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Crítica de La isla del tesoro (2018)

La frase final de la película, y no creo que pueda tildarse de spoiler habida cuenta de las particularidades de la misma, define a la perfección su espíritu. Construida a base de diversas minicápsulas, La isla del tesoro ocurre en una suerte de resort turístico en medio de un lago. Lugar en el que coincide buena parte de la población del extrarradio parisino. La cámara de Guillaume Grac se dedica a seguir durante unos minutos a gente de todas las edades y culturas, todos ellos encontrando en el lugar una suerte de paraíso en la Tierra, de onírico y bucólico lugar al que ir y desconectar, ligar, nadar, reír, o hacer alguna que otra canallada incluso.

El espectador, de entrada, nada tiene que ver con lo que se le presenta. Qué le importará a él que menganito se intente colar sin pagar, que menganita tenga o no cuenta de snapchat, o que fulanito prefiriese cuando el lago aún no había sido explotado y se mantenía en su estado natural. Pero poco a poco se va sumiendo en esta ola de calor, de verano, de desconexión. Porque igual que todos y cada uno de los cientos de personajes que pululan por pantalla, retratados a modo de documental casi, tienen su rutina anual, su trabajo, sus obligaciones, y por tanto, su necesidad de deconectar a la que se pueda. Y al igual que quienes tienen este lago como destino, tienen su propio oasis.

La principal baza de la película de Grac es pues, justamente, la de mirar de tú a tú al que esté al otro lado de la pantalla, y hacerle formar parte de este inconexo mapa social, por vía de hacerle él también tomar el sol en la orilla. Del mismo modo que se atiende a las decenas de historias entrecortadas, inacabadas, cuando se está tumbado a la bartola en la playa o dondequiera que sea y se es rodeado por gente anónima que viene y va.

La isla del tesoro tiene, además, cierto regusto a The Florida Project. No deja de ser un cuento de hadas urbano que en verdad, alberga carencias y preocupaciones a la minima que uno asoma la cabeza más de lo debido. Pero que a ojos de los más pequeños, o qué demonios, de los crecitidos que busquen evadirse, es el no va más. Efímero (en el caso del resort en cuestión, echa el cierre cada día a última hora de la tarde, y solo se puede acceder a él en época veraniega), pero épico. Por eso, decía, la importancia de la última escena, en la que un par de niños las pasan canutas con tal de llegar al lugar, para verlo una vez más, puesto que nunca más volverán a ese lugar. Quizá en su caso, además, sea totalmente cierto; pero si no lo es, qué más da que vuelvan el año que viene. Para ellos, ese y en ese exclusive momento es el paraíso. Hay que exprimirlo al máximo y vivirlo como si fuera la última vez, como cuando vamos al pueblo cada Verano. Como cuando vamos a la misma playa a jugar con la misma pelota. Es la gloria. Y esta película lo sabe retratar a la perfección. Otra cosa es que el las aguas estancadas de la propuesta (es una película quieta: montada a base de retazos, sin argumento a la vista ni grandes evoluciones argumentales) se le puedan atragantar a más de uno.

Trailer de La isla del tesoro

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

Estática, fragmentada, insustancial. Pero también absorbente, fresca, y adictiva. Así es esta colección de pequeñas historias en torno a la efímera libertad, gloria, visita al paraíso, que ofrece un día de verano en el lago.

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