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Crítica de El insoportable peso de un talento descomunal

Para bien o para mal, Nicolas Cage es nuestro héroe. Lleva mil y una películas en su haber, y cierto es que eso le ha pasado factura, pues tantas de ellas son tan malas (y en tantas lo hace tan mal), que se ha convertido en un meme de carne y hueso. Pero no menos cierto es que varios de los puntos álgidos de la historia del cine de acción llevan su rostro en el póster: es un mito que nos ha hecho gozar como energúmenos con Con Air, La roca o Cara a cara. No sólo eso, también ha trabajado con los Coen, David Lynch, Coppola (d’uh), Herzog o Scorsese. Tiene un Oscar (y ningún Razzie, si bien haya sido nominado varias veces), y aunque actualmente sea carne de subproductos, en ocasiones sigue asomando la cabeza, con papeles que le devuelven cierta nobleza, como los de Joe, Mandy o Pig. Ahora bien, roles insuficientes para compensar las críticas, motivo por el que anda como loco buscando el proyecto que le devuelva la ilusión, el respeto y la fama. Y parece que está a punto de encontrarlo, pero no, y ante la enésima decepción, toma una decisión: Cage se retira del cine. Su tiempo ha pasado. Representa un tipo de películas que ya no pueden, ni tienen que hacerse. Y se está haciendo mayor, está cansado de la vida. Ah, pero las facturas no se pagan solas, así que se ve obligado a aceptar un trabajo… diferente: ser el invitado de lujo (el animador) de una fiesta de cumpleaños de un ricachón que vive en Mallorca, y que afirma ser su fan número uno. Dinero fácil y un fin de semana de lujo en Ses Illes, como para negarse. ¿Orgullo? Bueno, ya lo lleva tocado de casa habida cuenta de su filmografía y sus continuos desencantos.

Todo esto no es ni la trama en sí, solo la introducción de esta película en la que Cage hace de Cage (como Van Damme hacía de Van Damme en JCVD) partiendo de una premisa de todo menos alejada de la realidad y, luego, lo que surja. A saber: una meta-comedia de acción autoparódica en la que la ficción poco a poco va adueñándose del cotarro, inmiscuyéndose más y más es la vida real (ejem) de su protagonista. En el caso de El insoportable peso de un talento descomunal, la estrella tendrá que hacer como si estuviera viviendo dentro de una de sus películas, convirtiéndose en el improbable héroe de una función «como las de antes»; viéndose una vez más en el rol del que quería desprenderse para poder progresar como actor, antes de darse cuenta de que su encasillamiento se lo iba a impedir y, por tanto, de tomar la decisión de colgar las botas. Todo en una oda hacia su persona que se antoja sincera, sentida y entrañable, pero sobre todo muy consciente en todo momento. La propuesta que escribe y dirige Tom Gormican, repasa todos y cada uno de los lugares comunes de los blockbusters y las buddy-action-movies de los 90 (obligada dosis de flirteo homoerótico entre ambos protagonistas, imposibles situaciones de acción y persecuciones absurdas, moraleja y humor a brochazos) para reivindicar el innegable valor que tuvieron, pero confirmar a su vez lo desfasado de las mismas. Por mucho que el éxito de taquilla de Top Gun: Maverick siembre alguna duda puramente monetaria, lo cierto es que el héroe macho que salva la función y se queda con la chica destilando testosterona, forma parte del pasado, así que muchas gracias por todo, y a por otra cosa. Gormican lo sabe, el espectador lo sabe, y el Cage real que aceptó este proyecto, oda y panegírico al mismo tiempo, también.

Sólo en semejante igualdad de condiciones es como se obra la magia: El insoportable peso de un talento descomunal es una visita obligada al cine para todo aquél que fue en su día (aunque ahora no lo reconozca) fan de uno de los actores más icónicos e histriónicos de la historia. Se topará con una película que se ríe con sonrisa cómplice tanto del público que aplaudió 60 segundos, como de quien la perpretó. Al mismo tiempo, se topará con un entretenimiento de risas prácticamente constantes, con unas salidas muy brillantes (el personaje italiano, el museo) y pasajes bastante locos (la plasmación de los conflictos internos de Cage) a los que, eso sí, no acompaña una trama que acaba cayendo en su propia trampa, siendo tan simplona y predecible como, justamente, los blockbusters de los que se ríe. Pero sobre todo, se encontrará con una festiva, voluntariamente intrascendente, deliberadamente despreocupada, hora y cuarenta de puro buen rollo. La sonrisa que lleva pegada en la cara Pedro Pascal desde el primer minuto, es el síntoma más claro de lo mucho que tiene que haberse disfrutado el proceso de creación de la película. Y esa sonrisa no sólo se contagia a las primeras de cambio, sino que se mantiene imperturbable aun cuando la trama desfallece, o las aptitudes visuales de Gormican no están a la altura. Tanto da, se nos ha invitado a una fiesta exclusiva y con invitado de lujo (¡nuestro héroe de años mozos, nada menos!), y el disfrute es total.

Trailer de El insoportable peso de un talento descomunal

El insoportable peso de un talento descomunal: Nic Cage x1000
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver El insoportable peso de un talento descomunal

Nicolas Cage haciendo de Nicolas Cage en una película a lo Nicolas Cage donde se venera a Nicolas Cage. ¿Traducción? Una disfrutonísima fiesta que sirve de homenaje a la época dorada del actor, que parodia sus tiempos menos brillantes, pero que en general descubre el descomunal talento de una estrella consciente de su desfase y más que dispuesta a reírse de sí misma. Y nosotros con ella.

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