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Crítica de La Casa Gucci

En apenas un par de meses, Ridley Scott ha estrenado dos películas que aglutinan dos de sus tres principales personalidades tras la cámara. A falta de su faceta fantacientífica, vimos su entendimiento de la épica histórica en El último duelo, y ahora toca el Scott de los grandes thrillers. El de American Gangster, Red de mentiras o Todo el dinero del mundo. ¿A que no recordáis mucho nada de ninguna de ellas? O de cosas como El consejero o Un buen año, que rondan latitudes similares. Y es que como es habitual, prácticamente todo estreno del de Blade Runner se acompaña de efusivas acogidas críticas, inversamente proporcionales a la perdurabilidad de tales títulos en la memoria colectiva. Mediocridad, vaya, ensalzada muy por encima de sus posibilidades, y que ha entonado el do de pecho en el inexplicable éxito de crítica y taquilla de La Casa Gucci. Marchando otras casi tres horas de película, centradas esta vez en la famosa marca de moda italiana, pero que ni tienen nada que ver con la moda, ni con la imprenta de Gucci en la economía o la historia del país de la bota, ni nada de nada: se trata de una suerte de episodio (muy) extendido de Dinastía en el que priman las relaciones tóxicas en el seno de una familia rica, las traiciones y pugnas por el poder y el dinero… y si estáis salivando porque os empieza a sonar a Succession, mejor será que os bajéis del carro porque la calidad de ambas propuestas tiene tanto en común como un huevo y una castaña.

Incapaz de definir el tono, las motivaciones o incluso la propia razón de ser de su trabajo, Ridley Scott dirige con la más absoluta vulgaridad una historia que no acaba de tener claro qué quiere contar. Ni mucho menos cómo. Se centra tan obstinadamente en el papel de ella, una Lady Gaga que parece más rusa que italiana en su deleznable acento, que deja entre el olvido y la caricatura al resto de personajes, incluido el propio Gucci (un Adam Driver que no parece saber dónde se ha metido y cuyo acento (sic) italiano aparece y desaparece como sus ganas de interpretar mejor o peor a Maurizio Gucci). De manera que toda lectura que se pretenda buscar a quienes no son Lady Gaga brilla por su ausencia. Todo lo que ocurre es porque lo busca o se lo busca ella, por lo que si alguien andaba esperando algún punto de ambigüedad, de crítica social, de salseo… pues no. Como mucho, de repente algún personaje que era bueno pasa a ser malo o viceversa, pero no hay explicación alguna al respecto, a excepción de cuando ocurre por culpa de ella. De locos. Atención a las pesquisas policiales previas al capítulo en Suiza: ¿de verdad queda clara la culpabilidad de él en el cotarro? O cuando la relación flaquea: ¿acaso no parece Maurizio como una víctima de las locuras de Patrizia?

Si se le da algo más de protagonismo a algo que no sea la cantante del Poker Face y sus locuras, es a la parodia burda y a la caricatura totalmente descontextualizada: ahí está Jared Leto, una vez más enfundado en disfraces y capas de maquillaje, realizando el papel más histriónico de su carrera (y ahí es nada) dando pie a un Al Pacino igualmente fuera de sus cabales y en contraposición a la ya mencionada ausencia de Driver o a la amanerada contención de Jeremy Irons. Unos y otros no pegan ni con cola, ofreciendo trabajos dignos de la próxima comedia de Adam Sandler por un lado, dramas vulgares y corrientes por el otro.

Dos horas y cuarenta minutos centrados en un único personaje de interés, francamente, regular, queman naves de manera muy precipitada en este biopic de argumento previsible y carente de chicha. Es posible que, ni que sea desde el pasmo, se pretenda prestar atención a lo que ocurre en pantalla, pero cuando se echa la primera mirada al reloj y se ve que sólo se han consumido unos treinta minutos… la broma pierde su gracia. Una broma que no logra mandar al espectador al Milán del lujo y los excesos por mucho que intente recrearlo, porque no acaba de decantarse (qué raro) entre el realismo y el esperpento. Que tampoco sabe generar un retrato caricaturesco y pasado de vueltas, porque se limita a los clichés más facilones de la población italiana, sin aportar atisbo de frescura ni habérselo preparado mínimamente (Salma Hayek se supone que es napoletana; para dárselas de italianos, los personajes dicen «ciao» y «grazie» a diestro y siniestro pero luego llaman al segundo modelo de coche más popular de Fiat «Six Hundred»; no pueden acabar una comida sin un espresso, pero luego juegan a fútbol americano en una fiesta). Y ahora en serio: gesticular mucho con las manos, poner el típico acentito musical… ¿aún queda alguien a quien estas cosas sigan pareciendo divertidas? Pero sobre todo, si es una broma (y eso espero), es dicha así como con la boca pequeña.

Porque a lo que más se acaba pareciendo La Casa Gucci, a fin de cuentas, es a El precio del poder, la película acaso más excesiva, paródica, hortera que exista. Pero allá donde Scarface triunfa en lo que se propone por llevar su locura hasta la última frontera, forzando acentos hasta el paroxismo y llenando la pantalla de montañas de cocaína, metralletas y trajes con estampados; allí donde en definitiva De Palma supo explotar la caspa que se traía entre manos, House of Gucci se arruga, se contiene, y pretende ser tomada en serio. Un error de bulto que acaba dejándolo todo en el ridículo más absoluto: ni es lo suficientemente graciosa, ni grave, ni atractiva, ni profunda, ni entretenida, ni paródica, ni nada de nada. Es la más absoluta y mortecina nada, pero que a lo tonto, nos obliga a estar casi tres horas amorrados a la pantalla. Quien esto escribe se queda, definitivamente, con el Ridley Scott aventurero, que al menos plantea cosas con pies y cabeza. En cuanto a La Casa Gucci, creo haber visto la peor película del año.

Trailer de La Casa Gucci

La Casa Gucci: deberían lloverle Razzies
  • Carlos Giacomelli
1

Por qué (no) ver La Casa Gucci

Broma sin gracia y de dudoso gusto, traducida en un insoportable metraje de casi tres horas sin absolutamente nada que contar más allá de una trama digna de telenovela, presentada para mayor inri de manera sosa, contenida, y tan impersonal como para no saber jugar siquiera la carta de cine trash.

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