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Crítica de Hierve (Boiling Point)

Cada cierto tiempo aparecen películas que exploran los límites del lenguaje cinematográfico en forma de únicos planos secuencia a lo largo de lo que dure el metraje. Algunas tiran de trampas, normalmente las que disponen de mayores recursos (Birdman, 1917) o que experimentan cosas demasiado locas (en Enter the Void, el plano secuencia entraba y salía de consciencias y almas). Pero las hay que apuestan por el formato sin cortes en su definición más estricta. Quienes se atreven con ello se echan la cámara al hombro, y a seguir a sus personajes arriba y abajo en un trabajo brutal de coreografía y sincronización. El resultado suele ser parecido en todos estos casos: por alguna parte hay que sacrificar y la afectada suele ser la trama, que no se exprime al máximo y/o fuerza al espectador a algún que otro salto de fe. Otro candidato a pagar los platos rotos es el ritmo, desigual puesto que no puede alterarse con elipsis de ningún tipo. Pero con esto ya se cuenta, y con que no sean males excesivos, se ven sobradamente compensados por la experiencia que, de resultar lograda, es casi catártica.

El caso de Hierve (Boiling Point en su versión original) es prácticamente el paradigma de todo ello: Philip Barantini es el valiente que convierte su propio corto (Punto de ebullición, de 2019) en un largo de 92 minutos poniendo al onmipresente Stephen Graham en el epicentro de una pesadilla de la que no se escapa ni siquiera cuando funde definitivamente a negro. A saber: un restaurante de lujo que tiene que lidiar con una inspección de calidad a última hora, y con tener que servir a muchos más clientes de los que pueden ser atendidos. Graham interpreta a un chef que está a punto de petar, está al límite desde el primer minuto y no para, no para, no para: prepara el siguiente plato, echa bronca a su equipo de camareros cuando se relajan, atiende a los comensales más top y al mismo tiempo trata de mantener una vida personal que ve cómo se le escapa de las manos. Esta es la premisa de un, no sé, thriller culinario, cuya apuesta formal encaja a la perfección con su argumento al lograr explotar al máximo la sensación de estar frente a una olla a presión cargada de agua que, desde sus primeros compases, está a punto de hervir y de derramarse por todas partes.

No hay tregua, los problemas se alternan a velocidad frenética mientras la cámara vuela entre la cocina, la barra y la sala principal del restaurante. Todos sus personajes están al límite y, de hecho, cuando se pierde de vista al protagonista principal, es para seguir a otro que también parece que esté por reventar. Todo en una espiral absorbente desde las primeras de cambio y en que los males apuntados al principio están, pero pasan desapercibidos. La clave, claro, el nervio: los bajones rítmicos son muy puntuales y, de hecho, son hasta bienvenidos para que el espectador pueda resperar mínimamente. Impasses en los que la cámara debe ir de un punto a otro traducidos en bocanadas de aire y al lío otra vez. Por su parte, los pasajes más forzados del guion consiguen encajar en el cómputo global por no desentonar en exceso, conforme se van desarrollando las varias subtramas. Y es que son muchos los personajes que se dan cita en una película mucho más coral que de costumbre y de la que, por tanto, cabe aplaudir aun más el trabajo de coreografía que hay detrás de su único plano secuencia. Incluso el espectador se convierte en un personaje más. Uno más que sufre al ver que los platos no llegan a tiempo; que ve venir los problemas conforme se va llenando el restaurante; que deja de respirar salvo por esas bocanadas antes mentadas.

Como si de un martillo pilón se tratara, Hierve va consumiendo minutos y elevando tensiones a ritmo frenético, en una de esas rara avis que aparecen de uvas a peras por nuestras carteleras o plataformas, y que no deben pasarse por alto nunca. Si, como en el caso que nos ocupa, además resultan estar especialmente logradas, premio doble: qué alegría ver que todavía hay quienes no se conforman con un empaque técnico y/o formal de piloto automático, y qué alegría que el resultado sea uno de los entretenimientos más sólidos y potentes de este estilo. Muy, muy recomendable.

Trailer de Hierve

Hierve: un plano secuencia con pulso firme
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué ver Hierve

Stephen Graham vuelve a pulular por nuestras pantallas, y ahora protagonizando un único plano secuencia de hora y media en que es el chef de un restaurante en una noche con demasiados clientes, demasiados platos, demasiados problemas. Aunque su premisa suene a chufla, estamos ante un thriller potente como pocos, en una propuesta tan estimulante como adictiva.

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