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Crítica de Honeyland

Han pasado dos días desde su visionado. Han pasado, pues, un par de películas y de episodios. Y sin embargo, no me saco de la cabeza Honeyland, primera película de Macedonia del Norte, con forma de documental centrado en la última recolectora de miel en Europa. Una mujer que susurra a las abejas, como aquél que dice, en el pueblo abandonado y destruido en el que vive, a solas salvo por una octogenaria y enferma madre (la abeja reina) a la que cuida. A excepción de puntuales visitas al centro urbano más cercano (para vender su producto) en esta vida solitaria y silenciosa no entra ni una radio, no digamos ya procesos con los que optimizar la recogida de la miel o su rentabilidad. La tecnología, la huella del ser humano, quedan prácticamente fuera de esta simbiosis entre la mujer y la naturaleza. Y como la miel que recoge Hatidze, la película de Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov se antoja despojada de todo artificio, limitándose a seguir de manera puramente orgánica y a lo largo de tres años, nada más y nada menos, la vida rutinaria y silenciosa, de su protagonista. Esto es, hasta que hace acto de presencia otra familia, que se instala en el lugar con cientos de vacas y unos cuantos retoños ruidosos como poco. Y aquí es donde se obra el milagro del cine.

Dejando de lado la artificiosidad del asunto (el equipo de cineastas, seis en total, se trasladó al pueblo cuando ya lo habitaban ambas familias, mientras que la película se abre con la mujer y su madre viviendo solas), Honeyland logra transmitir con total naturalidad y diametral claridad, las emociones que suscita en Hatidze la aparición de nuevos seres humanos con los que relacionarse, pero que a su vez se muestran, como poco, descuidados con la naturaleza, suponiendo por tanto una amenaza inmediata para su negocio. Por poco, de hecho, parecería que estamos ante un thirller social, más que un documental. El espectador acepta a pies juntillas esa linealidad temporal, compartiendo por consiguiente, y en el mismo orden que la protagonista, sus sentimientos encontrados, al tiempo que activa un mecanismo de reflexión. Es de cajón establecer un paralelismo entre lo que ocurre entre esa decena de personas, y lo que le está ocurriendo al planeta Tierra entero. Y quizás por ello, aunque la película siga empeñada en un retrato totalmente natural, lejos de aspavientos y artificios, se siente con una intensidad abrumadora, tornándose a la vez brillante y oscura, liviana y aprensiva.

El impacto de Honeyland es, a la postre, incalculable. Y es posible gracias a una perfecta combinación de los dos pilares fundamentales del cine: el retrato al detalle de la realidad, y a su vez, la magia de la narración mediante el montaje. Una realidad que, como la que tenía a su alcance la humanidad, es impresionantemente bella, pero que habida cuenta de su hostilidad (las condiciones en que viven esas dos mujeres son impensables) y de su potencial explotación, no hemos ido cargando casi sin darnos cuenta. Ay, la tentación de vivir mejor y ganar más haciendo menos… Lectura que, evidentemente, no falta a la cita, adquiriendo tintes de gran dureza incluso, en dos escenas en concreto: una conversación entre la mujer y uno de los hijos de la otra familia, en la que la pregunta que sobrevuela es qué habría pasado si la primera hubiese tenido un hijo como él, si las cosas fueran distintas; y la escena en que la probable respuesta a dicha pregunta adquiere más fuerza que nunca. Escena que, dicho sea de paso, dota al documental de una sobrecogedora potencia, pese a seguir manteniéndose inamovible en sus retrato, desprendido de embellecimientos, de la realidad (montaje al margen).

En definitiva, Honeyland no es una película, no es un documental. Es un milagro cinematográfico de inesperado calado que crece y crece conforme pasa el tiempo, que hace que las neuronas trabajen activamente mientras las emociones, contenidas al principio, van desmelenándose días después de su visionado. Una película tan obligatoria como inolvidable.

Trailer de Honeyland

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4.5

En pocas palabras

Un documental de impacto inesperado que acaba calando en el espectador de manera irremediable, sumiéndolo en un sinfín de reflexiones sobre la huella ecológica, la condición del ser humano, y la familia.

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