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Crítica de Jojo Rabbit

Taika Waititi no ha hecho, con Jojo Rabbit, su película más alocada. Ni la más divertida. Ni mucho menos la más épica. Para eso ya están Lo que hacemos en las sombras, Hunt for the Wilderpeople, a la caza de los ñumanos, o Thor: Ragnarok. Es más, partiendo de la premisa que se gasta, en la que un fanático niño en la Alemania nazi tiene como amigo imaginario a Hitler, y como inesperada inquilina en casa a una chica judía, podría sonar incluso a desaprovechada.

Sin embargo, esta es su película culmen, la que por fin hace que su nombre esté en boca de todos, más allá de en las de quienes lo descubriéramos allá por los años de Flight of the Conchords. Y es que escribo estas líneas a pocas horas de que Jojo Rabbit pueda ganar el Globo de oro a la mejor película (cómica, sic) del año. No, no es su película más hilarante, pero sí es la más madura; la que mejor aterriza las intenciones que siempre han ido pululando por su filmografía. A saber: sacar humanidad de lo impensable, convertir lo patético en entrañable, lo ridículo en emotivo, lo risible en triste y viceversa. 

Jojo Rabbit es una chorrada como un piano, pero sólo sobre el papel. Conforme se desarrolla, se convierte en un canto a la bondad, a la amistad y el amor. A la lucha contra los estereotipos, o la necesidad de formar parte de uno u otro gremio, panda o etiqueta. Es una superación personal, un enfrentamiento a traumas, a pérdidas, a conflictos exteriores pero sobre todo interiores. Es divertida hasta llorar, pero no todas las lágrimas, ocasionalmente difíciles de reprimir, invertidas en su visionado son de alegría. Sus personajes parten de lo idiota pero no tardan en ser adorables. Todos, por secundarios que sean. Claro, ayuda que el reparto esté perfecto: Roman Griffin Davis -debut y nominación a mejor actor, ahí es nada-, el propio Taika Waititi, Scarlett Johansson, Sam Rockwell, Rebel Wilson… ahí es nada.

Así que aunque no sea la más loca, Taika Waititi ha hecho una comedia de esas a las que nos tiene acostumbrados. A medio camino entre el surrealismo y Wes Anderson, ágil y perfectamente gestionada a nivel de tempos; con gags que funcionan a las mil maravillas pero que no pueblan todo el metraje. Porque esta es también su película más madura y humana hasta la fecha, por lo que cuando el espectador no se esta riendo, está reflexionando, estrechando vínculos, sufriendo incluso, aunque sea de manera inconsciente. La mezcla sale a las mil maravillas, haciendo de Jojo Rabbit una película que por lo que más destaca es por su autocontrol: mantener el tono chorra la hubiera condenado, tanto como relegar el humor a un plano demasiado secundario.

Con un justo equilibrio, en cambio, se consigue una experiencia cinematográfica inolvidable cuyo único problema es no poder repetir ninguno de sus chistes ante quienes no la conozcan, por la socarrona incorrección política con la que han sido concebidos. Así que cuanta más gente la vea, mejor.

Trailer de Jojo Rabbit

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

Tan alocada en su premisa como debidamente contenida e infinitamente entrañable, Jojo Rabbit es capaz de generar risotadas a la par que interesantes reflexiones, convirtiéndose en una de las primeras alegrías de la temporada.

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