados, ahondando en la sana condición de serie B que se destila de todo ello (como Dog Soldiers). Y set pieces de acción compuestas a base de CGI y movimientos de cámara tan mareantes como impredecibles (como Centurión o Juego de tronos). Oh, y gore explícito, extremo, pasado de rosca (como… como en toda su filmografía, vaya). Este es un Hellboy mucho más cafre, y su película (así como su sentido del humor, por cierto) está construida a lo bruto; no cuesta imaginarse a alguien en la sala de montaje liándose a puñetazo limpio para llevar a buen puerto el producto.

¿Problema? Que tanta acumulación de flipes se acaba anulando entre sí, y al final, es una película anímica y emocionalmente monótona. Pasa tanto, que al final es como su no pasara nada. Y como cuatro chistes gruesos no son suficientes para generar una conexión real delante y detrás de la pantalla, como que nos da igual lo que les ocurra a David Harbour, Milla Jovovich, Daniel Dae Kim y compañía. Ahora bien, para apagar actividad neuronal y ventilarse el menú XXL de palomitas del cine, pocas alternativas mejores pueden verse en cartelera ahora mismo. Todo en Hellboy está pensado para que el espectador no deba hace ni sentir nada, más que tratar de parpadear lo menos posible para no perderse el chorretón de sangre más asqueroso, el golpazo más fuerte, el bicho más raruno. Y por si acaso, ahí está la banda sonora para atronar al respetable con reconocibles canciones (tra tra) que le impidan desconectar del todo. ¿Formularia? ¿Innecesaria? ¿Inverosímil? ¿Excesiva? Sí. ¿Disfrutable? Absolutamente. Ver esta película es volver al cine de acción de los 90, sudoroso y violento aunque más simplón e inocente que un dibujo animado de media tarde. Sólo que pasado por un filtro de fantasía a lo El Señor de los anillos. Es la definición perfecta, en definitiva, de placer culpable. Pero era lo que buscábamos, ¿no? El propio Neil Marshall, generador de guilty pleasurespor excelencia, lo sabe, y así afronta esta especie de repaso a toda su carrera. Lo dicho, justicia poética.

 

Trailer de Hellboy (2019)

https://www.youtube.com/watch?v=XW3jC_VJuZk

 

 

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
3

En pocas palabras

Desde su precipitado primer minuto hasta el segundo de sus finales post-créditos, todo en este nuevo Hellboy es un placer culpable de serie B, tan sumamente olvidable como absolutamente disfrutable.

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